
Sábado 19 de julio de 2008
Cuando se levantaron las barreras de la frontera de Rosh Hanikra, entre Israel y Líbano, concluyó la sangrienta guerra de hace exactamente dos años con la milicia chiíta libanesa de Hezbollah, y se recrudeció el debate en Israel sobre los canjes de prisioneros con grupos radicales.
A las nueve de la mañana del miércoles, las familias de los reservistas capturados por Hezbollah en la frontera en el verano del 2006, los Goldwasser y los Reguev, aún no sabían si sus hijos y esposos, Ehud y Udi, volverían vivos o muertos. Las televisiones mostraban cómo el gran héroe de Hezbollah, Samir Kuntar, llamado por el jeque Hasan Nasrallah "el general de los presos de la resistencia", había abandonado la cárcel de Hadarim después de 30 años, junto a cuatro combatientes de Hezbollah.
De repente, las pantallas de televisión mostraron la llegada de un vehículo desde Líbano. Las puertas se abrieron y aparecieron dos féretros negros. En las casas de las familias, en Naharia y en Kiriat Motzkin, corrieron las lágrimas, así como en muchos lugares de Israel. "Nasrallah es un diablo. Nosotros le informamos sobre el estado de cada uno de sus hombres, permitimos a las familias que les escriban, y él, hasta el último segundo, jugó con los sentimientos de todo un pueblo", dijo a La Vanguardia Karnit Goldwasser, la viuda de 26 años.
"Lo sabía, estaban muertos", añadía Ron Shleifer, catedrático de la Universidad de Bar Ilan, que bautizaba a Nasrallah como "el maestro de la guerra psicológica".
Luego empezó el doloroso proceso de identificación, con pruebas de ADN, de los cadáveres. Los cinco hombres de Hezbollah esperaban en la base de Shraga, cerca de la frontera. A las cinco de la tarde, dos vehículos de los servicios penitenciarios con Kuntar y sus cuatro compañeros cruzaron las carreteras a gran velocidad en dirección a la frontera. Paralelamente, pasaban 196 cadáveres de milicianos de Hezbollah.
En el camino no encontraron ni manifestaciones ni intentos de impedir el canje. Sólo las tristes miradas de muchos israelíes, tales como Uri, habitante de la zona, que suspiraba: "Yo sé que existe la tradición milenaria judía de pidyon shvuim (traer a casa nuestra gente), cueste lo que cueste. Pero, qué doloroso es verles a ellos festejar y a nosotros preparándonos para enterrar a los muertos". Y comentaba: "No le han tratado mal en la cárcel. Kuntar ha engordado más de veinte kilos...".
En las radios, en la televisión, en las calles, en los cafés, no se hablaba de otra cosa. Los más exaltados acusaban al Gobierno de "locura colectiva" y recordaban cómo Samir Kuntar mató con sus propias manos a la familia del científico Dani Haran.
TEMORES
El Primer Ministro Ehud Olmert publicó un comunicado para señalar que "tras 734 días de incertidumbre el Estado israelí prueba tener valores, que a lo mejor un extraño no puede entender, y abraza a las familias de las víctimas".
Otros, como Israel Jason, diputado del partido de Olmert, Kadima, y ex subjefe de los servicios secretos, señalan que su temor es que este canje sea un incentivo para los secuestros. "Hay que aclarar a los grupos radicales árabes que les haremos pagar un alto precio por cada israelí que capturen". Jason amenazó de forma directa al propio Nasrallah y le recomendó que continúe viviendo en la clandestinidad, como en los últimos dos años.
Poco a poco empezaron a llegar las imágenes de la recepción a Kuntar en Líbano. El Presidente Simón Peres intentaba contrarrestar la repulsa de la población respondiendo que "hoy todos los israelíes son una familia". En el entorno de Peres opinan que Hezbollah capturó a los dos soldados para liberar a su símbolo, Kuntar.
En Gaza, el grupo islamista Hamas, que mantiene cautivo al soldado Gilad Shalit y exige a cambio la liberación de cientos de prisioneros en Israel, añadía más leña al fuego: "Continuaremos capturando a soldados israelíes hasta que liberemos a todos nuestros presos".
En Israel hay analistas que opinan que la rabia acumulada ante un canje tan poco simétrico puede ser la raíz de la próxima guerra. Algunos citaban al ministro de Defensa, Ehud Barak, según el cual "Israel es como una villa en medio de una jungla".
Otros, sobre todo diplomáticos extranjeros, opinaban como el embajador de la Unión Europea, el español Ramiro Cibrián, quien subrayó en un hebreo excelente que "todo ha sido parte del proceso humanitario". Y advirtió: "Hay que trabajar muy duro para evitar la próxima guerra".