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Portada del día Viernes 4 de septiembre de 2009

Vidal: “Estamos a 4 puntos de clasificar”

El jugador del Bayer Leverkusen sería titular en la Roja ante Venezuela en el Monumental. "Me gustaría llegar a ser puntero, estamos luchando para eso", dice en la previa del crucial duelo.

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Miércoles 24 de septiembre de 2008 _NOM_SECCION1
El discurso de Bachelet en la ONU

A continuación, la intervención completa de Michelle Bachelet ante la 63º Asamblea General de Naciones Unidas, en Nueva York.


Señor Presidente:

Hace ocho años, representantes de todos los países del planeta se reunieron en esta Asamblea General para aprobar la Declaración del Milenio, texto que constituye uno de los acuerdos más amplios y explícitos que haya elaborado la comunidad internacional en materia de desarrollo, bienestar y calidad de vida de las personas.

Esta Declaración, señor Presidente, fijó una serie de estándares muy precisos en materia de lucha contra el hambre, la pobreza, educación, salud, igualdad de género, medio ambiente y cooperación, donde se declara, para cada uno de ellos, cuál es el piso mínimo al que las naciones se deben comprometer. 

El mundo precisó en ese momento, el marco civilizatorio al cual aspira.

Cuáles son los desafíos ineludibles y las tareas insoslayables para todo gobierno y para la comunidad internacional. Definió un verdadero horizonte ético para los líderes de las naciones.

Pero el mundo ha cambiado desde entonces.

Hemos constatado -a veces de manera trágica- el surgimiento o recrudecimiento de diversos problemas de alcance global, como el cambio climático, el terrorismo o la crisis alimentaria.

Al mismo tiempo, la interdependencia de las economías y las comunicaciones se ha hecho aún más fuerte en estos ocho años, lo que genera ciertamente muchas oportunidades, pero también mayores riesgos e inequidades.

Y en este contexto cambiante, hemos visto en numerosos países del mundo trascendentes avances en el cumplimiento de los Objetivos del Milenio. Pero también hemos visto, numerosos y lamentables retrocesos.

Y lo que el mundo ha vivido en el último año nos debe llevar a reflexionar profundamente para luego actuar con decisión.

El optimismo de comienzos de siglo, aquel que hablaba del “milenio de la esperanza”, parece esfumarse.

Se estima que la sola alza en el precio de los alimentos ha empujado a más de cien millones de personas a la extrema pobreza.

A su vez, la inestabilidad financiera azota hoy a numerosas economías, amenazando con generar un cuadro recesivo mundial donde, como siempre, los más afectados terminarán siendo los más pobres del planeta.

Es por ello que la revisión de nuestros Objetivos se hace tan imperiosa. Porque no podemos permanecer impávidos ante el deterioro en el bienestar básico de millones y millones de ciudadanos de todo el mundo.

Quienes compartimos una noción de progreso, quienes hemos hecho de la libertad y la justicia social nuestras banderas, debemos alzar la voz.

El mundo ha llegado a tener los recursos económicos, técnicos y científicos que hacen posible -por primera vez en su historia- asegurar el bienestar de toda la humanidad. Y no podemos desperdiciar esta capacidad.

Un mundo mejor es posible, pero para eso se necesita voluntad de progreso.

Y la actual crisis económica internacional demuestra que lo que ha fallado es, precisamente, esa voluntad.

La codicia y la irresponsabilidad de unos pocos, unidas a la desidia política de otros tantos, han arrastrado al mundo a una situación de gran incertidumbre.

Qué paradoja lo que vemos en estos días. Con los planes de rescate de la banca internacional, bien pudiera haberse solucionado el flagelo del hambre en el planeta.

Por eso, éste es el momento de reafirmar nuestra voluntad.

La crisis económica internacional es una derrota de los que creen que nada se puede hacer, de los que creen que nada se debe regular, o que la desigualdad no se puede remediar.

Y esa es la gran lección de lo que ha sucedido en el último año.

Porque ninguno de los actuales problemas que enfrenta la humanidad, y ciertamente ninguno de los objetivos civilizatorios que nos hemos dado, los lograremos enfrentar adecuadamente si no existe una opción clara por lo público, por la acción colectiva de los Estados y de la sociedad civil.

Por eso mi llamado es hoy a trabajar juntos para apoyar las medidas de emergencia ante la crisis alimentaria, redoblar nuestros esfuerzos para que la crisis económica en evolución no nos impida alcanzar los Objetivos de Desarrollo del Milenio.

Por eso mi llamado es a un compromiso urgente y genuino con el multilateralismo.

Por eso debemos comprometernos para continuar apoyando y reformando las instituciones internacionales, especialmente Naciones Unidas, para hacerla más representativa, más democrática y que dé mejor cuenta de las esperanzas de nuestros pueblos.

Por eso también debemos alcanzar un acuerdo en la Ronda de Doha de la Organización Mundial de Comercio; por eso debemos obtener resultados concretos en la próxima Conferencia Sobre Financiación para el Desarrollo; y por eso debemos asegurar también el éxito de la Conferencia de Copenhague sobre Cambio Climático el 2009, y convertir dichas negociaciones en acuerdos que contribuyan decisivamente al desarrollo.

 

Señor Presidente:

Me presento ante esta Asamblea General como representante de una nación que tiene que aportar. Con modestia y orgullo decimos a esta Asamblea que Chile está cumpliendo tempranamente los Objetivos del Milenio fijados para el año 2015.

Y lo que quiero destacar es que es posible derrotar la pobreza, que es posible salir del subdesarrollo y, más importante aún, que es posible hacerlo en democracia y en libertad.

Mi país ha casi triplicado el tamaño de su economía entre 1990 y 2008, que son los años de la democracia en Chile. Pero así como hemos hecho crecer la economía, hemos hecho crecer también la inversión social y la equidad.

Hemos avanzado fuertemente en salud, en educación, en vivienda, en calidad de vida, en cohesión social, en oportunidades de género.

Y los números hablan por sí mismos: cuatro de cada diez chilenos vivían en la pobreza al final de la dictadura, en 1989. Del 40% de aquel entonces, bajamos al 13% el año 2006.

Aún hay mucho por hacer, y cada vez que alcanzamos una meta, nos fijamos un nuevo horizonte de desafíos.

Y así como hemos reducido drásticamente la pobreza, hoy nos proponemos garantizar el acceso universal para todos los chilenos y chilenas a un sistema de protección social que les permita vivir sus vidas con tranquilidad, eliminar el temor a la enfermedad o a la pobreza, o a la vejez, multiplicando así las oportunidades para todos, de manera de avanzar sostenidamente en mayor igualdad y dignidad.

Pero yo quisiera destacar esta mañana ante esta Asamblea, el por qué de dichos logros.

Lo que existe detrás de ello es una voluntad política clara y mayoritaria.

El país ha optado, de manera libre, por un camino de crecimiento económico, democracia política y justicia social.  

Todos los sectores políticos han confluido en ese camino, con diferencias, por cierto, como en toda democracia, pero todos están conscientes de que aquéllos son los grandes objetivos de la sociedad chilena.

Porque detrás de estos logros existe, también, un triste aprendizaje.

En el pasado, cuando el país se dividió, cuando el país se polarizó en dos bandos irreconciliables, el sufrimiento fue muy duro y el retroceso social fue muy grande.

La democracia, colocada al centro del quehacer público, como fin para una sociedad más libre y más justa, ha sido una de las grandes lecciones que hemos aprendido los chilenos y que explica en gran parte los logros de estos últimos 18 años.

Y es aquel convencimiento el que nos ha llevado recientemente a ser muy activos en acudir en ayuda de una democracia amiga.

Hace una semana, ante la amenaza de rompimiento de la institucionalidad democrática en la República de Bolivia, las naciones de Sudamérica acudimos en apoyo de las autoridades legítimamente electas y ofrecimos nuestra colaboración para facilitar la reanudación del diálogo político interno, junto con condenar la sublevación y el derramamiento de sangre.

En pocos días, logramos convocarnos en Santiago de Chile los Presidentes de los países miembros de UNASUR, para junto con el Presidente de Bolivia, acordar un método para las conversaciones y encontrar y apoyar una salida pacífica al conflicto que se vivía en ese país.

Yo quiero desde esta tribuna, en mi calidad de convocante de dicha reunión histórica para la región, agradecer la disposición de todos los involucrados, porque con ello hemos dado un ejemplo de cómo se debe entender el compromiso multilateral. Se trata de un compromiso que se forja en la diversidad de proyectos políticos, pero sobre la base de valores compartidos, como son la democracia, la paz y la defensa de los derechos humanos.

La Cumbre de La Moneda -como se llamó a ese encuentro en honor al Palacio presidencial chileno- quedará para siempre marcada como el momento en que las naciones sudamericanas decidieron profundizar su compromiso con la democracia cuando ésta se ve amenazada en cualquier lugar del continente. 

Pero, ¿qué nos dice este episodio?

Nos dice que el valor de la democracia, el valor del diálogo, de los derechos humanos y de la paz, están tomando más fuerza que nunca en América Latina.

Nos dice que la región quiere dejar atrás momentos oscuros de su historia. Nos dice que la democracia se asienta como sistema de gobierno. Nos dice que la violencia en la política no tiene cabida alguna.

Y nos dice que estos valores, además de ser ampliamente compartidos por la ciudadanía, se están plasmando en el multilateralismo, en las instituciones y en el derecho internacional.

En estos años hemos aprendido que las políticas nacionales, siendo imprescindibles, no bastan.

Que no existe una disyuntiva entre la afirmación de la propia identidad y la integración. Que es necesario construir acuerdos internacionales para gobernar la globalización y hacer de la democracia y los derechos sociales de la ciudadanía, una exigencia universal.

Cada país tiene el derecho y el deber de contribuir a configurar un mundo donde prevalezcan los grandes valores de la humanidad; independientemente de su magnitud económica o demográfica, de su influencia o de su poder, de su cercanía o lejanía a los centros donde se toman las decisiones que afectan la vida de todos y cada uno de los habitantes del planeta.

Desde nuestra posición al sur del mundo, Chile está cooperando.

Entusiastamente hemos adherido, y en algunos casos promovido, las más diversas iniciativas en pos del desarrollo de nuestros pueblos.

Hace pocos días, en Santiago de Chile, lanzamos junto al Primer Ministro de Noruega una importante iniciativa regional para la consecución de los Objetivos del Milenio números 4 y 5 en América Latina y el Caribe.

A través de esta iniciativa, Chile cooperará con el envío y entrenamiento de tropas en Bolivia, Ecuador y otros países de la región.

Pero  cuando hablo de tropas, no estamos hablando de soldados.  Va a ser una fuerza de enfermeras, matronas, doctores, especialistas en salud materno-infantil, que recorrerán los campos y sierras de nuestra América, atendiendo partos, asistiendo madres, apoyando vacunaciones y sanando niños enfermos.

Porque pese a los avances de los últimos años en esta materia, que han permitido aumentar la atención del parto de un 78% a un 89%, aún mueren en América Latina 22 mil madres al año sólo por no contar con atención profesional.

Y pese a los avances en mortalidad infantil, aún mueren 400 mil niños latinoamericanos menores de 5 años, cada año.

Por eso la urgencia de esta iniciativa, que es la urgencia de promover la democracia y el desarrollo social de nuestra gente.

 

Señor Presidente:

En poco más de dos meses, el mundo tendrá un noble motivo de celebración.  Se cumplirán los sesenta años de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.  ¡Qué gran avance para la Humanidad!

Siglos y siglos de arbitrariedad, de muerte, de tortura, de abuso de poder, comenzaron su fin a partir de esa trascendental carta de derechos.

Carta que sin duda no significó una solución inmediata, pero que sí significó el inicio de la más grande y efectiva movilización social y política en favor de la dignidad de las personas.

Hoy, quien infringe esta carta, mancha su prestigio ante la comunidad internacional.

Hemos ido más allá incluso, a través de la implementación de una arquitectura de protección y promoción jurídica internacional, donde mi región sienta un gran precedente a través del sistema interamericano de protección de los derechos humanos.

Pues bien, algo similar esperamos que ocurra con la Declaración del Milenio.

Queremos que se transforme en un imperativo ético y político para todo gobernante del mundo.

Queremos que los ciudadanos de cada país se indignen ante la hambruna, ante la pobreza o la insalubridad.

Queremos que la discriminación contra la mujer sea motivo de vergüenza para todo quien la practique.

Queremos que la discriminación contra los pueblos originarios sea erradicada de la faz de la Tierra.

Queremos que la protección del medio ambiente forme parte del léxico de todo habitante del planeta y, ciertamente, de las prioridades de cada gobierno del mundo.

Queremos que la cooperación de los que más tienen, sea una obligación política, además de moral.

Y ese es el anhelo posible de Chile, señor Presidente, a eso hemos venido a esta Asamblea General.

Muchas gracias.

 

Nueva York, 24 de septiembre de 2008.

 



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