
Domingo 13 de julio de 2008
La Mónica Echeverría lanza su libro de Krassnoff! ¿Irás?, pregonaba una señora a un seudodiseñador de camisas del barrio Lastarria. ¡¿De qué Mónica me hablas?! ¿Quién es Krassnoff?, repreguntaba el hombre como entendiendo que lo estaban invitando al lanzamiento de una nueva marca de mayonesa.
La mujer hizo una señal de "después te cuento" y siguió sola su caminar hasta el Museo de Arte Contemporáneo (MAC). Ahí la profesora de castellano Mónica Echeverría estaba rodeada de hijos, de su esposo, Fernando Castillo Velasco, y amigos, muchos amigos.
Figuraban también el hijo internado en la secta de Pirque; la camarógrafa de Pinochet, Mónica Berham; una media sobrina de Miguel Krassnoff Martchenko, Natalia, y también las ganas de hacer justicia. La protagonista principal del evento se veía contenida, tanto como si fuera una cuarentona primeriza. Sus invitados llegaron a la hora y sumaban unos cien.
Para los que nunca han participado de un encuentro organizado por la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos, deben entender que además de la lucha histórica, tienen algo en común y que es notorio cuando se juntan.
Hombres y mujeres hablan bajito, jamás lanzan una risotada campechana y si la cosa es un acto político, el audio siempre falla como si fuera un cliché de la izquierda. Los hombres, en su mayoría, andan abrigados, abrazarlos da un calorcito rico. Las mujeres alimentan su delicadeza.
Es curioso, porque alguien decidió que la prepotencia femenina se instalara en las fans de Pinochet y no en este otro mundo. Las pinochetistas entienden el griterío, como si les añadieran centímetros a su talla moral. Mónica Bergham llegó con una túnica onda Chacarillas, pero en tono beige. Saludó, con la actitud de ser rehabilitada de haber amado al matador.
Entre las izquierdistas destacaba la actriz Gloria Lazo, la nombro porque llamaba la atención más que cualquier otra mujer. Se movía de un lado para otro junto a Polo Piñera, y como el MAC no es muy grande, ambos se veían como trotando a un destino que nadie entendía.
La pareja desafió la ley del evento, esa que dice: muévete sin parar y perderás la foto social. Me dieron ganas de preguntar: querida, ¿qué te sucedió, por Dioh? Una señora hablaba de ella y decía que era evidente que a Polo no le gusta andar tan pegoteado, por eso él se arrancaba.
Pero lo cierto es que los temas de conversación importantes no tenían que ver con esta pareja, sino con la encuesta CEP y Contreras, que en paz descanse eternamente en la cárcel.
Hacía frío, el mármol del lugar no ayudaba a calentar las presas. Un par de mujeres se hacían cariño del frío que hacía. Ángela Jeria y Sofía Prats ocuparon la primera fila, ambas hicieron gala de esa cosa que las hace ser discretas aquí y en la quebrá del ají. La portada del libro "Krassnoff" mostraba al milico por encima de los torturados.
El ex ministro Osvaldo Artaza, que casi terminó de leerlo ahí mismo, figuraba a una fila completa de Andrés Aylwin y Fernando Castillo Velasco. Y Mónica recibía un ramo de flores como señal de que era hora de empezar el acto.
El abogado Roberto Garretón fue el primero en hablar. Destacó los conflictos que le generaba el título del libro. Se puso de pie. El audio, por supuesto, no lo acompañó. Describió al militar de la DINA como el chacal con corazón y cierto toque de glamour. Un milico estiloso.
De esos hombres minipyme que arman la empresa, pero que no se ensucian las manos en hacerla funcionar. El trabajo sucio lo hizo gente de octava categoría, no del nivel de Krassnoff. Los rostros de los presentes, como Clara Budnik, se mostraban congelados al relato de Garretón, que hay que decir que es uno de los que más sabe de derechos humanos en nuestro país.
Sus clientes lo recuerdan como el abogado que saludaba, pedía el apellido e inmediatamente descifraba el número de la causa como si fuese su clave secreta del Redbanc. Su memoria de elefante es hiperreconocida por las víctimas que defendió. Pero como la vida es injusta, van a creer que está cesante hace tres años.
Como si el tema de los derechos humanos estuviera resuelto en Chile. Cómo no habrá un puesto por ahí para Garretón, digo yo, una universidad, un museo, una comisión o una columna en un diario. El hombre dice no saber inglés y que eso le juega en contra para trabajar en un organismo internacional. Pero sabe francés. Nosotros, en ese sentido, somos bien especiales, porque si una persona sabe inglés es glorificado aunque no sepa que Los Beatles se separaron alguna vez.
El segundo en hablar fue el padre Fernando Montes y puso la cuota filosófica de la noche. Con un público que le exigió hablar más fuerte, el jesuita se metió en las patas de los caballos. Dijo que todos tenemos un pequeño Krassnoff en el cuerpo.
Qué fuerte. O sea, cuando alguien disfruta de la ópera tanto como del maltrato a su pareja, eso es Krssnoff que se hace presente en la bipolaridad desbordante de una mente enferma. Esa persona que se muestra buena y que el fondo es capaz de realizar una brutalidad, esa es un Krassnoff en potencia.
Todo aquel que se permite vivir una doble personalidad, es un pequeño y renovado Krassnoff. Esa persona que se avergüenza de su madre tiene un pequeño Krassnoff en el cuerpo.
Krassnoff nació mal. De partida, su mamá se llamaba Dhyna. Y la despreció hasta el cansancio, recordó el cura Fernando Montes mientras era increpado por una joven. Desde el fondo del salón vociferaba que no era verdad que la madre del militar había muerto en condiciones miserables.
Parecía que Krassnoff se había apoderado de su cuerpo, como un alma en pena entre las víctimas. ¡Qué susto! El padre Montes, con su voz bajita, siguió relatando su impresión del libro, y Natalia, la sobrina poseída, explicaba que no era justo que la escritora armara la historia con un solo punto de vista.
El auditórium se incomodó por la defensa de la universitaria, pero Montes continuó, Patricia Lutz continuó y Mónica continuó. Natalia quiso acercarse a la autora, pero fue convencida de que no lo hiciera. Bergham, la pinochetista rehabilitada, explicaba a la mujer que Krassnoff no sólo despreciaba a quien le dio la vida, sino también a ella como sobrina.
La rabia y el orgullo se asomaban en la joven. Por mi parte, decidí irme con la niebla como compañía y pensando en la cantidad de pequeños Krassnoff que tengo en mi vida.