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  Coloma ganó, pero Kast no perdió

  El dolor de la militancia debe ser todavía más intenso, porque esa revelación implica otra: si el partido es secular, entonces el sujeto militante no es un "elegido" convocado por alguna divinidad, sino un simple mortal que participa en política. Es decir, por natura es un político como cualquier otro.

Domingo 13 de julio de 2008

Cual más, cual menos, todos los partidos políticos chilenos han sufrido estremecimientos políticos y orgánicos en los últimos tiempos.

La UDI no ha sido la excepción, pero sus estremecimientos habían pasado un tanto inadvertidos, porque se les interpretó como maniobras subjetivas de personalidades como Francisco de la Maza, Pablo Longueira o Joaquín Lavín.

En estas últimas semanas, no obstante, los temblores se empezaron a tomar en serio y se leyeron con otras miradas.

Desde un punto de vista político y analítico, de todo lo que ocurre dentro de los partidos, los acontecimientos internos de la UDI son, lejos, los que despiertan más interés, porque irradian más originalidad y complejidad.

De partida, hay razones para imaginarse que al seno de la UDI debe haber una suerte de revolución ideológico-política y ético-cultural.

En efecto, las irregularidades detectadas en municipios encabezados por militantes de sus filas; la realización, por primera vez, de elecciones en su interior (pese a los reparos y enojos de sus elites), y la negativa del diputado José Antonio Kast de incorporarse a la directiva, son datos que, como salidos de un complot demoníaco, han caído sobre la militancia develándoles que no eran un partido sobrenatural, metafísico, sino otro tan terrenal como los restantes.

Y el dolor de la militancia debe ser todavía más intenso, porque esa revelación implica otra: si el partido es secular, entonces el sujeto militante no es un "elegido" convocado por alguna divinidad, sino un simple mortal que participa en política. Es decir, por natura es un político como cualquier otro.

Cuando la UDI supere el trauma que, comprensiblemente, deben causarle tales descubrimientos, será un mucho mejor partido. En primer lugar, porque su militancia desarrollará una saludable desconfianza hacia el verbo tradicional y mesiánico de sus dirigentes, ergo, serán más libres y más creativos.

Y, en segundo lugar, estarán en mejores condiciones de desenvolverse en lo mundano, que es el plano donde, normalmente, se desenvuelve la política y la ciudadanía (Joaquín Lavín fue uno de los primeros en entender aquello y casi fue Presidente).

Pero ahí no termina todo lo positivo que hipotéticamente le depara el destino a la UDI después de estas experiencias aciagas.

Las conductas seguidas por el diputado Kast son dignas de elogio y presagian una encomiable perspectiva. Desde la recuperación de la democracia, en ningún partido nacional se había producido una rebelión generacional y/o de recambio como la que él encabezó, lo que tiene tanto más valor si se piensa que la hizo en el partido de elites más herméticas.

Si se observa la realidad de los otros partidos, se comprobará que los tímidos procesos de recambio de dirigentes que allí se han dado se han hecho por la vía de la cooptación, a través de mecánicas burocráticas y jerarquizadas.

En el fondo eso se traduce en gatopardismo, en un recambio parcial y nominal y que a la postre no es más que una forma astuta y cosmética de reproducir el sistema de poder existente.

Al diputado Kast y a su equipo en gestación les ofrecieron ese camino. No aceptó porque parece que sí entiende de lógicas de poder. Y parece que entiende tanto que es el primer dirigente de la UDI que se instala entre los liderazgos nacionales sin el amparo de una maquinaria publicitaria y de padrinazgos políticos.

A vuelo de pluma, hay dos proyecciones augurables para el "fenómeno Kast". Una de ellas es que le puede devolver mística a la UDI (y quizás a otros sectores de derecha más allá de la UDI).

Él no está exento de mesianismo, pero su mesianismo no proviene de Chacarillas, no está enraizado en la obnubilación refundadora del país que tenían Jaime Guzmán y Augusto Pinochet. El suyo es un mesianismo neoconservador desarrollado posguerra fría, post Pinochet.

Es un mesianismo neoconservador pero moderno. Por lo mismo, que entronca con la realidad y con la estética contemporánea.

Por otra parte, su potencial proyectivo radica en que ya sentó las bases para construir y contar con un cuerpo de desalojadores de las actuales elites derechistas y de su partido.

Hasta antes de Kast, la dirigencia tradicional de la UDI y de la derecha gozaba de impunidad para seguir fracasando en las elecciones presidenciales, pues no se visualizaba alternativa alguna de reemplazo en la dirección. Ahora sí se vislumbra una alternativa, al menos en ciernes.

Y, tal vez, las proyecciones de liderazgo del diputado Kast se precipiten, pues la UDI no se ve bien aspectada para enfrentar las elecciones de octubre de este año y su vieja guardia está a muy mal traer. Si no se orean a tiempo, el protagonismo dentro de la UDI puede desplazarse con naturalidad hacia su figura emergente.

Eso sí, hay que advertirle al diputado Kast que los "coroneles" no son querubines.

Publicado con autorización del Centro de Estudios Sociales Avance (www.centroavance.cl).

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