
Domingo 28 de septiembre de 2008
El joven Andrés Waissbluth (35) se le había olvidado por completo que cuando niño quería ser cineasta. Sólo lo recordó cuando estaba en tercer año de Ingeniería Comercial en la Universidad Católica, recién había perdido frente a los gremialistas para ser presidente de la Federación de Estudiantes (FEUC), y casi al mismo tiempo se le abrió la posibilidad de postular a una beca para estudiar en la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños (EICTV), en Cuba.
Entonces, Andrés Waissbluth se acordó de su vocación de infancia. De las ganas que tenía de hacer películas a los trece años, de los poemas y cuentos que le habían regalado para que alguna vez los pusiera en la pantalla grande. Entonces, motivado por ese descubrimiento olvidado, y también deprimido por la derrota política en la universidad, Andrés Waissbluth postuló a esa beca, quedó clasificado y se fue sin más. Dos años después regresó a Chile para terminar Ingeniería, que había quedado inconclusa. Pero ya no era el mismo chico ordenado y un poco perno de antes. De Cuba, el director de la Escuela de Cine del Instituto Arcos, director de "Los debutantes", y ahora del reciente estreno, "199 recetas para ser feliz", volvió con "las mechas raras" y con otra cabeza. Dispuesto a ser cineasta y no ingeniero. El hijo de la sicóloga y autora de columnas y libros de autoayuda Eugenia Weinstein y del ingeniero Mario Waissbluth, que nació en Wisconsin, vivió hasta los ocho años en México y creció en Chile rodeado de libros de sicología, entonces sacó su título y se embarcó en el arte. Ahora, su última y segunda película que se acaba de estrenar, "199 recetas para ser feliz", donde el matrimonio de periodistas formado por Helena (Tamara Garea) y Tomás (Pablo Macaya) se ve remecido por la llegada de Sandra, la novia del hermano fallecido de Helena, habla de la pérdida de identidad y la búsqueda de la felicidad. Y tiene título de lo que Andrés conoce de cerca: la autoayuda o divulgación sicológica, como diría su mamá.
Tu película tiene título de libro de autoayuda y tú decías que era por la influencia de tu mamá. ¿Cómo es crecer en ese ambiente de autoayuda?
Más que con la autoayuda, crecí con el rollo de la sicología en casa. Con mamá sicóloga, súper metete, que se pasaba analizando, explicando. A los diez años me hablaron del condón y la sexualidad. Todo se conversaba. Hasta el día de hoy las visitas, cuando van a mi casa, se impresionan porque todo es demasiado conversado y se dicen cosas duras y fuertes como si nada. Cada uno dice lo que piensa.
¿Te ríes de la autoayuda o te la compras?
Las dos cosas. Creo que es ridículo pensar que una receta puede entregarte la felicidad, porque nadie aprieta un botón y resulta. Las frases y las recetas son razonables, el problema es que se vuelven un poco ñoñas y mamonas en su reiteración. Sin embargo, si estás complicado te puede servir. El problema es que cuando estás en crisis no sirve la autoayuda, porque no escuchas. Y si no lo estás, no te va a interesar. Ahora, hay gente que la tiene como placer culpable y no lo reconoce porque tiene una connotación negativa. Como a los intelectuales les gusta que las cosas sean difíciles, de ahí viene el menosprecio a la autoayuda. Además, porque es un género gringo y muy hecho para vender.
Y en la película, ¿qué rol juega la autoayuda?
La película no es de autoayuda, sino un drama. Pero la autoayuda funciona como ironía porque el personaje que está vendiendo la felicidad es profundamente infeliz. Desde ahí surge el humor y la paradoja de la película.
¿Desde cuándo te gustó el cine?
Cuando era chico soñaba con ser director de cine. Pero hablo del Chile de los ochenta, cuando decir que querías ser cineasta era lo mismo que decir que querías ser astronauta. Después, en la media, me olvidé de esa idea.
¿Pero se te ocurrió después de ver alguna película?
No, me gusta el poder. Cuando chico quería ser Presidente y después hice carrera política en la universidad. Pero el cine es una mejor oportunidad para hacer lo que quieras: tienes el poder de construir un mundo a tu imagen y semejanza. Yo soy súper mandón, lo único que sé hacer es mandar. Soy medio torpe para todo. Mandar es lo que me viene bien. No hago nada, pero mando a todos.
La crisis de los 30
¿Cómo eres de director?Soy mandón, pero bastante abierto a escuchar. Escucho demasiado y eso puede ser desordenado, pero al final soy el que decide y ahí soy bastante terco. Después, sufro harto con las películas porque son hijos. Aunque soy ateo, soy judío culturalmente y el director de una película es su mamá. Por eso soy una mamá judía con mis películas: demasiado preocupado y sufro más de la cuenta. Hacer cine es muy expuesto. Si haces una canción tonta no te vuelves tonto, pero si haces una película tonta, para el mundo te vuelves tonto.
¿Cuáles son tus obsesiones personales para hacer una película?
Casi en todos mis trabajos se han repetido dos temas: la hermandad y el sexo.
En tu vida, ¿cómo te toca lo de la hermandad?
Tal vez siento que lo único que permanece en la vida son los hermanos; los papás y los hijos se van, pero con lo único que cuentas es con tus hermanos. De ahí viene el rollo. Además, tengo una relación súper especial con mi hermano.
¿Qué hace él?
Es rabino ortodoxo.
¿Y tú eres creyente?
No, soy ateo.
¿Y sabes qué opina tu hermano rabino de su hermano cineasta y ateo?
Me quiere. Aunque no quiere ver "199 recetas para ser feliz", porque no puede ver mujeres desnudas. Y yo lo entiendo y lo respeto, igual que él a mí.
También siempre hablas de la pérdida de la inocencia. ¿Cuándo la perdiste tú?
Haciendo "Los debutantes". Me sentía perdiendo la inocencia haciéndola. Aunque mis películas no son autobiográficas, finalmente son acerca de mí. Y eso me estaba tocando vivir a mí cuando hice "Los debutantes" como cineasta: tirarme a la piscina y darme cuenta de que nada es como uno lo sueña. Ahora, esta película tiene el rollo de la madurez, de los 30, de aceptar que uno no es el que soñó y cómo es volver a comprometerse con un nuevo proyecto a partir de lo que uno verdaderamente es.
¿Cómo creías que ibas a ser tú a los 30?
Bueno, creía que iba a tener dos Óscar y haber ido tres veces a Cannes risas.
¿Y estás decepcionado de cómo eres a los treinta y tantos?
No, para nada, estoy feliz de todo lo que he logrado: tengo dos hijos, dos películas y trabajo. Tengo una vida que yo he construido, la cambié desde el momento en que me fui a Cuba a hacer cine, pudiendo haber sido ahora un burócrata en un banco.
¿Qué pasaría si nadie ve la película?
Quiebro. Es típico que el director de una película o pierde su casa o pierde a su esposa después de cada película. Es demasiado el compromiso financiero, económico, familiar y emocional. Así es que al público: ayúdenme a no perder mi mujer o mi casa. No, en realidad la gente tiene que ir al cine si encuentra que la película es buena. El cine chileno ya no tiene que verse por autocomplacencia o para ayudar al cineasta. Ahora está mejor que el cine que nos llega de afuera. Es un cine de calidad.
No creo que quiebres, dicen que eres seco para conseguir auspicios.
Ojalá. Eso es mito. Lo dicen porque soy judío e ingeniero comercial.
La copia feliz
¿Por qué crees nos cuesta ser felices a los chilenos?Lo que plantea la película es que no somos felices porque tenemos un problema de identidad. Hay muchas otras razones: somos un país frío, aislado, con una historia reciente de violencia que no nos une, sino que nos divide. Siempre envidiamos a los argentinos o queremos ser los gringos o ingleses de Sudamérica, miramos en menos a los peruanos y bolivianos y nos queremos muy poco. La metáfora de los 30 es perfecta para tocar ese tema. Y eso es extrapolable a Chile: Chile es un país treintón que todavía tiene un sueño de lo que quiso ser y aún no logra estar conforme con su identidad.
¿Y cuál es nuestra identidad?
Muchas veces escucho que los chilenos no tenemos identidad. ¡Cómo que no tenemos identidad! Tenemos una forma de hablar única, un humor particular, somos fríos, solidarios y racistas. Y tenemos las cuecas, los triunfos morales, las Fiestas Patrias, un país hermoso y complicado que no es mejor ni peor que otros. Pero si solamente nos quedamos con nuestros defectos y envidiando las virtudes ajenas, estamos jodidos. No podemos construir desde la pretensión. Esa es la gran receta para ser feliz.
Asimismo decías que el matrimonio es fuente de conflictos. ¿No lo ves como fuente de felicidad también?
Sí. Es difícil el matrimonio, pero es una fuente de felicidad. Me cuelgo de lo que dice Tironi: la felicidad es superar el dolor, superar las crisis. Y como el matrimonio es una fuente de crisis, también es una potencial fuente de felicidad cuando superas esas crisis.
Aparte de estrenar, ¿con qué otras cosas eres feliz?
Con mis hijos. Eso es lo que no transo por nada. La fuente de la felicidad son ellos, verlos crecer.
De las recetas que están en la película, ¿cuál es la que te hace más sentido a ti?
Hoy, la que más me hace eco, no es una receta que esté en la película, sino una que el público puso en la página de la película que dice: "Para ser feliz hay que quemar calorías". Y es verdad, yo lo extrapolo a que tienes que trabajar para ser feliz, tienes que hacer que las cosas pasen, tirarte al río, generar movimiento, quemar calorías propias y de los demás para alcanzar la felicidad. //LND