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  Falsear el sexo

Domingo 20 de julio de 2008

 Martes a la noche. Tres amigas mías -que son amigas entre sí- hablan de sexo. Acerco la oreja todo lo que puedo. Emegé dice que recién después de los treinta le encontró la clave al asunto. Be y Ce asienten. Ce pregunta a las otras si alguna vez se acostaron con una mujer. Tanto Emegé como Be lo han hecho y dicen que es muy bueno, muy gustoso, muy suavizante y exfoliante, pero que cuando todas las cuentas están sacadas la verdad es que no hay como una pinga. Oyendo que hablan de pingas, Pe, un amigo gay, se acerca esperanzado. Yo pienso que nunca me he acostado con un hombre y miro, no muy convencido, a Pe. Be y Emegé han emprendido una distinción entre calentura y amor. Para que un hombre me caliente, para querer tirar con él -dice Be- necesito admirarlo, que me haga reír, que me emocione, necesito encontrarme pensando a todas horas en él, que el mero timbre de su voz o el menor de sus gestos me provoque cosquillas en la guata. Con voz algo quebrada pregunto: ¿Pero eso no es lo mismo que el amor? Be, Ce y Emegé me miran como si jamás hubieran oído una estupidez semejante. Me retiro en puntas de pie hacia la cocina.

Esa misma noche vuelvo a ver en video "Henry y June", la película de Philip Kaufman basada en el diario de Anaïs Nin. En su día me pareció más bien risible. Me parecía absurda la falsa calva de Fred Ward, las poses a lo Goya de Maria de Medeiros, el París de opereta donde los ladrones sacaban palomas de sus sombreros y los escritores pobres contemplaban las acrobacias de modelos desnudas. Ahora entiendo que era la única adaptación posible del libro, que a su vez cuenta el despertar sexual de la Nin del único modo en que puede ser contado: sin objetividad, sin sentido del ridículo. El orgasmo es una explosión en la que vuelan, como murciélagos de un campanario, las cursilerías más desaforadas. Reprimir esas cursilerías en nombre de la inteligencia o el buen gusto es falsear el sexo, es empezar a hablar de otra cosa. El diario de Anaïs Nin, como la película de Kaufman, son impresentables monumentos al mal gusto; por eso mismo son las únicas incursiones modernas en el erotismo femenino que me resultan convincentes.

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