
Domingo 20 de julio de 2008
En su novela "El gran Gatsby", F. Scott Fitzgerald describe la emoción experimentada por Daisy Buchanan cuando Jay Gatsby le muestra su extensa colección de camisas. La protagonista llora desconsoladamente sobre el montón de prendas fabricadas en hilo, seda y fina franela, de colores coral, verde manzana, lavanda, naranja pálido. "Me entristece porque jamás he visto unas camisas tan tan preciosas antes", exclama.
Mostrar la camisa está de moda hoy día, en Chile, entre los personajes públicos. Basta revisar las fotografías de prensa del último mes para constatar lo anterior. Sebastián Piñera, Hernán Larraín, Andrés Allamand, Andrés Velasco, Daniel Fernández, José Pablo Arellano, Eduardo Aninat, Horst Paulmann adhieren a esta tendencia. Lo hacen también directores, gerentes y altos ejecutivos de empresas, columnistas, académicos. Incluso el insoportable publicista Lalo Padilla se ha dejado seducir por esta moda. La camisa en cuestión no se lleva de cualquier modo. Impecable, discreta, casi siempre nueva, de preferencia blanca o celeste claro, ocasionalmente a rayas o cuadros muy delicados, va acompañada de una corbata. Los botones de los puños se presentan correctamente abrochados.
El sentido de esta tendencia no es conmover ni impresionar a las mujeres sino marcar diferencias en las formas y grados de tenencia del poder, particularmente el político y el económico. Mientras ellas -encabezadas por la Presidenta Bachelet-, recurren a la chaqueta sastre, equivalente al vestón masculino, con el propósito de neutralizar sus cuerpos, aumentar la credibilidad y situarse, simbólicamente, en un plano de igualdad, ellos se despojan de la misma para afirmar un tipo particular de liderazgo, sin lugar para los débiles. Se instalan entonces como hombres de acción, dispuestos a trabajar hasta mojarse la camisa (no hasta perderla) pero usando el cerebro y la muñeca en vez la fuerza física. Eso queda para el resto de los chilenos. No hay aquí mangas enrolladas, ni cuellos desabrochados. Nada que sugiera un aire informal, casual o proletario. Menos aún alguna referencia ideológica. Las camisas rojas, negras o azules están estrictamente prohibidas.
Los elegantes en cuestión no sufren los efectos del precio del gas y la electricidad. No participan de las campañas de ahorro de energía. No tienen frío en invierno. Exhiben orgullosos sus camisas aún cuando, en este contexto, el gesto pueda leerse como una señal poco empática hacia las audiencias preocupadas por la inflación. Total, si alguna corriente de aire helado se filtrara por casualidad, existe siempre la posibilidad de volver a la chaqueta. Basta colgarla graciosamente sobre un hombro, de preferencia sobre el izquierdo.