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  El carnicero de Sarajevo

Domingo 3 de agosto de 2008

"No soy un monstruo, soy escritor ", declaraba con vehemencia, Radovan Karadzic, en 1997, un poco antes de abandonar su casa de Pale e ingresar a la clandestinidad. A partir de ese momento el desafío para este hombre de 1,85 de estatura, ojos cafés, pelo gris y "comportamiento extravagante" será proveerse una nueva identidad. Y elegirá aquellos signos corporales que coherentes con sus fantasmas de juventud, lo acercarán al look deseado. Porque el carnicero, siquiatra de profesión, ordenaba la "limpieza étnica", mientras disfrutaba de la poesía.

Durante su estadía en el poder, para las visitas al frente, Karadzic vestía orgulloso, uniforme militar. Porque era quien comandaba el ejército, los grupos paramilitares, la policía y la defensa territorial. Como Presidente, sumaba a sus chaquetas cruzadas ciertos rasgos que lo mantenían ligado al mundo de las armas. Las corbatas privilegiaban diseños tipo camuflaje, abstractos, de bordes irregulares o difusos y una gama de colores homologables al entorno: gris, beige, celeste, azulino, verde militar. Radovan ostentaba, en aquella época, un característico mechón de pelo al centro de la cabeza que peinaba desde la frente hacia arriba. La extraña forma recordaba no un jopo al estilo Elvis Presley, sino un verdadero penacho militar.

Al momento de su detención el criminal se ha travestido para dedicarse a la medicina alternativa. Su nombre es ahora Dragan Dabic. Actúa como su madre lo describiera alguna vez: "leal, trabajador y respetuoso con los ancianos". Un viaje a Oriente y el vagabundaje por los bosques y montañas de la "madre Serbia" le revelan las propiedades medicinales de las hierbas. Cultiva entonces el control cuerpo-mente, la bioenergía, la macrobiótica. Y reemplaza la "limpieza étnica" por la "limpieza espiritual". Dragan se alimenta sólo de productos orgánicos locales. Bebe mucha agua y camina dos horas diarias por los parques de Belgrado. Parece un hombre de letras. Mal que mal escribe una columna sobre vida sana.

Karadzic usa una voluminosa barba para significar su condición de sabio, refiriendo a Sócrates o Galileo. La discreta trenza -que enlaza nuca y frente marcando la zona donde antes se ubicaba su peculiar mechón- constituye una ingeniosa respuesta para mantener a raya ese rasgo que define su rostro y podría delatarlo. Los anteojos completan el ocultamiento de la cara. Proporcionan una historia previa. Menos expuestos a los vaivenes de la moda, datan de los años setenta, época en que se ponen de moda las prácticas alternativas ligadas al cuidado del cuerpo. Todo coincide. La camisa negra agrega los toques de misticismo y espiritualidad requeridos para vivir en un mundo utópico. Y el sombrero jipijapa, el aire bohemio. El carnicero de Sarajevo es capturado a pesar de sus destrezas para el camuflaje. "A cualquiera se le puede encontrar y eliminar", habría afirmado en una oportunidad.

 

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