
Domingo 28 de septiembre de 2008
Qué vientre permitió el nacimiento de este nene, preguntó Magdalena Piñera, apuntando a Marie Paule Chadwick, la responsable de traer al mundo al retoño Patricio Fernández, que la noche del miércoles dio el primer paso en las grandes ligas de la literatura. "Yo fui", dijo la señora madre, orgullosa de que su hijo se dedique a las letras y no a otras yerbas.
Qué decir de Pato sin resentir a alguno de los pilares sociales que lo sustentan, pues, además de ser el gurú espiritual del "The Clinic", es un híbrido político-social inclasificable. Sólo él puede revolver con gotas de bálsamo al piñerismo, al chadwickismo, al guachaquerismo, al farandulismo, al concertacionismo y ahora al ilustrismo literario.
Hay que decir que su novela "Los nenes", publicada por Anagrama, sirvió para reunirlos a todos ellos y de paso sacar ronchas, porque muchos mueren por fijar su pluma y foto en ese sello. Si lo hicieron José Donoso, Pedro Lemebel, Roberto Bolaño y Alejandro Zambra, por qué no lo haría Fernández. ¿Cuál es su fórmula? Una sola: hablar de lo que sabe, que es de su gente, y reírse mientras escribe de ellos. Otros dicen que logró ser uno más en Anagrama porque fusiona el poder y la gloria.
Patricio invitó a sus parientes y amigos al Liguria de Luis Thayer Ojeda para presentar su segundo libro. Allí esperó nervioso a la tropa. Con su pinta de universitario cuico y pelo ruliento, se pudo ver, más allá de su onda progresista, la cara de un adulto hijo de una elite, de un Chile chico, de un pedazo de país que no se resiente frente a ninguna crisis económica mundial. Un grupo de chilenos que de tan bien que les va y de tan la raja que se ven es que de repente, en el frenesí, encuentran el gusto de acercarse al pueblo, pero en el intento sólo alcanzan a hacer un guiño, porque una foto de ellos puesta en cualquier población no significa absolutamente nada. No los conocen. No importan. No existen para los pobladores.
Hablo de quienes llegaron a acompañarlo, ese tumulto de gente que se empeña en sonreír como gorda depresiva en dieta permanente. Pucha que se ríen, a cada rato y tan fuerte. La mayoría son alegres rostros de la política, de la tele o del papel de revistas, que empezaré a nombrarlos por orden de sonrisas. La primera de ella es la periodista-escritora Pamela Jiles, que esta vez llegó con los ojos delineados de negro. Coqueta hasta con las lámparas del lugar, saludó a quien se le cruzara, hasta Luz Croxatto fue súper dijecita con ella. Le siguió Juan Cristóbal Foxley, que se paseó comentando a viva voz que el hermano de Madonna, Christopher Ciccone, era su amigo en Facebook. Estaban en la vereda tomando el aire primaveral, fumando y esperando que llegara la gallá en masa. En esa espera estaba Alfredo Jocelyn-Holt conversando con el director de extensión y publicaciones de la UDP, Matías Rivas Undurraga, a pasos de Carla Guelfenbein, que esperaba a su marido, Juan Carlos Altamirano. En el hall central del bar Liguria había otro grupito bien feliz. El responsable de la portada del libro, el pintor Bororo, junto a Andrés Gana, Matías Pinto y Samy Benmayor. Los cuatro ochenteros, muertos de la risa, degustaron unas copas. La idea era estar bien contento antes de bajar al salón donde un nervioso Fernández comentaba a Pablo Dittborn que pensaba que no vendría nadie a su evento.
Pablo Simonetti llegó a instalarse de los primeros; la esposa del ministro José Antonio Viera-Gallo, Te Chadwick, se ubicó a pasos del único hombre del salón que vive de sus rentas: Mario Lobo, accionista de "The Clinic". Cerca de él respiraba la mujer que le enseñó el gourmet a los chilenos, "Tere" Undurraga, y bastante más atrás suyo, sentadito, estaba un Ricardo Lagos Weber en actitud piola, pero también sonreía. El ministro José Antonio Viera-Gallo llegó tarde y se sentó en primera fila. Cony Stipicic, Jaime de Aguirre, Rafael Gumucio, Milena Vodanovic, Ricardo Solari, Pablo Mackenna, Javiera Díaz de Valdés, Nicolás Vergara, Felipe Lamarca, Karen Poniachik, Dióscoro Rojas y hasta Patricio Bañados se sumaron al gentío que repletó el subterráneo del bar, dejando a un lote de invitados con ganas de verle la punta de la nariz al escritor. El ambiente era muy cálido entre ellos, se respiraba buena onda, como si fueran compadres, comadres y padrinos.
Héctor Soto, junto a Raúl Zurita, leyeron unos discursos a favor de su tan querido amigo. Soto dijo de "Los nenes" que era una novela donde nadie se toma muy en serio, que se desgasta en comidas de amigotes, en chascarros, tomateras, en obsesiones, en burlas, bromas y estupideces. Una novela donde es mucho más lo que se come que lo se piensa.
Mientras Soto pronunciaba estas palabras, Fernández fumaba, Zurita se preparaba para hablar, una copa se quebraba, los asistentes miraban al autor con cara de ¡pucha que es talentoso este cabro! Arturo Fontaine hacía esfuerzos por encaramarse entre Monserrat Álvarez, Ángel Carcavilla y Pedro Peirano.
Mientras tanto, los platillos de pancitos de cebolla, carne y quesos salían recién del horno para celebrar el encuentro y olvidar cualquier roce con alguien. Lagos Weber se retiró rápido, a lo más aclaró que él había participado del chupe de locos tan comentado de la novela de Fernández, y que le hubiese encantado haber sido nombrado.
La gente entre copas y carcajadas hablaba de sus vidas, de sus hijos, de sus alergias primaverales, de futuros encuentros, y uno que otro ponía cara de aburrido sin estarlo. Pablo Mackenna, junto a su esposa, Javiera, se sentaron en unos sillones, miraban de lejos a la burguesía que se divertía como Dios manda. Fueron interrumpidos por Ricardo Solari, que se sentó junto a Javiera. Solari, en un segundo, se convirtió en galán. Divertido era mirarlo.
El pintor Pablo Domínguez se sumó al grupo de partners plásticos. Bororo pudo decir que Fernández era de esos amigos súper jóvenes en años, pero viejo de mente.
El ruido del salón mareaba, y Fernández no paraba de firmar ejemplares, que vendía a 10 mil pesos cada uno. Viera-Gallo se llevó un par. Y en fin, en este mundillo la semilla del ego y del triunfo se cosechaba como lo hubiese hecho un grande. Y la mamá del nene tomaba en brazos a uno de sus nietos, porque lo inevitable es que este Chile chico tiene risas, sangre y novelas para rato. //LND