
Domingo 3 de agosto de 2008
"El sindicato de policía Yiddish", Michael Chabon. Buenos Aires, 2008. 432 páginas. Novela.
Un recorrido probado por la narrativa norteamericana nos haría pasar por Jack London, Hemingway y Faulkner. Sin dejar de pisar las tierras de Kerouack, Auster y Roth. Personalmente, me detendría en McCarthy, Carver, John Kennedy Toole y Palahniuk. ¿Michael Chabon? Es una opción, y "El sindicato de policía Yiddish" una oportunidad para ver si el recorrido se mantiene o se alarga un poco más.
En sus anteriores libros, tanto en "La solución final" como en "Las asombrosas aventuras de Kavalier y Clay", Chabon usa el telón de fondo de la Segunda Guerra Mundial. En cierta forma, en "El sindicato de policía Yiddish" ese telón vuelve a repetirse en cuanto a la génesis que sustenta al relato, es decir, la migración judía post Segunda Guerra Mundial hacia Alaska, específicamente en Sitka. Desde el tema de lo judío hace sentido lo afirmado por Tolstoi y usado una y mil veces para hablar de literatura , acerca de que debes describir tu aldea para ser universal. Algo que ronda en Chabon y en otros escritores judíos norteamericanos en general, como Philip Roth, que escriben sobre y desde sus mundos.
En este caso el mundo judío, en una tierra de ficción, se matiza con la muerte de Emanuel Lasker (cuyo nombre verdadero es Mendel Shpilman) en el Hotel Zamenhof, un lugar con mal aspecto, en el que se hospeda el detective Meyer Landsman. El episodio abre la novela y guía las andanzas del detective y sus pares. Lo singular de la escena de Lasker con un tiro en la nuca es que en una pequeña mesa hay una partida de ajedrez iniciada. Allí se manifiesta el cruce de temas que van tejiendo la trama de la novela: lo judío como base; la muerte de Lasker quien va aumentando su calidad de personaje al conocerse sus cualidades de ajedrecista, orígenes y tensión con su padre como pretexto para hablar de novela policial; la importancia del ajedrez para conocer a Landsman a través del odio que siente por este juego, preferido de su padre, y, finalmente, del mismo Landsman, un sujeto que "tiene dos estados de ánimo: trabajar o estar muerto"; un hombre tildado de duro e insensato, "momzer (bastardo) e hijo de puta". Pero él, con esas características, intentará develar el misterio, arriesgando su vida (no perdía mucho) y su cargo, cuando es suspendido tras un confuso episodio. Con Landsman a la cabeza, todos los temas van matizando la construcción de la atmósfera a lo largo de las páginas.
Así, enfrentamos una suerte de relato policial con tientes de novela histórica inventada, donde Chabon mezcla acertadamente la ficción con sucesos reales: "Basta de expulsiones y migraciones y de soñar con estar el año que viene en las tierras de los camellos. Es hora de que cojamos lo que podamos y nos asentemos allí". El cruce hace que una sentencia como ésta haga sentido en el imaginario judío itinerante, proyectando a la vez la idea del inmigrante en busca de un lugar en el mundo. De este modo, retomando lo dicho en las primeras líneas, ¿vale la pena detenerse en este cruce realizado por Chabon? Parada optativa, pero para nada descartable.