
Domingo 7 de septiembre de 2008
Volvimos al restaurante chino Lung Fung luego de muchos años, con sólo un intervalo de hace tres o cuatro, nada más que discreto. Y el regreso nos entusiasma, nos satisface y casi nos emociona. La comida es muy buena y muy abundante y los precios (43 mil pesos para cuatro personas con una botella de Don Luis, de Cousiño Macul) absolutamente abordables. Hubo también un pisco sour, una cerveza, wantanes, camarones de masa de arroz y arrollados primavera que no son solamente de repollo, sino con buen relleno de cerdo , y luego cuatro platos y buen arroz chaufán, como decíamos antes, o chaufa, como se dice ahora.
Los platos de fondo fueron nuestros clásicos de hace cuarenta años, que con raras excepciones se mantienen inalterables en nuestras preferencias: pato Pekín y arrollado de mariscos, que ni antes ni ahora fue de mariscos ni allí ni en restaurante chino alguno sino de pescado blanco, en este caso corvina.
Comiendo bien en un restaurante chino serio y bien montado aun de una decoración discutible por el exceso de alfombras y la luz atenuada de un sótano que le da un aire más de boîte que de lugar de comidas ratificamos nuestra devoción de siempre por la cocina de los chinos. Comimos mucho en esos lugares en nuestra juventud y, como nos hemos alejado del centro, como casi todo el mundo, no hemos visto la evolución del viejo Lung Fung, que ya estaba allí, al lado del también antiguo y entonces querido Nuria, desde antes del siniestro 11 de septiembre del '73.
El Lung Fung se llama ahora Palacio Imperial Lung Fung, y eso significa que ha habido esfuerzos, fértiles en este caso, no por transformarlo en un palacio, que no lo es, pero sí en un restaurante en general bien puesto, muy bien atendido, grande y, enhorabuena, con abundante público, íntimo y satisfecho.
No hay misterio detrás de esto. Una vez más, el caballo engorda al ojo del amo. El señor Yuet Won Chang está en la puerta de entrada, irreprochablemente vestido de traje oscuro, saludando y despidiendo de mano a los comensales, sin dejar de dar una vuelta vigilante a los diversos salones en donde se come.
¿El pato Pekín? Muy rico. Carnoso y poco graso, con abundante carne oscura y las pieles crujientes, doradas y finas. La salsa de soya espesada, con leve y delicioso regusto a jengibre.
Hubo otro pato, también muy bueno, con algas y champiñones, aunque sin la delicia de las pieles asadas del Pekín, y un filete Kung Pao, de láminas blandas, sabrosas y también muy abundantes; un dato importante de este lugar.
El arrollado de mariscos, ya se sabe, es una finísima cr pe casi exclusivamente de huevo, rellena con una pasta de pescado, cocida al vapor y terminada con cebollines, soya y aceite muy calientes.
El test de calidad lo completó el arroz chaufán correcto, con tortillita de huevo, trocitos de cerdo y pequeños camarones, bien lejos de los arroces blancos e insulsos que se sirven ahora en casi todos los restaurantes chinos.
Así es que en el centro aún queda una buena alternativa en donde comer en serio y con un buen grado de exotismo y autenticidad. El servicio de Felisa, una dama de edad intermedia, segura, amable y eficiente, de felicitaciones. Hacemos votos por los próximos cuarenta años del Lung Fung.
FICHA
Restaurante chino Palacio Imperial Lung Fung / Agustinas 715 y Mac Iver 230, Santiago / Teléfono: 639 65 50.