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  Los perdedores de la Casa Blanca

  ¿Cómo es dedicar dos duros años a competir por la Casa Blanca y luego fracasar? Ex candidatos presidenciales hablan sobre sus devastadoras derrotas, la humillación y el club elitista al que llaman el Círculo de la Amargura.

Sábado 6 de septiembre de 2008

Éste es un grupo de elite: el club de los fallidos aspirantes a Presidente. Sólo quedan trece vivos que hayan competido por la Presidencia de EEUU (descontando a quienes tuvieron menos de 2% de los votos). Cuatro lograron alcanzar el trabajo más poderoso de la Tierra. Otros nueve (cinco demócratas, un republicano y tres de un tercer partido) nunca llegaron a la Oficina Oval. Son la gente que más sabe del precio a pagar por postular a la Casa Blanca. Pueden poner en guardia a Obama y McCain sobre las trampas que yacen por delante. Saben lo que es perder. Y los demócratas han sido buenos para eso en los últimos 40 años.

Visitar a mitad del invierno al principal entre los perdedores de la Casa Blanca implica un largo viaje en avión por las grandes planicies hasta Mitchell, Dakota del Sur: pequeña ciudad frecuentada por cazadores, pescadores, vendedores viajeros y núcleo de personas interesadas en George McGovern, antorcha demócrata en 1972. En la biblioteca McGovern se siente lo inspirador de su campaña: colores del arco iris hippie; afiches de aviones lanzando bombas, en un lado, y una paloma de la paz en el otro.

Parto por preguntarle si la campaña de 2008 le trae recuerdos. Me sorprende su pronta respuesta: "¡Oh, sí! Casi todos los días". La postulación de McGovern surgió como una ráfaga venida de ninguna parte. Compitiendo ante figuras del establishment demócrata, como Hubert Humphrey y Ed Muskie, se le daban probabilidades de 200 a 1. Lento y seguro ganó una serie de primarias. Su campaña atrajo a millones de primerizos (el ejército de McGovern), así como a la crema de Hollywood: Jack Nicholson, Burt Lancaster y Raquel Welch; Julie Christie, Warren Beaty y Shirley McLaine.

Entre los soldados de McGovern estaban Hillary Rodham y Bill Clinton, por entonces en la veintena. "Los teníamos en Texas", dice McGovern. "Tratar de vender George McGovern ahí era formidable, pero nunca cejaron". Fueron en parte las conexiones que estableció Hillary en 1972 las que le ayudaron a ganar ese estado en las primarias de marzo. McGovern y Obama partieron como candidatos marginales y terminaron en primer plano movilizando a masas juveniles; ambos postularon cuando EEUU estaba dividido y encarnaron un ánimo por el cambio; se alzaron como el principal candidato antiguerra, entonces por Vietnam y hoy por Irak. Los paralelos no se le escapan a McGovern. "Me he sentido más emocionalmente involucrado que de costumbre. Me recuerda tanto a lo que pasaba hace 36 años ( ) Incorporamos a millones al proceso político, como lo hace hoy Barack. Fue un ejército poderoso".

Tras su nominación, McGovern fue feliz en su campaña sólo por tres días. Luego -como dice Hunter S. Thompson- "sin advertencia previa, los cerros temblaron". Si hubiese una lección a aprender sobre lo rápido que puede desvanecerse el fervor es lo que pasó: McGovern eligió como compañero al senador Thomas Eagleton. Entonces vino el anuncio de que éste tenía un historial de enfermedades mentales y había recibido electroshock. Debió dejarlo. "El vuelco fue de la noche a la mañana", dice.

Walter "Fritz" Mondale (en la foto) sabe exactamente de qué estoy hablando cuando le pregunto por los lazos que unen a los miembros de este club exclusivo. Hasta tiene un nombre para él. "Sí, tenemos una especie de Círculo de la Amargura. Suelo ver a (Michael) Dukakis, a McGovern y a (Jimmy) Carter". Ha estado tres veces en una fórmula presidencial. Ganó con Carter en 1976 para convertirse en vicepresidente; perdió con él cuatro años más tarde y luego fue candidato en 1984. "Es mucho más entretenido ganar", dice con ironía. En sus oficinas de abogado en Minneapolis cuenta cómo su bisabuelo llegó desde Noruega, peleó por la Unión en la Guerra Civil y se le premió con un pequeño pedazo de tierra. Hay mucho de nórdico en Mondale.

Su rival fue Ronald Reagan, lo más distinto que podía haber. Mondale se interesaba por los principios; Reagan, por los resultados. Reagan era un maestro en la comunicación. Mondale desconfiaba de la política como marketing. Su biógrafo lo llama la última gran figura política que resistió a la televisión. "Sí", dice Mondale. "No era bueno para eso. Reagan era un genio". Para Mondale era un asunto de dignidad. Es asombroso cuánto había cambiado el mundo en los doce años entre la postulación de McGovern y la de Mondale. Para 1984, el desdén de Mondale por la pantalla era un inconveniente y, a diferencia de la época de McGovern, la TV era central. Al elegir a su vicepresidente, Mondale quiso evitar el error de McGovern. Pero en 1984 no bastaba que el compañero fuera absolutamente limpio. Su cónyuge también.

En Nueva York, Geraldine Ferraro recuerda el orgullo que sintió cuando Mondale le pidió que fuera la primera mujer candidata a la vicepresidencia en la historia. Dos semanas después se reveló que su marido, John Zaccaro, no había hecho públicos sus reembolsos tributarios. "Lo trataron como si fuera miembro de la mafia", dice Ferraro. Hay allí una lección para cualquier candidato presidencial: chequear los datos del compañero hasta la obsesión. No sólo a ellos. Al marido, a la esposa, a la tía, la empleada, el gato y quienquiera se encuentre a 50 metros.

"Subirse a un avión, bajarse; subirse a un avión, bajarse". Así describe Michael Dukakis, que perdió ante George Bush padre en 1988, la vida del candidato. "No puede haber nada más aburrido, lo aseguro". En 1988, tenía una fuerza de miles de voluntarios. Hoy, en la Northeastern University, tiene una persona a media jornada. Dukakis pone en guardia a los candidatos de 2008 sobre los peligros de la publicidad negativa que sufrió en su campaña. Dukakis advierte contra la distorsión que hace la prensa de la personalidad del candidato. A Al Gore lo calificaron de aburrido y a él, de administrador. Richard Nixon lo llamaba procesador de palabras. Recuerda que a Bob Dole lo comparaban con un sepulturero, cuando es "el tipo más divertido que he conocido".

Le pregunto a Robert Dole a qué se debe esto. Reconoce que su sobriedad fue un tema en sus dos fallidas campañas, primero como candidato a vicepresidente de Gerald Ford, en 1976, y luego en su postulación presidencial de 1996. Afirma que esos eran tiempos serios, "los tiempos siempre son serios", pero los momentos de comedia fueron todos a expensas suyas. Condecorado en la Segunda Guerra Mundial, fue herido en acción en Italia y su brazo izquierdo quedó paralizado. En la campaña presidencial de 1996 Dole, entonces de 73 años, fue ridiculizado por el equipo de Bill Clinton (50 años) cuando se cayó de un escenario. Me enumera todos los problemas que enfrentaba su candidatura. Le pregunto si lo hizo por vanidad y ego, por sentido del deber o si tenía una misión que quería cumplir. "Un poco de todo", responde Dole.

A los perdedores de la Casa Blanca no les ha ido mal. Mondale es un abogado en una gran firma internacional, como Geraldine Ferraro. Dukakis podrá tener una oficina diminuta, pero disfruta enseñando a una nueva generación de líderes. Dole tiene un instituto político que lleva su nombre en la Universidad de Kansas. Pero todos tienen cicatrices. ¿Lamentan su decisión? ¿Valió la pena? Ferraro es la que más admite la duda: "Si antes de la nominación Dios me hubiera mostrado los siguientes seis meses, no lo habría hecho". El resto habla a una sola voz. "¿Está bromeando?", dice Dukakis. "Uno se muere de ganas de gobernar", Mondale declara que "si tuviera 45 años, volvería a hacerlo". Dice conocer a personas del Círculo de la Amargura que aún están lidiando con su decepción. Mondale no da nombres, pero sabemos de uno que nunca se ha recuperado. McGovern también ha tenido sus compensaciones, la biblioteca en su honor, inaugurada hace dos años a un costo de diez millones de dólares, pero aún siente el dolor de lo ocurrido hace 36 años.

Alguien tiene que ganar y alguien tiene que perder. Le pregunto a McGovern si estaría dispuesto a salir en campaña contra John McCain. Alza los hombros, afila el mentón, sus ojos brillan. "¡Seguro!", dice. "Siempre es lo mismo. ¡Cada cuatro años siempre estoy dispuesto a ir!".

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