
Domingo 3 de agosto de 2008
A Margot la reconocieron por sus joyas. Una pulsera de oro con coronas y un anillo con forma de espiral y un corazón. Se lo había regalado Marcos en la última Navidad. Todo quedó sepultado bajo piedras, cemento y polvo el 3 de febrero de 2007, cuando la calle Serrano de Valparaíso estalló en pedazos.
El desastre ocasionado, según la defensa de las víctimas, por la negligencia de Gasvalpo y Chilquinta cumple hoy un año y medio. Las empresas no han admitido su responsabilidad y no han enmendado los daños como los afectados esperan.
El día del accidente, Marcos Ayala despertó con pesadillas. El gas salía de la cocina. El olor era insoportable, pero él no podía cerrar la llave y comenzaba a intoxicarse. En ese momento, Margot, su mamá, lo despertó tocándole la espalda. "Marcos, cómo puede dormir con este olor". Su pieza y la casa entera estaban impregnadas con gas. Y esto no era un sueño. Abrieron las ventanas, pero afuera el olor era más fuerte.
La luz de su casa estaba cortada y los vecinos ya comenzaban a aparecer: "Oiga vecino, hay olor a gas", decía uno. "Sí, sí", respondía otro. Ya todos estaban despiertos. Margot tomó el teléfono y se puso a llamar: GasValpo, Chilquinta, carabineros, bomberos. A las tres de la mañana llegaron los uniformados, y a las cuatro, un hombre vestido de blanco bajó de un camión del cuerpo de rescate de bomberos. Llevaba un casco y un nanómetro para medir el nivel del gas. El aparato se fue a rojo y marcó el máximo: una tonelada y media de gas se había acumulado en el subterráneo de la casona y ya se había expandido por toda la calle.
A las 7 de la mañana Marcos subió a la pieza de su hermano, Aldo, para pedirle el celular. El diálogo fue breve: "Despiértate, hay mucho olor a gas". "No siento ningún olor", le respondió, se dio media vuelta y siguió durmiendo. Esa fue la última vez que lo vio con vida.
La camioneta de GasValpo llegó cinco horas después de que se dio la alerta. Confiados, Marcos y Margot volvieron a acostarse. No habían dormido nada en casi toda la noche.
Mi mamá, mi hermano
"Que descanses". Margot le dio un beso a su hijo, entró a su pieza y cerró la puerta. Marcos hizo lo mismo, pero con el olor a gas no podía dormir. "Eché desodorante ambiental y me tapé la cabeza con el cubrecama", recuerda. Su mamá despedía a su pareja que salía rumbo al trabajo. Margot entraba a las 8:30 a su trabajo en "P y T", un local de confecciones de ropa escolar que estaba justo cruzando la calle. Por eso se quedó en pie. Ya no valía la pena volver a dormir. Comenzó a arreglarse, se puso su pulsera de oro y sus anillos.
A las 8:33 todo voló por los aires. Marcos despertó treinta metros lejos de su casa, tirado en la calle. Lo primero que vio fue el bar La Playa y a un amigo. Su casa ya no estaba. "Mi mamá, mi hermano ", fue lo único que logró balbucear.
Los recuerdos se superponen sin orden, y hasta hoy Marcos intenta reconstruirlos. "Me acuerdo que estaba acostado, luego veo la pieza llena de humo. Siento un 'click', un estruendo, una luz, el fuego que me cubría. Se abrió el cielo y la casa voló. Yo salí expulsado y no recuerdo más. Ahí parece que me golpeé con algo".
En el Hospital Naval lo curaron. "El primer día yo no estaba muy consciente. Preguntaba por mi mamá, al segundo día preguntaba por mi mamá, al tercer día también, y al cuarto la encontraron y ahí colapsé". Su hermano mayor, que no vivía con ellos y estaba haciendo los trámites, le dio la noticia. A Aldo lo encontraron seis metros bajo tierra, calcinado y sin sus piernas. Lo reconocieron por su dentadura. A Margot por sus joyas, negras y quemadas. Él tenía 34 años y ella, 52.
La reconstrucción
Marcos recibió el papel con el subsidio. Estaba en el balcón del Museo Lord Cochrane y su espalda, desde la altura, daba justo a calle Serrano. Había pasado poco más de un mes desde la explosión y el Gobierno le entregaba un subsidio habitacional a las familias que habían perdido su casa. No había vuelto al lugar desde aquel día y quiso mirar. Se dio media vuelta y se desplomó frente a la Presidenta Bachelet y a la ministra de Vivienda. Desde el museo comprobó que su casa ya no estaba.
"Después del accidente y mientras estaba internado, lo único que tenía era una camisa del Hospital Naval. Perdí el sentido de pertenencia, los recuerdos fotográficos, los momentos que viví en mi casa. Mi mamá se demoró más de 20 años en tener una casa bien bonita, bien arregladita. Sentí que quedé en el aire. Que en un día me quedé sin nada. Volver a reconstruirte como persona. Volver a caminar, retomar tu trabajo, tu diario vivir. Luchar para que se haga justicia, para que esto no vuelva a pasar. Es desgastante", dice Marcos, de pie en el mismo mirador desde donde vio el espacio vacío de su casa.
Desde ese día, las marchas, las velatones y los actos se han sucedido uno tras otro. Al principio las autoridades apoyaron a las víctimas, pero con el tiempo todo se fue diluyendo, menos el dolor. Marcos cree que el silencio se impuso porque las autoridades tienen nexos con las empresas.
Marcos dice que ya perdonó a GasValpo, pero espera una respuesta de ellos. "Es ridículo, con la envergadura de la explosión, pensar que no hay responsabilidad de la empresa. Y más encima con el peso de que GasValpo tiene tanta plata, tantos recursos, y no paguen lo que hicieron. Durante todo el primer año pasaron por las unidades vecinales regalando computadores y otras cosas, pero nunca han dado la cara", alega.
El mundo no para
En enero de este año se llegó a un acuerdo con GasValpo y Chilquinta. Las empresas se comprometieron a pagar 900 millones de pesos a las víctimas y revisar los ductos subterráneos de gas y electricidad de toda la ciudad de Valparaíso, para que no vuelva a ocurrir una nueva explosión. Pero los afectados no están tranquilos. Ellos pedían mil 250 millones de pesos, pero las empresas lo consideraron excesivo. "Yo creo que va a volver a salir gas. Ya han pasado más de seis meses desde el acuerdo y las empresas no han revisado nada. Hace unas semanas hubo una fuga en Serrano", explica Marcos, y agrega una razón para pedir más dinero de parte de la empresa. "El otro día me encontré con una niña que también perdió su casa. Se había metido en un préstamo para comprarse una cama de dos plazas, pero lo perdió todo. Ahora tiene que pagar el préstamo y más encima hacerse de todo de nuevo", dice.
Ha pasado un año y medio. Marcos se para en el museo Lord Cochrane, a los pies del Cerro Cordillera. El mismo desde donde vio por primera vez el lugar vacío de su casa. "Todos somos sobrevivientes de algo. El mundo no va a parar porque se me murió mi mamá y mi hermano".
Hace tres semanas le entregaron las joyas negras. Las mismas que luce Margot en las fotos que inundan la nueva casa de Marcos, donde aparecen los tres celebrando la Navidad. Eran tiempos felices y se le notaba en los ojos. Una mirada alegre que Marcos no ha podido recuperar; no como las joyas de su madre. //LND