
Domingo 28 de septiembre de 2008
El viejo truco de superveniencia de los sistemas bancarios está de vuelta. Cada cierto tiempo, en diversos países, la banca incurre en situaciones de insolvencia. Entonces los banqueros miran a los gobernantes y les señalan lo obvio: el caos que provocará una quiebra masiva. No se trata de que los salven a ellos, no, lo importante es resguardar el bien común.
Hay, pese a tamaño cinismo, algo de verdad en esta postura. Una debacle financiera en Estados Unidos resultaría devastadora para buena parte de la humanidad. Así son las cosas en los tiempos de la globalización. Por lo demás, los responsables de la crisis, los ejecutivos de elite que se desempeñan en la cúspide del sistema bancario, están a cubierto de la onda expansiva de la explosión. Se aseguraron que en sus contratos figuraran generosas indemnizaciones en caso de un colapso económico. En la jerga estadounidense, a estas exclusivas prebendas reservadas a los máximos ejecutivos las llaman "paracaídas de oro".
Es una práctica común en el mundo empresarial que los gerentes que administran las empresas se otorguen condiciones de gran privilegio a expensas de los accionistas. En Chile, el paracaídas de oro también es llamado "indemnización a todo evento". Es decir, pase lo que pase, a mí me despiden con los bolsillos llenos. Muchos de los beneficiarios de estas cláusulas leoninas no se sonrojan al promover las virtudes de la flexibilidad del mercado laboral, eufemismo para la libertad de despido de sus subordinados, en circunstancias que lo primero que hacen es blindarse ante tal eventualidad con indemnizaciones prohibitivas.
El primer banco norteamericano en irse a pique fue el Bear Stearns. Correspondía que encabezase la lista de naufragios por su deliberada y jactanciosa política de apuestas riesgosas. Su director, James Cayne, cuya fortuna personal alcanzó a 1.300 millones de dólares, era un jugador de bridge profesional. En los momentos críticos en que el banco perdía valor, él estaba en un torneo de bridge en Detroit. Mala suerte para los 6.500 empleados, la mitad de los 13.500 que tenía la firma, que perdieron sus empleos cuando el banco fue comprado por JP Morgan. Además, un 30% de las acciones del banco estaban distribuidas entre sus ejecutivos y empleados. La capitalización de mercado del banco, de 18 mil millones de dólares, al momento de su venta fue sólo de 240 millones. Y la adquisición por parte de JP Morgan sólo fue posible merced a una garantía de la Reserva Federal, el equivalente al Banco Central, por 30 mil millones de dólares. La insolvencia de los gigantes hipotecarios Fanny Mae y Freddie Mac, en definitiva nacionalizados; la venta forzada del banco Merrill Lynch, y la intervención fiscal para salvar a la descomunal aseguradora American International Group (AIG), la más grande del mundo, se sumaron para conformar una debacle de proporciones no anticipadas ni por los más pesimistas.
Es impactante ver hasta qué punto las autoridades financieras en Washington, que han promovido un modelo de economía, se reservan privilegios que rechazan para otros. Los mismos que han pontificado sobre la imperiosidad de aplicar reglas claras, objetivas, estables y transparencia, hoy no las practican. A la hora de proponer el paquete más contundente de salvataje financiero que se recuerde consistente en la friolera de 700 mil millones de dólares, unas cuatro veces el PIB anual de Chile , el Presidente George W. Bush da un ultimátum al Congreso: tómenlo o déjenlo. Henry Paulson, el secretario del Tesoro o ministro de Hacienda, postula en la sección ocho de la propuesta que sus decisiones, en la administración de la enorme suma de dinero, "no estarán sujetas a revisión y quedarán a discreción de la agencia y no podrán ser revisadas por ninguna corte ni ninguna agencia administrativa". Una dictadura financiera, la opacidad total y poderes discrecionales sin precedentes.
No es sorprendente que los banqueros brincaran de alegría y de inmediato les volviera el alma al cuerpo. Las acciones partieron al alza apenas se corrió la voz de los contenidos del acuerdo propuesto. Pero bastaron algunos murmullos de crítica de parte de algunos congresistas, de ambas bancadas, para que el horizonte volviese a ensombrecerse un tanto.
Abundan los discípulos del economista norteamericano Milton Friedman que proclaman que los mercados alcanzan su mayor grado de perfección cuanto menor es la intervención de factores ajenos como, por ejemplo, agencias gubernamentales. El colapso financiero que tiene lugar en Estados Unidos desmiente esta óptica. Hoy, con el edificio en ruinas, está a la vista de todos que el afán de lucro desmedido llevó a la banca a ignorar las necesarias precauciones. Ebria por la bonanza financiera, la gran banca de inversiones actuó violando las normas establecidas y aprovechando la desregulación. Durante décadas se apropiaron de ganancias descomunales, convirtiéndose en el sector más dinámico de la economía. En 1980, el sector financiero obtenía el 10% de las ganancias del mundo corporativo de Estados Unidos. En 2007, ese porcentaje había subido al 40%. Pero ahora, frente al desastre, no tienen ningún problema en clamar por el rescate estatal. Lo importante es "salvar el sistema", dicen las autoridades, pero no mencionan una palabra sobre las penalidades a quienes, en la práctica, violaron los códigos éticos. A nivel internacional debería instituirse el Premio Gatica, para los que predican pero no practican. La administración del Presidente George W. Bush ha hecho méritos suficientes para merecerlo. //LND