
Domingo 3 de agosto de 2008
Los antiguos resabios de un clásico barrio capitalino, otrora residencial, se extienden en dirección norte cruzando el Mapocho. Las viejas calles hogareñas perdidas junto al río no son hoy sino las ajetreadas arterias del barrio Patronato, la pasarela del comercio callejero que por excelencia se ha vuelto el mejor lugar de Santiago para buscar una prenda codiciada y barata. Los cajones muestran coloridos trapos, vestidos de gala que lucen los maniquíes arreglados a la mala.
Las chicas hacen fila para abalanzarse sobre alguna falda o un par de zapatos que, a un precio increíblemente bajo, son sólo otro producto más de los miles y millones que refulgen como un oropel hecho en China, y que sustituyen perfectamente lo original e idéntico que se puede comprar en otras tiendas al doble o al triple.
Patronato es un reducto de búsqueda frenética que por el día parece más bien un mar de gente en que naufraga la cordura. Hoy, a pasos de Recoleta y de la nueva línea del Metro, el lugar aún conserva los ecos de su origen como barrio árabe que pasó a repletarse de coreanos y finalmente de chinos. Con los años se extendió como una verdadera peregrinación al consumo minucioso, en cuadras y cuadras de importadoras, ventas de comida y comercio callejero. Este último tiene acá una cuna sin par de novedades kitch, que van desde mechones de extensión de cabello plástico de todos los tonos; lentes falsos; alpargatas, joyería artesanal, hasta la fritanga china. Patronato, aunque es un rincón conocido de la ciudad, tiene la gracia de que va innovando gradualmente sobre su propia moda. Rota en las vitrinas como restos de ese naufragio de la cordura, hace que la gente se pegue allí como moscas, o, más bien, como abejas de un gigantesco panal colorinche que se mueve al ritmo del sin sentido. Un sin sentido al mejor precio concebido por el hombre, o más bien, por la mujer, su fan número uno.