Aviso a la clientela. A partir de este 1 de julio está prohibido el tabaco en cafés y bares de Holanda. Incluidos los famosos expendios de macoña, conocidos como coffee shops, donde sólo queda permitido fumar pura marihuana. En momentos en que las capitales europeas se hacen notar por razones bochornosas, Londres y su epidemia de navajazos, Bruselas y el sempiterno tira y afloja entre flamencos y valones, Roma y el racismo contra los gitanos, Amsterdam envía humorísticas señales de humo. Los parroquianos se fuman los pitos dentro del café y salen respetuosamente a fumar tabaco a la vereda.
No es la única curiosidad de la capital de los Países Bajos, donde viven 750 mil personas y por donde circulan otras tantas bicicletas. El tipo medio que campa entre la fauna urbana de Amsterdam es atípico en sus formas. Grande, colorido, razonable. En el parque Vondel (nombre de un gran poeta holandés, contemporáneo de Rembrandt), un centenar de postes naranjas señalan cada uno el nombre de un poeta y un número que marcar con el celular para oír uno de sus poemas. Trescientos pesos el minuto. Las malas lenguas dirán que la lengua holandesa más que a poesía lírica suena a instrucciones para armar una cajonera. En casa, los holandeses hablan sus dialectos. Fuera de ella hablan holandés, la lengua común. Suelen ser políglotas, pero nadie hace mayor cuestión de esto. Las malas lenguas dicen también que los holandeses hablan todas las lenguas y las hablan todas mal. Pero lo intentan y, a menudo, lo consiguen.
Por cierto, la ciudad ideal que imaginaron los urbanistas del Renacimiento no existe y probablemente no existirá jamás. Hay ciudades mejores y peores o, como se suele decir ahora, ciudades con mayor o menor calidad de vida. Toda ciudad tiene sus sí y sus no. Amsterdam es una ciudad rica y por lo tanto es una de las más caras de Europa. A los jóvenes desplatados les resulta difícil vivir en ella y deben a menudo emigrar hacia la periferia. Tiene Amsterdam, en cambio, un magnífico jardín botánico, un zoológico donde una gata doméstica amamanta a un cachorro de panda, unas cuantas obras maestras de Rembrandt y Van Gogh y la mejor sala de conciertos del mundo para escuchar la música del romanticismo tardío, el Concertgebouw. En muchas materias más vale estar entre los primeros pero, tratándose de los románticos, los mejores serán siempre los últimos, Brahms, Mahler, Richard Strauss.
El dibujante Tex decía en La Bicicleta que a cualquier ciudad del ancho mundo a la que vayan los chilenos le encuentran un cierto parecido con Quilpué. Si Amsterdam tiene que parecerse a alguna ciudad chilena, ésta no sería Quilpué sino tal vez una Valdivia en la que el río se ramificase en cientos de canales concéntricos por cuyos bordes surcaran repentinamente miles de bicicletas.
Por lo demás, es imposible referirse a Amsterdam sin tener en cuenta la canción de Jacques Brel, difícilmente traducible de tan violentamente lírica, saturada como un cuadro de Brueghel, e imposible de ser interpretada por nadie más que por el belga. David Bowie lo intentó, pero no. "En el puerto de Amsterdam / los marineros danzan / frotándose la panza / en la panza de las damas". "Ser lírico, decía Brel, es cantar tan fuerte que si la gente no escucha tu corazón al menos vea tus dientes. Y transpirar. Pero aquél que es lírico no sabe que transpira".
Transpirar, también transpiran los ciclistas que circulan por Amsterdam con el celular en una mano y el paraguas en la otra. Pedalean y transpiran los líricos que decoran la bicicleta como si fuese su jardín secreto y los prácticos que la equipan con toda clase de comodidades. Marc Augé, que acaba de publicar "Elogio de la bicicleta" afirma que "Amsterdam tiene una reputación de ciudad alegre gracias a la bicicleta. Hay un lazo social que se vuelve a descubrir en bicicleta, la gente habla entre ella cuando se encuentra. Andar en bicicleta es una actividad total. Uno se sitúa en el espacio y se siente ligado al tiempo. Se vuelve a ser niño. Es una relación muy fuerte consigo mismo, una prueba de la existencia: pedaleo, luego existo". No en balde René Descartes se refugió en su día en Amsterdam buscando paz y concentración. Pues eso. En Amsterdam, pedaleo, luego existo.