
Domingo 7 de septiembre de 2008
Andrea tiene impronta de leona. Dentro del local a oscuras, aun cuando son las cuatro de la tarde y el reggaeton suena como música de fondo, ella se pasea como una fiera rubia forrada en un colaless y un sostén rojo. Los hombres se dan vuelta a mirarla, ella lo sabe. Andrea atiende en el café Alí Babá, en una galería de la calle Agustinas. Mientras habla mueve las piernas enfundadas en unas botas de cuerina negra que le llegan hasta la rodilla. De vez en cuando camina a paso firme sobre la barra, donde sirve sin respiro cafés cortados y pequeños vasos de soda. Tiene 26 años, hace cuatro trabaja en este lugar. Llegó hasta acá porque su hermana mayor la trajo para que se dedicara a la caja; semanas después terminó tras la barra. Andrea exhibe dos enormes senos operados hace un año y, aunque lo niega, su seguridad proviene del pecho. Más bien de sus dos pechos, que no se sacuden ni al más brusco de sus movimientos mientras se equilibra cargando bandejas en ambas manos. Ella sabe de sobra que todos los hombres del local la desean y pagarán en propina lo que cueste cada minuto de su conversación. Andrea ya no es la flaquita con una talla de sostén de 32 B. Su cara ya no refleja el cansancio que tenía cuando llegó desde la comuna de San Ramón, hastiada de recorrer Santiago buscando pega. Hoy es una especie de diosa que baja del Olimpo sólo cuando el reloj marca las nueve de la noche. Después de la operación su sueldo ha mejorado: cada mes, ella se echa al bolsillo un 1,2 millones de pesos. Su vida es otra: pronto se comprará una casa, la casa que soñó. "Con la plata también quiero estudiar, ojalá una carrera en el área de la salud. Con el resto ayudo a mi familia", dice.
"Sin tetas no hay paraíso" es el título del libro del novelista colombiano Gustavo Bolívar. Hoy va delante en el ranking de los libros más vendidos de este mes. También es la historia en televisión que será transmitida a partir del lunes en Red Televisión. La trama cuenta la vida de una chica que sueña con ganar dinero para poder ponerse unos implantes, porque, según ella, a los "traquetos" (narcotraficantes) les gustan las mujeres con el busto grande. "Y yo quiero tener un traqueto porque le dan a una todo", le contó a Bolívar la niña que inspiró su libro.
Andrés Urzúa es unos de los dos socios de la cadena de cafés Alí Babá, el local es conocido por tener chicas con perfectas medidas anatómicas. El empresario asegura que para la selección de las niñas que trabajan en el café exige tres condiciones: bonita cara, vocabulario y busto. Con el último punto es más flexible, porque si no tienen senos grandes, se los operan y punto. En la empresa les entregan facilidades de pago. "Tenemos un convenio con una persona que financia las cirugías de las niñas, además del gimnasio y el solárium. Claro, nosotros no lucramos. Luego, la niña le paga a esta especie de financiera. Antes, nosotros le dábamos esa facilidad, pero muchas niñas se fueron y nos dejaron con deudas, y la ley impide amarrarlas laboralmente", asegura Urzúa. Además, cuenta que después de la operación la niña paga el dinero en cuotas y se le aplica un interés. "Exijo una clínica que tenga UTI, de calidad, en caso de cualquier emergencia", aclara. La mayoría de las chicas que trabajan acceden a un combo: lipoaspiración e implantes por dos millones de pesos. "Acá en el café, una niña con las pechugas operadas gana mucho más que la que no tiene implante. Sus propinas suben en un 80%", asegura Urzúa.
El empresario cuenta que detrás de ese nuevo look aparece el desplante, la certeza que esos dos trozos de silicona le cambiarán la vida. Según Urzúa, las propinas de las chicas siliconadas pueden llegar hasta los 50 mil pesos diarios; no así las que no se han operado. Todo esto les cambia la vida a las niñas. El empresario cuenta que, en su mayoría, las chicas llegan desde las comunas de San Ramón, Quilicura y Peñalolén. Según el empresario, este trabajo les cambia la vida. A la mayoría también le alcanza para arrendar un departamento e independizarse. "Hay algunas que tienen auto, otras empiezan un negocio o estudian leyes, pedagogía y kinesiología; si no trabajaran acá no lo podrían hacer. Varias chicas han llegado a ser profesionales", asegura el dueño del local.
El infierno
"Sin pechos no podré pagar el colegio de mi hijo", gritaba Marisa en una clínica de Providencia mientras la trasladaban en camilla hasta la sala de operaciones donde le extraerían los implantes. Tenía una infección, un estafilococo amenazaba su sueño. Marisa o Maraisa en la web donde ofrece sus servicios se gana la vida de scort y se acuerda con tristeza de ese momento en que la ilusión de los senos erguidos y recién comprados se fue al tacho de la basura.
Una semana después de la extracción de los implantes, ella no podía creer la imagen que se reflejaba en el espejo. Sus senos se veían flácidos y más pequeños. Sus senos, su herramienta de trabajo. Marisa asegura que hace poco aprendió a quererlos de nuevo. Sabía que después de la extracción de las prótesis, su tarifa como scort bajaría a más de la mitad. Para ella, desde ese momento, su calidad de vida no sería la misma, ni el colegio de su hijo, ni su departamento en Providencia.
Hace cuatro años viajó a Buenos Aires con los dos mil dólares que le costaría la cirugía express: un paquete que incluía una abdominoplastía y los implantes de silicona. Después de un par de días volvería a Santiago rejuvenecida y con la figura que siempre quiso. "Diez días después de haber llegado a Santiago comencé a tener fiebre. Pensé que era un resfriado, pero el doctor me dijo que era una la infección con la que me podía morir y que debía retirarme las prótesis", recuerda.
La scort, de 40 años, dice que le rogó al doctor y a Dios que le salvaran los senos. A pesar de sus lágrimas, le informaron que debían retirarle los 300 centímetros cúbicos de silicona. De los 70 mil pesos que costaba una hora de sus servicios, bajó a 25 mil. Los clientes ya no la querían como antes. "Después de la operación me bajó la autoestima y la cartera, de tres o cuatro clientes al día, a un cliente por semana. Fue como quitarle un dulce al cliente; por tanto, tuve que especializarme en otros servicio como el sexo oral". Marisa confiesa que hace poco sus senos han vuelto a recuperar su forma, y ella a conformarse con ellos, aunque en un mes más se pondrá implantes de 350 centímetros cúbicos. "Quiero volver a tener esos bellos senos que me hacían ganar dinero", cuenta, a tan sólo una semana de internarse y volver a tener los senos que alguna vez soñó.
El doctor José Zarhi, cirujano plástico de la clínica Europa, asegura que cada día las chilenas se atreven más con esta cirugía. El especialista es partidario de otorgar más facilidades de pago a los clientes y así democratizar las cirugías plásticas. Con esta convicción, desde el año 2005 su clínica firmó un convenio con la tarjeta Presto de Lider y la de Johnson's; con ambas se puede acceder a cirugías hasta en 24 cuotas. Zarhi asegura que los implantes mamarios, junto al relleno de cara y cirugía de ojos, son las operaciones más requeridas por las chilenas, pero que desde hace diez años la cirugía a las mamas ha tenido un aumento ostensible. "Creo que en comparación a una década atrás, las cirugías han aumentado un 300% en nuestro país", asegura.
Zarhi explica que las prótesis mamarias son la cirugía preferida de las chilenas, porque esta operación les provoca un cambio radical en sus vidas. "Una mujer con prótesis accede a esa sensualidad soñada que el hombre busca; una mujer delgada, sin ser necesariamente bonita, puede provocar un cambio sustancial en su vida poniéndose senos". Para el doctor, el producto de esta intervención dota a la mujer de cierto poder de seducción, una atracción atávica para el hombre: la fijación del macho por las mamas y su deseo de cobijarse en ellas.
El cirujano asegura que hasta la puerta de su consulta llegan desde niñas de 16 años hasta dueñas de casa que quieren rejuvenecer su apariencia. Según él, con el paso de los años han aumentado de tamaño las prótesis que la mujer quiere ostentar. Zarhi explica que hace 33 años cuando comenzó el boom por la silicona , las chilenas optaban por prótesis de 150 a 175 centímetros cúbicos; 15 años atrás, de 200 a 235 centímetros cúbicos; 10 años después, de 275 a 300 centímetros cúbicos, y desde hace cinco años las mujeres cambiaron su gusto por las prótesis más voluminosas, que van de 350 a 500 centímetros cúbicos. "Dependiendo de la clínica y la atención, una cirugía puede costar desde 2,5 millones hasta cuatro millones de pesos. Todo depende del tamaño de la mama, de su volumen glandular y de la grasa. A mayor volumen, la prótesis queda más protegida", advierte el cirujano.
Medio kilo a la pasarela
Esta semana la modelo argentina Pamela Sosa se aumentó el busto de 350 a 500 centímetros cúbicos. La maniquí explica que lo hizo por satisfacción personal y porque la pelea entre divas de revistas humorísticas es fuerte. Para ser la estrella del show hay que alcanzar medidas extremadamente exuberantes. Su cirujano y novio, quien se ha dedicado a su transformación, le prohibió la primera idea de la maniquí de ponerse implantes de 550. "Me enojé y por eso me puse cola", dice. Pamela asegura que para las chicas con prótesis más grandes los billetes caen en mayor cantidad, y que a cualquier chica con senos que se asemejan a globos le cambia la vida en el mundo del espectáculo. Después de dos días de reposo y suero, Pamela se siente otra y está segura que en lo laboral todo mejorará. "Las chicas con senos grandes tienen más trabajo, eso es una realidad", asegura.