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  En la vida sí pasan cosas

  En la vida sí pasan cosas

Domingo 17 de agosto de 2008

"Una película necesaria", así se titulaba uno de los comentarios que se escribieron previo al estreno de "La buena vida", quinto largometraje de Andrés Wood, haciendo referencia a la necesidad de contar historias que se desmarquen de las tragedias de los noticiarios. Pero no creo que existan películas necesarias. Hacer películas siempre ha sido un ejercicio que se escapa del valor de uso. Los doctores probablemente se sientan orgullosos de salvar vidas al final del día. Pero los cineastas juegan en otra vereda. Debiera haber más orgullo por hacer una película que no busca salvar el mundo ni curar el cáncer.

"La buena vida" no es necesaria, es simplemente una buena película, dirigida con pericia técnica y actuada excelentemente. Es una cinta que tiene vocación narrativa, quiere decir algo y lo dice. Wood ha construido un retrato de un Santiago cromático y lo hace como un buen alumno: mezclando, equilibrando, uniendo puntos. Si tuviera intenciones sociales, sería un fracaso.

En la cinta hay tres historias entrelazadas, diferentes entre sí: la de una asistente social (Aline Kuppenheim) que da clases de sexualidad a prostitutas, cuya hija de 15 años ha quedado embarazada (Manuela Martelli); la de un joven que quiere entrar en el Conservatorio (Eduardo Pacheco), pero que termina en el Orfeón de Carabineros, y la de Edmundo (Roberto Farías), un peluquero que se debate entre usar un crédito para comprarse un auto o pagar la tumba de su padre.

Tres historias que tienen como telón de fondo a Santiago y una dirección de fotografía que supo encontrar un tono acorde a sus contrastes. Resulta gráficamente interesante ver la iluminación amarillenta de las ampolletas de 60 watts y los tubos fluorescentes de la clase media, la iluminación ficticia de los cafés con piernas, o la claridad de los lugares del barrio alto. Ahora, estos contrastes están menos explorados en los personajes, que si bien se sostienen en sus propias historias, parecen formateados, a excepción del peluquero, cuyos dobleces bastarían para hacer un filme en sí mismo.

Sin embargo, más allá de los relatos concretos, el gran tema de Wood está en cómo decide armar su cuento. "La buena vida" roba el nombre de la novela que escribe uno de los personajes, una novela en la que "no pasa nada, como la vida", pero en la cinta sí pasan cosas.

Es en este sentido una película clásica, sus personajes tienen motivaciones que resolver y las resuelven, la estructura narrativa de Wood está en mostrar esas resoluciones. Hay finales felices y tristes, pero hay finales. Puede que no haya innovación fílmica, no juega como en "Amores perros" con las coincidencias, no busca dejar que pasen cosas en el tiempo como en "Lo bueno de llorar"; por el contrario, hay giros, hay situaciones gatillantes, pero lo que hace a "La buena vida" una película completa es que, a pesar de su estructura predecible, quiere contar tres historias, mostrar a sus personajes y generar emociones sinceras, convencer al espectador de que estas cosas pasan, y lo logra.

 

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