
Domingo 13 de julio de 2008
La próxima semana se estrena la segunda película de la era Nolan. Un nuevo capítulo en la historia de un personaje cayendo en picada a través de los años, hacia un pozo más y más oscuro al interior de sí mismo.
Hemos sido testigos de la historia de este mito que se desgarra en pantalla, cada vez más cerca del monstruo que todos intuimos que se esconde detrás de la capucha.
Desde el detective gordito, afeminado, psicodélico y ridículo en la serie de los '60, hasta el barroco tributo a sí mismo de Tim Burton, donde Batman desaparecía y el verdadero monstruo oscuro era Ciudad Gótica, como un organismo habitado por pequeños parásitos humanos, el personaje ha ido encontrando su tono: torturado, culposo, violento.
El Batman de "El caballero de la noche" (Christopher Nolan, 2008) será el mejor Batman de la historia, pero sospecho que aún no se acerca del todo al verdadero Batman, que yace en lo más hondo del arquetipo que se esconde tras Bruce Wayne. Porque creo en un Batman monstruo, surcado de heridas de mil batallas, con la mandíbula cosida con alambres, con dedos menos, un ojo de vidrio, con una cadera de titanio y una oreja cortada a la mitad.
Un Batman destrozado por dentro y por fuera. Un killer desatado que inunda Ciudad Gótica con su odio negro como la noche, un samurái tecno sicario premunido de rifles de largo alcance comprados en el mercado negro, un demonio proscrito que no reconoce leyes.Porque en el fondo Batman es el fascista que habita detrás de cada trauma social, el policía aburrido de las puertas giratorias, el ciudadano que en la oscuridad de la noche toma un arma y va a la casa del vecino traficante a descerrajarle 22 tiros en la nuca, haciéndolo rezar frente a su familia, comerse su droga y rogar como una niñita antes de borrarle el rostro.
Batman es cualquier monstruo humano que une la inteligencia con su odio, que fabrica modos de matar eficientes y en alta escala. Que define su propia moral sobre el criterio de la venganza, no de la ley.
El verdadero Batman no es el doberman del teniente Gordon, es el ángel de la muerte que borra del libro de la vida al que no marca su puerta con el timbre oficial de ciudadano intachable. Batman es el miedo. Batman tiene hambre, Batman es un vampiro que vive del miedo.
LA VENGANZA DE CAÍN
Se habla de Superman y de Batman como dos caras de la misma moneda. Error. Superman es un algo superior que vino de fuera. Batman es el animal vengativo que todos tenemos encadenado dentro, un hombre poseído por su totem (piensen en el hombre murciélago, la mujer gato, el hombre pingüino).
Superman es la versión de Jesús que los gringos soñaron para sí mismos: un niño que bajó del cielo a impartir la justicia y dar ejemplo ("les envío a mi único hijo", dice Jor-el en un pasaje de la película), pero que le patea el trasero a los chicos malos.
Batman es el demonio que surge desde el subsuelo para cobrar la humillación, no la justicia, es Caín tomándose la venganza por sus propias manos. Superman es un águila del Sol, Batman es un murciélago de la oscuridad. Superman es Bush, Batman es los niños de la escuela Columbine.
¿Quién es Batman realmente? No es un millonario, esa es una excusa pobre de guionista para justificar el costo de los gadgets y el exceso de tiempo libre. Batman es un despojo, un ser humano al que le han quitado tanto que si le sacas el traje lo único que queda es karma, negro e hirviente con la forma de un trauma de infancia absolutamente desquiciador, un trauma con alas.
Un sicótico aterrador que deambula por los rincones de una ciudad que le teme, que no le agradece, que no lo quiere, pero que lo necesita. Hoy cuando todos están dispuestos a transar su libertad por el espejismo de la seguridad, Batman es la respuesta: un monstruo que actúa como el sistema inmunológico de Ciudad Gótica, un vampiro que come venganza.
Sospecho que Batman es sucio, que hiede, que carga un traje roído y gastado. Que lleva dos pistolas diferentes, porque una es robada, y lentes infrarrojos (cuando te cruzas con él ves una sombra con orejas y ojos rojos).
Un sicótico que farfulla incoherencias y tiene alucinaciones violentas donde todo se pone rojo y caen unas perlas al suelo de un callejón, entonces llora y se enfurece, grita en las azoteas y todos se tapan la cara un poco más en sus camas. Batman es el sicópata genial, un asesino en serie pero del lado correcto (imagínense a Travis Bickle, de "Taxi Driver", y tendrán el toque).
Superman es el cowboy simplón y tonto, guiado por su luminoso sentido común y moral de granjero. Por eso su némesis es Lex Luthor, la inteligencia, la ciencia, todo aquello de lo que un provinciano desconfía. Batman es un sicópata de lógica fría y despiadada, un detective-cazador.
Por eso es que su Némesis es la locura en la forma de una carta de juego de azar. Vayan a ver Batman, "El caballero de la noche", de Christopher Nolan, vayan a constatar algo que vengo sospechando hace años, que Batman y el Joker no pueden eliminarse porque en realidad son la misma persona, el mismo sicótico sanguinario que se desgarra y sangra por dentro.