
Domingo 3 de agosto de 2008
En el cementerio, un hombre interrumpe la remoción de los restos de su padre. Con los ojos inyectados de tristeza reconstruye con huesos su figura. Se llama Edmundo y así como su viejo es peluquero. "Es un tipo que no sabe mucho qué hacer con su vida, que intenta llenar un vacío, pero que no sabe cómo y que así como muchos, necesitamos encontrar algo que se nos perdió, nuestros detenidos desaparecidos, nuestra identidad", explica el actor Roberto Farías sobre su rol en "La buena vida".
Edmundo es uno de los tres personajes principales de la película de Andrés Wood. Es simpático pero emocionalmente torpe y solo. Tiene deudas y anda en micro, como la mayoría de nuestra clase media. "Nuestra sociedad carga con muchos muertos, cosas pendientes que mete debajo de la alfombra, pero que no ha resuelto", dice Farías.
El actor se siente identificado con el peluquero. Nació en Conchalí, tiene 39 años y es parte de esa generación que creció soñando con la llegada de la democracia. Antes de convertirse en actor, trabajó como encuadernador en Dimacofi y hasta aseó la escuela de Gustavo Meza, a cambio de estudio. "Yo soy un fenómeno de la resiliencia, vengo del barrio y no tenía plata para pagarme una carrera. Pude haber terminado pesando 20 kilos más que ahora, delinquiendo o marcando el paso, ganando una mierda, como son los sueldos mínimos de nuestros obreros, pero tuve la suerte de toparme con el teatro", cuenta el también actor de series televisivas como "Mandiola y Compañía" o "Búscate la vida".
Y aunque podría decirse que el arte lo salvó, él titubea. "No sé, porque estoy seguro de que si a los cuatro años mis viejos me hubieran regalado un piano, mi vida sería otra. Aquí hay tanta diferencia de clases y está tan mal repartido todo que inevitablemente hay un vacío. Este sistema quiere que te suicides. Te está mostrando siempre al que tiene más y aunque te entrega tarjetas de crédito para que te sientas igual al otro, te endeuda y luego te caga. Entonces nos hemos convertido en una sociedad vacía, sin un pensamiento social profundo, sin romanticismo. Al igual que Edmundo, queremos comprarnos autos en una ciudad en la que no caben más".
Para Farías el fundamental enemigo del Chile posdictadura es "esta pastillita del día después que se llama capitalismo". Ése modelo que impone cánones de belleza y éxito y que en la película de Wood está presente cuando Edmundo pone botox a sus clientas. "Tenemos esta cosa pretenciosa de querer ser otro país, otra cara, entonces la mujer se estira cada vez más y el hombre sale con niñas jóvenes. Todo es raro, sospechoso", argumenta.
Pero ¿qué pasó con la promesa democrática? El actor suspira y contesta: "parece que esta democracia fuera un gran carrete donde estamos todos invitados, pero lo cierto es que entras por una puerta y te sacan por otra. Claro que hay excepciones en esta bolsa de gatitos, pero ya no hay sueños en común, algo se nos murió en el camino, estamos solos y de eso habla esta película".