
Viernes 22 de agosto de 2008
Cuando converso con alguien en Santiago, el tema número uno es lo peligroso que es vivir acá. Tengo siempre que contenerme para no lanzar una serie de argumentos sobre lo irreal que me parece decir eso. Estamos perdiendo -cada día más- la seguridad que teníamos, pero eso no es nada comparado con el clima de violencia que se vive en otras grandes ciudades latinoamericanas, para quedarnos en nuestro humilde continente.
Lo que sí, estamos sufriendo una exacerbación loca de los medios por el morbo y por la prensa rojo sangre, ojalá que aún huela. No hay proporción entre la violencia real del país y la violencia que registra la prensa en sus noticiarios. No digo que estamos en el reino de la seguridad. Por lo demás, eso es casi imposible en sociedades tan poco justas en la distribución de ingresos y de campo laboral y también los maniáticos, los locos y los asesinos están en cada pequeño rincón de este loco mundo.
Para no dar la lata, mejor me quedo callada. Lo que no escucho -o mejor dicho, nunca se discute- son las causas de este clima de inseguridad instalado en parte de la sociedad. Menos aún, las críticas constructivas ni qué decir de autocríticas respecto a las horribles condiciones carcelarias de la gran mayoría de los detenidos en el país. Menos todavía, la desventura que es para un niño caer en los lugares de reclusión destinados a menores de edad. Y menos de ciertos "descriterios" en la aplicación de penas o lisa y llanamente la falta de justicia adecuada para muchos.
La prensa, de la cual -me guste o no- formo parte como periodista, ha elegido resaltar lo peor y sin piedad, a tal punto que me recuerda, inevitablemente, la mitad final de la década del '80 hasta mediados de la del '90 en Brasil. Por razones de rating, la televisión brasileña empezó a crear espacio para programas que se destinaban a cubrir la delincuencia. El resultado de esto fue que esos diez años quedaron en la memoria de miles de brasileños como la época donde el brasileño común se encontró, súbitamente, convertido en "policía en acción", creyendo píamente que como las autoridades no daban abasto con los delincuentes, le correspondía a él ejercer la justicia. El resultado fue vergonzoso: linchamientos, muerte a golpes, ahorcamientos. Parecía que habíamos regresado a la barbarie.
Esto está empezando a verse en Chile: ciudadanos sedientos de "justicia", que creen que detener a un ladrón los autoriza a molerlo a palos aunque este ya haya sido sometido. Es un abuso y una falta grave, que debe ser sancionada duramente. Nadie está sobre la ley. Tampoco puede estar fuera de ella.
El Estado de derecho, por imperfecto que sea, nos hace animales sociales iguales y es un gran triunfo. Permitir que personas abusen de un delincuente, por más atroz que sea su crimen, es permitir la tortura y el salvajismo. Uno puede, si tiene los medios, detener a un asaltante. Pero no puede, no debe y no está permitido ni justificado golpearlo, maltratarlo ni menoscabar su seguridad. Al hacerlo, el que se cree justiciero sólo logra transformarse en otro delincuente.