
Domingo 6 de julio de 2008
La muerte de su madre en plena adolescencia fue la causa del desarraigo familiar que lo lanzó a buscarse la vida en la capital. Hasta los 18 años, la vida de Arturo Martínez Molina transcurría en un hogar con 10 hermanos y en su escuela en Santa Cruz.
No le quedaba mucho más que hacer, cuenta, porque su madre era su refugio y la fuerza de la unión de la familia. "Mi papá no conversaba mucho con nosotros", recuerda. Su padre, Manuel, era inquilino de un campo. En verano vivían de la siembra y en invierno vendían mercaderías en un carretón de caballo. "Siempre tuvimos hartas carencias, usé ojotas hasta los nueve años y recién ahí me puse zapatos por primera vez", rememora.
Instalados en la misma oficina que ocupó Manuel Bustos, de quien dice haber sido uno de los amigos más cercanos, el presidente de la CUT repasa su vida y cómo la defensa de los trabajadores se convirtió en su trabajo.
Del fallecido dirigente sindical dice que lo ha echado de menos e incluso ha soñado con él. "Peleamos en la cosa política, pero lloramos juntos, ambos estuvimos en la cárcel y ambos fuimos relegados", cuenta.
La familia Martínez Molina sintió con fuerza el golpe de Estado. Algunos de sus hermanos ("todos metidos en política, todos socialistas, toda familia de izquierda") tuvieron que ir al exilio y otros fueron prisioneros.
¿Cómo es la izquierda hoy?
No tiene la misma idea de transformación profunda de la sociedad que entendíamos antes: terminar con el capitalismo y construir una sociedad socialista. Eso no está a la orden de hoy, pero se puede ser de izquierda cuando uno lucha por la igualdad, por la justicia social, por la dignidad de las personas. Eso también es una postura de izquierda y es lo que nos separa de la derecha.
"Sé lo que es la pobreza", continúa. "Vi a mi mamá, a veces, a última hora preparar una sopa de pan. Sé lo que es sentirse pobre y que lo vean como pobre. En la escuela me discriminaban", advierte.
¿Cómo es la sociedad chilena?
Muy clasista, depende de cómo te vistas y qué tienes es como te tratan. También es racista y arribista. Todos quieren ser más a costa de cualquier cosa.
Ya afincado en Santiago, terminó la secundaria en una escuela nocturna, mientras trabajaba en una fábrica de plástico, Alusa. Luego, con una beca entró a la UC a estudiar economía, hasta el 11 de septiembre de 1973. Había sido nombrado interventor por Allende. Ese día se quedó en la fábrica para defenderla a balazos tenía dos fusiles, una pistola Famae y una 38 , pero tuvo que huir.
Dice que cuando estaba en medio de la balacera, cuando sintió que corría peligro de muerte, se aferró a la Virgen del San Cristóbal y le suplicó: "Virgencita, si salgo vivo de aquí voy a subir y bajar corriendo el cerro para verte todos los 8 de diciembre". Y debió apechugar durante cinco años con dicha manda.
Martínez cayó preso para el día de los inocentes, el 28 de diciembre de 1973, y fue llevado al Estadio Nacional. Para ese entonces ya habían nacido tres hijos de los cinco que tuvo.
Su primera polola oficial, explicita, se vino del campo a casarse. Estuvieron 21 años juntos. El único hijo falleció a los pocos meses de existir. "Nació sano, debe haberle dado una pulmonía. Murió en el hospital".
¿Nunca les dijeron qué tenía?
En ese tiempo no había mucho cómo preguntar. Estábamos afectados por el golpe, cesantes, sin plata. Había que aceptar muchas cosas.
¿Y ese tipo de pérdidas se supera?
Siempre lo recuerdo.
¿Y la madre?
No. Todavía no. Uno también se siente un poco culpable, se piensa muchas cosas, como que si a lo mejor no hubiera estado metido en esto.
¿Por qué se separaron?
Me separé porque pasé a la clandestinidad, además tenía poca pega. Mi mujer se fue a vivir con mi suegro, era muy complicado mantener un matrimonio. Estuve muchas veces preso junto a Manuel [Bustos], [Rodolfo] Seguel y [José] Ruiz di Giorgio.
En total, Martínez estuvo en la cárcel siete veces. En septiembre de 1988, él fue relegado a Chañaral y Bustos a Parral. Volvieron en octubre de 1989.
En esa fecha había ganado el No, ¿por qué continuó relegado?
Porque nos habían condenado a 541 días y no levantaron la pena. Ahí sentí el abandono de la clase política. La primera exigencia debió ser: terminar con la relegación de los sindicalistas.
De vuelta de Chañaral conoció a su actual mujer, Patricia, cuando empezó a trabajar con temporeras. Ella había quedado cesante por apoyar el No y se había ido a trabajar la uva. Cuando se encontraron, ella era dirigenta del Sindicato de Temporeras.
¿Qué le gustó de ella?
La encontré muy activa. También me gustó que me hiciera sentir cariño. Pero uno nunca sabe muy bien qué es lo que atrae.
¿Engancharon los dos al mismo tiempo?
Sí, pero fue lento el proceso, porque yo tuve que resolver otro pololeo.
Al año siguiente se casaron y adoptó legalmente los dos hijos de Patricia.
Con los propios mantiene una buena relación, les ayudó a estudiar y hoy son todos profesionales.
¿Le ha penado no haber terminado la universidad?
Mucho. Me ha hecho mucha falta, pero he hecho cursos. Estudié legislación laboral, seguridad social. Estuve en la escuela de la OIT en Ginebra.
¿Qué le agradece a la vida?
La oportunidad de haber estado en este mundo, de haber conocido a tanta gente y haber hecho cosas por los demás. Cierta capacidad para sobrevivir en un mundo tan perverso, tan malo para la gente de bajos recursos. Yo he podido proyectarme, pero tuve mala suerte porque tengo capacidades y no pude estudiar.
¿Qué le reclama a la vida?
La forma en que se plantean las diferencias, tan exageradamente fuertes. El hecho de que exista tanta pobreza dura, que no tiene salida. Y la posibilidad de que todos tuvieran capacidad para no caer en situaciones denigrantes como la droga y el alcohol.
¿Y en lo personal?
No tengo mucho que reclamarle, todo lo que me ha pasado lo he asumido. Tal vez, que hubiera tratado mejor a mis padres para que ellos hubieran podido constituir un hogar más apto para nosotros, porque sufrimos harto cuando dejó de vivir mi madre.
¿Cree en Dios?
Sí. Pero no estoy dispuesto a asumir todo lo que dice la Iglesia. Vengo de una familia cuya abuela rezaba el rosario. Voy y escucho, pero no me las trago todas.