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  Soberbia, pecado capital

  Soberbia, pecado capital

  Su globalidad le juega en contra a "Los crímenes de Oxford". Actores británicos y gringos, basada en una novela argentina, dirigida por un español y mezclando asesinatos con Wittgenstein y romance con Scrable resultan un pastiche sin personalidad, más pensado para el éxito de taquilla que en la originalidad de su propuesta.

Domingo 7 de septiembre de 2008


Alex de la Iglesia se ha hecho un nombre y una fama de director gamberro a punta de un género que hace del esperpento, en el sentido científico del término, su estética y su ética. Cintas como "Acción mutante", "El día de la bestia" y "La comunidad" tienen el gen de una fórmula en la que el humor ácido, la deformidad, la insanidad, son la excusa para hacer una crítica seria y divertida de la sociedad. Y no le ha ido mal, películas que parecen ser de mal gusto resultan refinadas en su propuesta y altamente corrosivas.

Pero "Los crímenes de Oxford", su última cinta, es todo lo contrario, tanto en visualidad como en eficacia. No tiene ninguno de sus guiños, no hay personajes grotescos, ni situaciones viscerales; es, por el contrario, altamente cerebral y matemática.

En la película, Martin (Elijah Wood) es un estudiante que viaja a Oxford para que Seldom (John Hurt), un afamado profesor, dirija su tesis. Ahí, un crimen, que parece ser obra de un asesino en serie obsesionado con la lógica y la filosofía, cambia los planes del estudiante y los deja a ambos convertidos en investigadores privados.

En términos simples, el guión es más un cuento de Agatha Christie y la aventura más parecida a un juego de persecución al estilo de "El código Da Vinci", porque todo son pistas falsas, enredos de lógica y puzzles intelectuales. No es una cinta para sus seguidores, pero tampoco resulta convincente para aquellos que no saben nada del director español.

Su principal problema no es tanto el cambio de género o una traición a su sello autoral, es la ambición por construir una cinta apta para cualquier sala del país donde se estrene. Su globalidad le juega en contra, actores británicos y gringos, basada en una novela argentina, dirigida por un español y mezclando asesinatos con Wittgenstein y romance con Scrable resultan un pastiche sin personalidad, más pensado para el éxito de taquilla que en la originalidad de su propuesta.

No es que Alex de la Iglesia se haya puesto serio. De cierta manera, siempre lo ha sido, sus cintas son con todas sus extravagancias ejercicios concretos, divertidos y sarcásticos. "Los crímenes de Oxford" es por, el contrario demasiado soberbia, tiene como fin la lógica del calce perfecto: la música con sobresaltos, los planos cuidados, las acaloradas discusiones entre dos egos y los jueguitos matemáticos tienen fines didácticos, no carismáticos.

La cinta se construye en la cabeza de sus protagonistas y no en las acciones que deberían convencer al espectador que se está frente a una gran intriga. Los giros dramáticos, que se suceden una y otra vez, dejan la sensación que no sucede nada y que si se muere alguien más tampoco importa demasiado.

Algunos podrán argumentar la madurez de un director, pero "Los crímenes de Oxford" demuestra que la experiencia no es parecer profundo, sino adentrarse en aquello que se conoce y se respeta, con ambición pero sin arrogancia.

 

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