
Domingo 3 de agosto de 2008
Desde una ventana carcomida por la humedad se observa el centro de Santiago. Contaminado y frenético, es el escenario por donde transitan miles de chilenos que salen a buscarse la vida. Y mientras un niño llora en los brazos de su madre en una habitación que da a la torre Entel, un joven músico viaja en Transantiago rumbo a una audición (Eduardo Paxeco); un peluquero intenta conseguir un crédito para comprarse un auto (Roberto Farías). Y una delgada sicóloga (Aline Kuppenheim) maneja en pleno paseo peatonal de Huérfanos, para luego dar clases de prevención sexual a un grupo de prostitutas que la miran con desaprobación.
En esta postal esquizofrénica respira "La buena vida", cinta de Andrés Wood que llega a los cines el 7 de agosto. La película presenta cuatro historias que se entrelazan por casualidad en viejas galerías, oficinas, paraderos de micro y esquinas de cemento. Sus protagonistas son personajes mínimos que el cineasta de "El desquite" y el coguionista y director de arte Rodrigo Bazaes, ficcionaron a partir de testimonios de clientes de la peluquería Salón Zulu. "Las historias están contadas de una manera muy musical, lo que hace que finalmente se sumen y entremos en un túnel existencial", explica Wood.
CORAZONES DE CEMENTO
Pero si la premiada "Machuca" proponía un viaje al fracaso de la UP, el golpe y la dictadura, ahora la invitación es a zambullirse en la siquis de la sociedad actual. Ésa de la transición a la democracia. "Quisimos meternos en la vísceras del ser humano, contar desde adentro cómo es vivir en una urbe donde todos, a pesar de la clase social que tengamos, queremos ser felices. Por eso transcurre en el centro de Santiago, porque es allí donde todos nos vemos las caras, aunque sea a través del auto, de la calle o de la micro", dice Wood.
-Una ciudad sobre ruedas que va desde Pudahuel a Cantagallo como dice un cartel de Transantiago
-Exactamente. Y es que los vasos comunicantes de la sociedad actual son los medios de transporte. ¡Cuántas conversaciones trascendentales ocurren en el trayecto de la casa al trabajo!
-Aunque Santiago está sobrepoblado nos sentimos solos.
-Yo veo una ciudad muy ecléctica. Y habitantes que están como buscándose, necesitando de un espejo. ¿Qué somos? ¿El mall, el poco patrimonio que tenemos, la buena o mala arquitectura, las calles llenas de hoyos, las autopistas, los campamentos o los condominios?
-¿Todas las anteriores?
-Santiago respira una atmósfera de descontento. Irracional, en muchos sentidos, porque para algunos somos un modelo latinoamericano. Pero hay algo que hemos construido como sociedad que nos tiene disconformes y que tratamos de mostrar a través de esta gente que quiere ser feliz, que tiene sueños muy concretos.
-Se dice que no tenemos identidad. ¿Cómo ves al chileno de hoy?
-Siento que en los chilenos pasa una cosa extraña. Hay mucha risa relacionada con mucho drama, mucha frivolidad vinculada con mucha profundidad. Yo también estoy buscándome, pero de lo que sí estoy seguro es que tenemos necesidad de sentirnos aprobados. Algo perdimos en este proceso liberador económico que nos tiene incómodos en medio del aumento del precio del cobre.
A MANOTAZOS
- En "La buena vida" se ve la clase media. Ese sector que anda en micro, tiene deudas, pero que sin embargo sigue batallando, por los hijos, por la casa propia-Sí, porque a la vez hay muchas ganas de vivir, de hacer contacto, de ser felices. Somos torpes, poco directos, pero somos humanos. Si bien nuestras penas son distintas y aquí el cesante de clase alta no tiene problemas económicos, todos lloramos, reímos, vemos programas de farándula
-Pero somos individualistas. ¿Quién es el culpable, el sistema económico, la dictadura?
-Evidentemente estamos en la culminación de un proceso que parte a principios de los 80, donde nos dicen: encárgate de ti mismo, báncate. Y si te va bien, increíble. Pero si te va mal, asunto tuyo. Eso nos ha hecho perder el sentido de pertenencia, lo que se manifiesta en rejas más altas, alarmas, desconfianza con el otro.
-¿Qué pasó con la promesa de democracia, con el pluralismo?
-Creo que la transición democrática ha sido muy lenta en cuanto a derechos de la gente y eso provoca que ésta, incluso cuando adquiere derechos, desconfíe. A nosotros no nos gustan mucho los conflictos. Personalmente yo los rehúyo y no digo que sea una virtud, porque justamente eso es lo que nos falta. En el fondo, carecemos de un plan común. Yo mismo ando en auto. Me sumé al prejuicio del Transantiago.
-Antes el enemigo era Pinochet. ¿Ahora qué cara tiene?
-Tiene la cara del que tiene ganas de pegar manotazos. Desde la persona más sencilla hasta el político más importante. Es el que dejó de pensar en la comunidad. Y eso tiene que ver con la falta de memoria y justicia.
-Tienes dos películas más en la cabeza. Una sobre Violeta Parra y otra sobre Jemmy Button. ¿Cómo va eso?
-Son siempre sueños. Pero Violeta Parra es un personaje que admiro mucho y en el que quizá ahora me atreva a meterme. La encuentro una mujer impresionantemente sabia y talentosa. No me interesa una biografía épica de ella, sino abordarla desde lo pequeño, entenderla. Porque es hermana de un Roberto, un Lalo y un Nicanor Parra y no veo ese dolor en ellos. Sinceramente me daría mucha envidia que otro la hiciera. Por otro lado, está la historia de Jemmy Button: un fueguino que es raptado en 1830 por Fitz Roy, quien lo lleva a Inglaterra a educarlo. Es una historia de exilio y de cómo a veces, por querer democratizar culturas, las destruimos. LCD