
Miércoles 16 de julio de 2008
La justicia ha pronunciado una sentencia condenatoria en contra de los culpables del asesinato del general Carlos Prats en Buenos Aires. Esta sentencia no ha tocado a Augusto Pinochet y Pinochet es el autor y principal culpable de este crimen tan repudiable. ¡Quién podría dudarlo! Tampoco lo han repudiado sus antiguos partidarios, los mismos que concurrieron a sus funerales a honrarlo. Entre ellos, había beneficiados del régimen militar, quienes valoraban más los favores económicos y políticos que las vidas torturadas y sacrificadas por él. Pensaba: si estos políticos llegan al poder en Chile, ¿tendremos una garantía suficiente de que el nunca más que ante las atrocidades perpetradas hemos jurado, será realmente definitivo?
Una segunda reflexión nace de la mentada sentencia, a saber, el pesado legado no reparado de previas fallas, que cargan sobre nuestra justicia. Todo esto da la razón a su desprestigio actual. Precisamente por lo anterior, su actual sentencia no ha podido tocar a quien fue el autor principal del crimen. No ha podido hacer plena verdad, ni tal vez justicia. Aquí, como en otros casos, se ha castigado con severidad a los instrumentos pero no a la causa principal.
La Corte Suprema prevaricó gravemente al negar hacer justicia a las víctimas de la crueldad del Gobierno militar. Los presidentes sucesivos del máximo tribunal jamás han reconocido esta falta. Un ministro se excusó: "No somos héroes". Pero tendrían que haberlo sido.
Todavía Chile espera una confesión.
Cuando Pinochet fue atrapado y juzgado en las cortes de Inglaterra y España, nuestra Corte Suprema afirmó ante el mundo y ante Chile que podía someterlo a un justo juicio. No lo hizo. No lo quiso hacer. Se aprovechó de un informe médico fulero para no sentenciar. Una última reflexión nos lleva a ponderar lo negativo que resulta ser, para la sanidad cultural del país en lo ético, el desprestigio de la justicia nacional. La conciencia de cada uno es un tribunal interior que discierne entre el bien y el mal. Es importante que esta conciencia sea recta, pero puede corromperse o volverse laxa y demasiado tolerante. Entonces tendremos manejos torcidos, aprovechamientos, compadrazgo, pitutos. Entonces, el justo juicio cederá ante las conveniencias políticas, como sucedió en la misma Cámara de Diputados con el juicio a la ministra Provoste. En otras palabras, una mala imagen del Poder Judicial tiende a corromper las conciencias individuales, o al menos a volverlas demasiado permisivas.
A mi juicio esto sucede en Chile y tenemos que reaccionar para que tengamos una cultura que valore efectivamente la justicia.