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  Buenos Aires, siempre inagotable

  Buenos Aires, siempre inagotable

  Si medio Chile fue a la Reina del Plata en el fin de semana largo del 18, ¿por qué no habría uno de hacer lo mismo? A buscar libros, caminar tranquilo y descubrir nuevas maravillas que comer, como las que aquí recomendamos.

Domingo 28 de septiembre de 2008

Amamos Chile porque somos chilenos y porque aquí tenemos casi todo lo entrañable de nuestras vidas. Pero también amamos las ciudades civilizadas, la gastronomía con clase y autenticidad, los viejos lugares dignamente mantenidos, los buenos modales, los buenos días y el "por favor".

Por eso y por varias cosas más, como el tango, las librerías, los cómodos cafés en donde se pueden pasar horas leyendo, las calles arboladas para caminar y ese cielo azul que todos vemos, que no es cielo ni es azul, según afirma esa poderosa razón que es Adriana Varela también amamos, y desde hace mucho, Buenos Aires, la Reina de Plata.

Por allí anduvimos de nuevo, comiendo bien, charlando (en Buenos Aires no se conversa, se charla) junto a tazas de café, croissants verdaderos de grasa y mantequilla, salamis increíbles, quesos de variedad inenarrable y, cómo no, a carnes de fábula.

Número uno, la más gigantesca, blanda y sabrosa rueda de ossobucco que hallamos visto, braseada apenas, en el bar-restaurante Urondo, un lugar entrañable en la calle Beauchef 1204, sector Parque Chacabuco. "Un ossobuco no puede estar blando luego de sólo unos pocos minutos en la sartén tapada. Un ossobuco no es un filete", dijimos, y nos equivocamos. No sólo blando, blandísimo, gigante y delicioso, como todo lo que sirven allí, aparte de una interesante y moderna carta de vinos.

Chapeau también para la sabrosísima e interminable bandeja con asado de tira a la cacerola, cuidado hasta el punto de la casi caramelización, en las cocinas de la Embajada de Chile, en un almuerzo para el grupo de teatro de Laura Pizarro y Juan Carlos Zagal, que presentó la obra "Sin sangre" con éxito emocionante en el Coloncito. Se afirma que la de Chile es la embajada en la que mejor se come en todo Buenos Aires, y podemos dar fe. Para agasajar a artistas meritorios y esforzados que llegan por allá es un orgullo constatar cómo se gasta ese dinero de todos los chilenos. Y con vino chileno Antiguas Reservas, además.

Pero no sólo de carne y asado vive el hombre. En el epicentro de lo literalmente más bacán del ciudad, el costoso Patio Bullrich, en La Recoleta, está Valenti, una gran rotisería casi del nivel de Harrod's, de Londres, o de Fauchón, en París, pero en pequeño. Valenti tiene una tradición casi centenaria en la calle Juramento, pero desde hace no mucho instaló su segunda tienda en el patio, segundo nivel, frente a la cafetería Freddo, que también da gusto con sus cafés fragantes y sus asientos de cuero. Todos los jamones de Argentina, España e Italia, como los de Parma, entre otros, están allí. Y quesos franceses, suizos y argentinos. Panes inenarrables y todo ese arte, también casero y argentino, de aceitunas, anchoas, pimientos, pepinillos, berenjenas y ajíes que no pican, en aceite y en vinagre.

Los sándwiches, hechos a la medida del comprador, con más de 30 ingredientes, son la gloria. Dimos cuenta de uno de pechuga de pavita con mayonesa y pepinillos, y otro, cómo no, de matambre criollo, nuestro arrollado de carne vacuna, cortado en finas láminas pero saliéndose generosamente del pan, con mostaza inglesa; para concurso mundial.

Y la pastelería porteña, que en realidad no es gloriosa, pero que depende en qué contexto se coma. La torta Leguizamo, hecha a petición de Gardel para el astro de la fusta que lo acompañaba cierto día, hay que ir a comerla a la confitería Las Violetas, en Rivadavia esquina Medrano, en Almagro, y allá fuimos. La confitería, refaccionada luego de cien años, gigantesca, bruñida y lujosa, hace empalidecer al mítico café Tortoni de Avenida de Mayo. Y hay que comer la torta allí o llevarla, con su hojaldre, su pastelera, su dulce de leche y sus almendras que están de más.

En la cubierta de la torta está escrita con letra cursiva en chocolate la palabra Leguizamo, por el legendario Irineo, el gran jockey que le corría los caballos a Carlitos. Mientras uno bebe su café, por Dios que dan ganas de tararear: "¡Leguizamo soooloooooooo !". //LND

 

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