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  Los pecados de Madonna

  Los pecados de Madonna

  Es el máximo ícono de la música pop femenina y el símbolo de la transgresión. Con su gira "Sticky and Sweet Tour" estará en Chile por primera vez y la locura y el esnobismo se desataron. Pero, a sus 50 años, la cantante ha domesticado su provocación y sólo persiste en uno de sus reconocidos atributos: su facilidad para producir dinero.

Domingo 7 de septiembre de 2008


Sucedió hace menos de dos meses. En su oportunista libro "Life whith my sister Madonna", Christopher Ciccone, el hermano menor de la diva, hizo una crítica que pasó casi inadvertida. En tono de lamento lacrimógeno expone que la relación con su hermana se deterioró cuando ella se emparejó con su actual marido, Guy Ritchie. Y por una curiosa razón: Ritchie se burlaba de él porque era homosexual. "Siempre se reía de mí porque soy gay. Y Madonna jamás le dijo nada".

La frase no deja de llamar la atención. Principalmente, porque la cantante forjó su popularidad bajo dos aleros que siempre la respaldaron: las mujeres y los gays. Para ellas y ellos, Madonna es un ejemplo de vida. Un espejo tan potente como fue Rosa Parkers, la mujer de color enjuiciada por no ceder su asiento en un microbús a un hombre blanco, para los negros estadounidenses. Madonna no abrió la boca respecto a la homofobia de su marido. Es más, calló y se hizo cómplice.

Ese ejemplo no es el único caso de la esterilizada provocación de Madonna. Desde que en esta década se radicó en Londres y se casó con Ritchie, un cineasta burgués y que trata de pasar de listillo retratando los bajos fondos londinenses, la cantante ha sepultado su carácter transgresor. Madonna ya no es la chica que se tomaba fotos promocionales desnuda en la calle para emular a su fetiche máximo, Marilyn Monroe y que editaba un libro, "Sex" (1992), donde simulaba posiciones sexuales y de sadomasoquismo. Esa Madonna ya fue. Desapareció.

"La chica material" es, en la actualidad, una bestia domesticada. Poco antes de editar su álbum "American Life" (2003), sus asesores promocionales acentuaron el rol radical de la artista. Durante tres meses desde enero a abril de ese año dijeron que el trabajo audiovisual criticaría la desmedida violencia del Gobierno de Bush en Irak. A los pocos días del estreno del single homónimo, que mostraba imágenes de bombardeos y un actor que personificaba al Presidente estadounidense con una granada en la mano y que, en tono gracioso, era sólo un encendedor, Madonna decidió sacar el video de circulación. Según decía en su página web, "por respeto a las tropas que están luchando en Irak, ya que se filmó antes de que comenzara la guerra y no era apropiado emitirlo en este momento". El texto era un tremendo volador de luces. Los comentaristas de la cadena Fox, una de las empresas televisivas identificadas con la derecha más conservadora, destrozaron su video y criticaron su "audaz" mirada del conflicto. Y Madonna, otra vez, esquivó los problemas.

Las piedras en sus zapatos continúan. Cuando su marido estrenó "Swept Away" (2002), película que protagonizó y que fracasó en crítica y taquilla la prensa de su país se prodigó en darle premios a lo peor de la temporada , nuevamente se enredó con su rupturista historia. Mientras el filme original, de Lina Wertmuller, describía la historia de una mujer adinerada que quedaba a la deriva en una isla perdida junto a un marinero salvaje, pero correcto y que, a los días, le sugería que practicaran sexo anal ante la negación de su eventual amante , la película de Madonna ni siquiera lo mencionaba. Y Ritchie, con toda su audacia, decía que la omisión se debía a que "la sodomía no está de moda". La cantante, por su parte, aportaba más detalles asegurando que lo había pasado "mal" haciendo escenas amorosas con su coestrella, Adriano Giannini. "Todo fue extraño porque, al fin y al cabo, Guy es mi marido y es la única persona con la que hago esas cosas".

Es cierto, Madonna lo logró. Fue una mujer que llegó a Nueva York con ganas de ser la mejor bailarina, pero, al poco tiempo, entendió que esa especialidad no la llevaría al estrellato. Y se dedicó al pop. Su triunfo mayor, además de su personalidad desafiante y segura de sí misma, es mantenerse en el pináculo del éxito. Su capacidad para sintonizar con el gusto masivo. Porque si algo es elogiable en su carrera, es su capacidad de trabajo y su buena intuición para rodearse de productores como Mirwais o Stuart Price aunque tipos como Fatboy Slim y Danger Mouse desecharon trabajar con ella , símbolos de buen gusto y capacidad melódica. Pero Madonna no es Los Beatles, como nos hacen creer algunos. Hace unos días, por ejemplo, un columnista de un diario llegó a una exageración: dijo que en Chile su cumpleaños número 50 "se celebró de Arica a Punta Arenas" y que "sus incondicionales están tanto en La Dehesa como en La Pintana". Mucho. Tanto como otro comentarista que en "Última mirada", de Chilevisión, afirmó que "[Madonna] vendió más discos que Elvis Presley". A la fecha, Elvis superó las 200 millones de copias. Madonna, en tanto, está, hasta esta semana, en 57 millones.

No es necesario endiosar su figura. Todo lo contrario. Hay que aterrizarla. Porque, en otras frases lamentables, Madonna ha dicho que no deja ver televisión a sus hijos para "que no se contaminen". Precisamente, el mismo medio que ella ocupa para mostrar sus coreografías en videos apoteósicos. Es mejor ubicar a Madonna en su real dimensión. Una mujer que fue provocadora y que, en estos días, lo que menos le interesa es la música. Su negocio es otro: ser una máquina de producir dinero. Allí, y sólo allí, es la mejor de todas.

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