La ducha cae sobre su cabeza. Fría. El nudo en la garganta se inflama. La mujer sufre. Tirita. Con desesperación intenta escapar del chorro.
Repite textos en voz alta y se cubre el cuerpo desnudo con las manos. Lo que desea es evitar que la tinta de los mensajes con los que se ha tatuado el cuerpo se pierda en el desagüe.
Su nombre es Elena Alfaro. Padece de delirio de persecución y escribe desde la calle Santos Dumont 835, la otrora Casa de Orates que operó desde 1852 hasta aproximadamente 1940 en Santiago y que hoy es conocida como el lnstituto Psiquiátrico José Horwitz Barak.
Un manicomio con más enfermos que doctores. Hacinado e inhóspito. Plagado de alienados sin otro diagnóstico que el de ser seres endemoniados, lunáticos y peligrosos para el resto de la sociedad.
Olvidados y recluidos, hombres y mujeres viven una época en la que aún no se consolida la psiquiatría ni los fármacos ni el electroshock, por lo que el único tratamiento cuando viene la histeria es la camisa de fuerza o el agua.
"( ) en el hospital, no hai amigos, ni parientes, ni tía, ni sobrinos, ni nada. El que se quema que muera", escribe el paciente Antonio Lara en el libro "Cartas desde la Casa de Orates", editado por la psicóloga Angélica Lavín.
PARIAS Y LOCOS
Esta fotografía de la psiquis de principios del siglo XX, rescata la emergente compañía Teatro de Patio (compuesta en su mayoría por actores de la Universidad de Chile) en la obra "Remite Santos Dumont".
A estrenarse el 31 de julio en Lastarria 90, está basada en cartas escritas por los verdaderos residentes de la Casa de Orates entre los años 1900 y 1930, las cuales fueron publicadas por la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos (Dibam) en el 2003.
"La obra retrata el mundo de la locura ‘desde dentro’, cómo se relacionan los orates entre sí, cómo piensan, qué sienten", cuenta María José Contreras, directora del montaje.
SIN DESTINO
Y es que el material epistolar encierra un misterio. A fines del año 2000, Angélica Lavín, ex doctora del Instituto Psiquiátrico hurgaba en la biblioteca, cuando se encontró con unos cajones de un viejo escritorio. Adentro y en una caja con forma de libro, había 29 cartas que nunca llegaron a destino.
Amarillentas, silenciadas, los manuscritos de una veintena de internos que volcaron descargos y súplicas de abrigo, amor y libertad, habían sobrevivido a la muerte. "Vida triste y humillante y penoso es ver a los demás que le traen fanta y regalos, cigarros; diarios, revistas, etc. y etc y yo mirando- me voy para el excusado para no ver ni desear algo-", dice una de éstas.
¿Por qué esta correspondencia no fue enviada? Ese limbo conmovió a los teatreros y lo que hacen en la obra es combinar esos textos con elementos de ficción.
"Es muy bonito rescatar esas voces íntimas que nunca fueron descubiertas, que fueron olvidadas, que nadie leyó y que quizá nunca llegaron a puerto por negligencia o desprecio. Lo que contaremos es una historia que no es oficial, que construyó un grupo que no fue escuchado (así como muchas de nuestras actuales minorías) y que dentro de toda su locura, tienen algo que decir, un secreto, una sensibilidad", dice la actriz Macarena Béjares ("Déjala sangrar"), quien en la obra encarna a la escribana, una mujer que se encarga de recopilar los testimonios desparramados en los distintos rincones de la casa.
Además del valor histórico, Carla Casali apunta que si lo que está motivando secretamente a la gente que ve realities es el voyeurismo, estas cartas son la proto historia de ese formato. "Si queremos meternos en el mundo privado, miremos nuestra propia historia", invita.
Al personaje de la escribana y al de Elena Alfaro (Carla Casali) se suman otros, igual de delirantes y extremos. Como el de Ricardo (Javier Ibarra), un tipo que se comunica a través de refranes o Carolina (Andrea Soto), "una mujer que tiene el típico perfil de histérica, cuya carta está cruzada por alusiones a la seducción, al erotismo, infidelidades y engaños", revela María José Contreras.
Igual de potente y complejo es el papel de un señor que firma como Aurelio Gutiérrez (Carlos Aedo) y que pese a su locura, podría ser entendido hoy como un visionario.
"El se siente un mensajero de Dios y en los años 30 dice que los ferrocarriles van a andar con electricidad estática, que a él le llegó esa idea como un corto circuito y que será más barato, porque instaladas las líneas, no habrá más gastos que aceite y empleados, que se hará millonario gracias al Invento de la Verdad", cuenta la actriz Carla Casali.
En las primeras décadas del siglo XX, no existían los psicóticos, los esquizofrénicos ni ninguna etiqueta similar. Más bien una resignación social frente a la locura. Los enfermos eran, con suerte, visitados cada dos semanas y no andaban dopados como los de los actuales centros.
"Este es un testimonio de la locura más cruda", argumenta María José Contreras quien con su compañía fue varias veces al Instituto Psiquiátrico a observar y robar gestos para la puesta en escena. Aunque una cosa no cambia ni con la invención del Ravotril.
"Ellos necesitan que los escuchen, que les hagan cariño o les lleves un cigarrito. Cuando les contamos que éramos actores, sólo nos pidieron una cosa: ‘por favor, no nos hagan tan locos", remata Macarena.