La noche final del Festival de Cine B cerró el telón con una aplaudida cifra: cuatro mil espectadores. Nada en comparación a los más de 700 mil asistentes que tuvo "Los Simpson, la película", o las 466.338 personas que vieron "Transformers" el año pasado en las salas del país. Pero todo, para una industria que tiene que pedir por favor recintos para exhibir sus cintas, suplicar por plata para producirlas e inventar fórmulas atractivas para que los chilenos vean algo más que ¡Bang!, ¡Punch!, ¡Crack!
Son tiempos de bonanza para la industria foránea. El año pasado se estrenaron comercialmente 603 producciones en Estados Unidos y en el último festival de Sundance la meca del cine independiente yanqui se llegó a un récord sin precedentes: se presentaron 3.600 filmes.
Ahora, ¿cuántas películas produce el cine independiente nacional al año? "20, por lo menos", asegura entusiasta Antonino Ballestrazzi, organizador del Festival de Cine B que se realizó entre el 8 y el 16 de julio en el Cine Arte Alameda.
En otras latitudes, un festival con éstas características no debiese ser una anomalía, pero en Chile lo es. La directriz internacional indica que los grandes festivales del mundo exhiben con cada vez mayor frecuencia películas terminadas en digital y no exclusivamente en 35 milímetros.
En Chile, los tres festivales más importantes: Sanfic, Festival de Cine de Viña del Mar y Festival de Cine de Valdivia, no suelen aceptar películas terminadas en digital y, por lo mismo, una importantísima cantidad de nuevos proyectos quedan en el camino.
"El gran problema surge entre los productores, los distribuidores y los exhibidores", dice Ballestrazzi, que ha sido productor de películas como "Rabia" y "La Sagrada Familia". "Si esos tres sectores no están sincronizados, las películas no llegan al público. Por eso este festival nace como signo de protesta. Estamos acogiendo a las películas más independientes de todas. Tomamos el concepto norteamericano de ‘Cine B’; esos autores que se salieron de los grandes estudios para hacer las películas que realmente querían hacer y que los estudios no le financiaban".
MANO NUEVA
"Quizás el problema pasa porque son festivales muy antiguos, pero tarde o temprano van tener que cambiar, porque existe una tendencia a nivel mundial con respecto al cine digital. Por ejemplo, la mayoría del cine asiático que se está haciendo está terminado en ese formato, y son películas increíbles que no tendrán cabida en estos festivales si no cambian el concepto", señala José Luis Torres Leiva, director de elogiados trabajos como "Obreras saliendo de la fábrica".
Por su parte, la llamada industria nacional del cine parece hacer oídos sordos a este fenómeno y sigue ensimismada en la fabricación de productos rígidos en formatos y en contenido; apostando por películas de autores consagrados que gastan fortunas con fondos del Estado.
"Yo llegué a la distribución por el mismo problema: estaba haciendo películas pequeñas y difíciles que ningún distribuidor o exhibidor quería o se atrevía a respaldar", reflexiona Ballestrazzi. "La única sala de cine en Chile que exhibe películas filmadas en digital es el Cine Arte alameda; el 99% restante está en el estándar histórico de siempre, que es el 35 milímetros".
Para los entendidos, las nuevas generaciones de directores conviven con estos problemas y, es más, se los echan al bolsillo para dar con una nueva mirada. "A diferencia de las generaciones de los ochenta y noventa, donde los autores estaban cagados de susto al momento de hacer cine, los jóvenes de ahora son mucho más atrevidos y eso se reflejan en un ‘la hago como sea y si no te gusta, que lata, no la veas’", cuenta.
Asimismo, es de común opinión entre los directores jóvenes que las generaciones precedentes pretendieron filmar la gran película chilena de todos los tiempos: esa obra maestra que marcaría a fuego el cine nacional. Ese mesianismo hoy parece estar ausente. Más aún, los autores del siglo XXI creen importante ir creciendo película a película.
"Los cineastas más viejos y con más trayectoria se quedaron pegados con el tema de los fondos, cuando a lo mejor podrían estar haciendo películas nuevas con menos presupuesto y trabajando con más gente joven", señala Piero Mancini (22), el precoz director del largometraje "Ultramar". Cursando su último año en la Escuela de Cine de Chile, Mancini sostiene que su generación carece de complejos y está sobrada en motivación. Por eso, desestima las excusas de los cineastas de generaciones anteriores, que justificaban la baja calidad de sus películas por falta de financiamiento: "O que sus películas no quedaban bien porque les faltaba dinero en la posproducción Con lo que se gastó en una película como la del ‘Che Kopete’, podríamos haber financiado 20 películas independientes", reclama Ballestrazzi.
Y no le falta razón. En Chile una película mediana o grande está costando, en promedio, entre 300 y 500 millones de pesos. Si tomamos en cuenta que una cinta digital puede ir desde los cero pesos hasta los cinco millones, las diferencias son evidentes. A esto debemos añadir que esas películas filmadas en 35 milímetros, a excepción de casos puntuales, "no suelen durar más de dos semanas en los cines comerciales", se quejan los autores nacionales. Además, las películas norteamericanas ocupan entre el 80% y el 90% de la programación que se exhibe en este tipo de salas. "Los cines Hoyts, Showcase y Cinemark no suelen exhibir películas en video porque las consideran de segunda categoría y creen que es una pérdida de dinero", alega el mismo productor.
Para los cineastas chilenos, el nivel de contenido de nuestra Ley del Cine es ridículo. La cuota de pantalla, que significa que los cines tienen que estrenar sí o sí las películas chilenas les vaya bien o mal no existe. "Nuestro canal público, TVN, no está obligado ni a financiar ni a exhibir películas chilenas. Lo que la ley hace es obligarlo a tener un segmento de cultura, y eso es lo que se conoce como la cultura entretenida. En el fondo, la ley del cine no está escrita en función de las generaciones futuras", sostiene Ballestrazzi.
Carolina Leiva, secretaria ejecutiva del Consejo del Arte y la Industria audiovisual, tiene una opinión diferente: "El año pasado se destinaron cerca de 10 mil millones de dólares al fondo audiovisual nacional y existe una tendencia a privilegiar las óperas primas de los nuevos directores". Leiva sostiene que los recursos destinados al cine nacional se han incrementado cerca de un 87% con respecto a años anteriores y que desde 2005 el Consejo ha destinado más de cinco mil millones de pesos al sector audiovisual.
"El único pero para hacer una película es decidirlo", señalaba un director japonés que estuvo de visita en Chile hace un tiempo. Los jóvenes cineastas parecen compartir ese credo a pies juntillas.
LA URGENCIA DE LA RABIA
José Luis Sepúlveda es director del Festival de Cine Social y Antisocial de La Pintana y director de la cinta "El Pejesapo". Su debut fílmico es la historia de Daniel, El Pejesapo, un tipo que aparece medio muerto en un río y que es salvado por unos campesinos del lugar para luego emprender un viaje sin retorno por una ciudad fea, marginal y violenta; todo desplegado en la masa informe de una cinta tan honesta como brutal y caótica. Y con rabia, mucha rabia.
En el blog de su película "El Pejesapo" aparece la siguiente declaración: "En el cine, como en la vida, desprecio la pose, la mueca y la caricatura. No me agradan los cineastas que se creen grandes en el lenguaje de diálogos sentenciosos e intelectuales. Aprecio el lenguaje viviente, lucho por él y lo defiendo con todos sus errores. Desprecio la estética europea en el cine latinoamericano".
Sepúlveda no está interesado en el cine individualista e intelectual europeo porque sostiene que sus problemáticas le resultan ajenas. Tampoco le agrada la idea de que el cine europeo se haya proclamado desde una perspectiva "vertical" y prepotente", donde existe una utilización del espectador.
"Yo creo que nosotros no compartimos esa raíz (europea) y debemos evitar esa visión caricaturesca que aquí también se ha tratado de formalizar como una mirada pintoresca hacia la gente sencilla; la gente no es así, y películas como ‘El Chacotero Sentimental’, ‘Taxi para Tres’ y ‘Mala leche’ son reflejo de esa mirada prepotente de la que te hablo. La gente humilde no tiene por qué hablar como imbécil", remata.
Sepúlveda cree que la ficción y el documental son la misma cosa, y que quien pretenda establecer una diferencia ya está "jerarquizando nuestras propias imágenes", reflexiona a propósito de la utilización de recursos propios del documental en su obra. A Sepúlveda le agrada la estética sucia y a ratos caótica que adquiere su cinta, porque su objetivo era trabajar en varios formatos y en video, no en celuloide. "El uso de varias cámaras respondía a que no queríamos que la película se viera bonita: el sentido estético está basado en sus contradicciones y por los aparentes errores de audio, subtítulos y saltos de cámara. Por ejemplo, la utilización de subtítulos en una parte determinada (donde se escucha y se entiende lo que dicen los protagonistas), hacemos una crítica a la estrategia comercial de las películas americanas".
El ARTESANO IMPASIBLE
Cristóbal Vicente es arquitecto y director del documental "Arcana". Filmado en blanco y negro y provisto de una fotografía extraordinaria, la cinta rescata el último año de funcionamiento de la antigua cárcel de Valparaíso. Captada con el recurso de la mosca en la pared, la cinta se construye como un palimpsesto de secretos (Arcana, en latín, significa secreto recóndito), de voces asincrónicas, miradas solapadas y planos subjetivos que dan vida a la "masa carcelaria"; nunca subrayando, todo el tiempo sugiriendo.
La película ha concursado en más de 40 festivales del mundo y ha ganando varios premios. "El proyecto comenzó cuando yo estaba en cuarto de año de arquitectura de la Católica y vivía al frente de la cárcel. Justo en esa época salió la noticia de que iban a cerrar la prisión y a reubicar a los internos; de ahí surgió la idea de hacer una película. En cualquier caso, yo entré totalmente en blanco a filmar ‘Arcana’. Fue un acercamiento autodidacta".
Como por aquella época era estudiante y tenía apenas 23 años, se le abrieron puertas que en otras circunstancias hubiesen sido muy difíciles de conseguir. Se demoró ocho años en sacar adelante este proyecto. Primero, por la envergadura de la experiencia, y después porque tuvo que disponer de mucho tiempo para poder dominar su propio material, que era de por sí un tanto inabarcable. Y luego, el financiamiento se cruzó en su camino: "Postulé ocho veces a los fondos estatales y nunca me los dieron. Tuve que financiar mi película con aportes privados y propios, hasta el final", relata.
Por lo mismo, se siente ajeno a los conductos oficiales de la industria. Dice que se debe a una cuestión de vocación: "Mi apuesta va por otro lado: me interesan proyectos más sencillos porque esa es mi línea de trabajo". Vicente sostiene que cada película debe ceñirse a sus propias reglas, sin perder de vista su visión original. Esto significa que la película tiene que crecer, pero no debe perder su poder inicial. "No puedes llegar cargando un cadáver al final de tu película", advierte. LND