
Domingo 20 de julio de 2008
En los años setenta, bajo el lema "Trabajadores, empastelad a vuestros jefes, jóvenes a vuestros maestros, inquilinos a vuestros caseros" surgió el movimiento de los pasteles, que provocó una oleada de temor entre los poderosos. Varias y diversas figuras públicas recibieron sobre su rostro el amargo merengue de un pastel lanzado por algún militante furioso del movimiento de los pasteleros sin fronteras. Lo más absurdo de esto era que algo tan insignificante como un montón de crema provocaba mayores estragos que cualquier grupo organizado. Y era que no, un pastelazo bien puesto en la cara de algún importante conseguía acaparar mayor atención mundial que cualquier manifestación y la idea de pasar a la posterioridad con la cara llena de crema, incluso, llevó a más de algún distinguido a renunciar a salir en público. En el actual movimiento global, las guerrillas de la comunicación actúan básicamente distorsionando las reglas de la normalidad y desafiando la legitimidad y el status de quienes detentan el poder. Su manera de protestar opera básicamente usando cualquier cosa que corrompa y estropee la imagen del agredido y atraigan hordas de periodistas hambrientos de bataholas mediáticas que lo exhiban públicamente. El efecto del jarrazo con agua lanzado por la joven María Música Sepúlveda contra la ministra de Educación Mónica Jiménez provocó lo que justamente pretenden las guerrillas de la comunicación: acaparar la concentración de la opinión pública, embarullarla y generar un debate en torno a algo tan absurdo que deje en evidencia lo poco importante de eso tan importante que se deja de discutir, en este caso la ley de educación. Se ha escrito demasiado, mucho, en torno a esta cuestión y a mi juicio, la naturaleza de lo hecho por María Música, por grotesco que parezca, es más sutil que un simple acto delictivo, como pretende precisarlo la autoridad. Lanzar agua es una no-estrategia muy estratégica que el poder, aunque intente atribuirle un lugar o una identidad fija, no logra delimitar. Mónica Jiménez recibió un pastelazo de agua que la puso en ridículo ante el país, ahora solo depende de la altura con que tome las futuras decisiones para que en su ministerio no le quede la crema.