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Martes 15 de julio de 2008
El hispanista inglés Paul Preston, autor de "Franco: Caudillo de España", examina otra vez la figura implacable y lamentable del "enano del Pardo" (Javier Marías dixit): "Franco. El gran manipulador" narra las maquinaciones políticas y militares del dictador, quien tenía de sí mismo una idea megalómana y adaptable. El Caudillete reescribía con ayuda de la prensa y la propaganda su propia historia, construyéndose una imagen -muy discutible- de héroe nacionalista y abnegado, semejante al Cid Campeador. "Muchas creencias populares respecto a Franco son falsas", señala Preston: "No fue el general más joven de Europa después de Napoleón. No fue el valiente artífice de la neutralidad española en la Segunda Guerra Mundial. No fue el arquitecto del crecimiento español en los años sesenta". Tampoco se la jugó al nada bueno de Hitler, como hizo creer: más bien, fue una suerte para él que el bigotitos germánico dudara de la capacidad de España para aliarse con el Eje.
"Lo que más odiaba era el separatismo, el comunismo y la masonería. Sin importarle el coste en vidas humanas, estaba decidido a limpiar España de los tres, además del socialismo y el liberalismo". Le preguntaron en una entrevista si, para ello, era necesario "fusilar a media España". Sonriendo, el enano del Pardo dijo: "Repito, cueste lo que cueste". No en vano afirma Preston que las mejores armas de Franco "fueron una astucia instintiva" y "una imperdonable sangre fría con la cual dirigió las rivalidades entre las diversas fuerzas del régimen y con las que derrotaba todos los retos que pudiesen presentarle cualquiera -desde Serrano Suñer hasta don Juan [de Borbón]- que fuese superior a él en inteligencia e integridad moral".
Esa "sangre fría" lo hacía desdeñar las protestas por las atrocidades cometidas por los nacionalistas durante la Guerra Civil, las que "sorprendieron a fascistas italianos como Ciano y Farinacci, e incluso a Himmler". La crueldad de Franco se potenciaba, dice Preston, con su falta de imaginación, si bien acariciaba la noción mesiánica de ser un "emperador" español que evocara el poderío de Felipe II, pero a la vez, pese a su astucia pragmática, se dejaba embaucar por alquimistas charlatanes con enorme ingenuidad. Como sea, manipuló los medios de comunicación de una forma que hoy parece escandalosa. Aun así, la debilidad de una memoria popular de su figura es significativa: en sus años finales, el Caudillete no valía demasiado. Humana y políticamente hablando.
FRANCO. EL GRAN MANIPULADOR
Ensayo histórico
Paul Preston
Vergara, 2008
364 páginas