
Domingo 28 de septiembre de 2008
Baby dolls, pijamas, botellas de champaña descorchadas, frases rimbombantes, augurios de victoria. El lanzamiento de las campañas municipales se hace glamoroso y farandulesco, pero con los ojos puestos no en las elecciones de octubre, sino en las presidenciales. Cuando la pelea es tan estrecha, tan cerrada, y lo que está en juego es la posición en la grilla de largada para la carrera a La Moneda, todo vale. Todo. Quizá por eso el puntapié inicial del match para la alcaldía de Santiago fue al viejo estilo: la yugular es cancha. Así, don Jaime Ravinet dio una entrevista desde el sillón de su casa y con su esposa al lado, enrostrándole al ultramediático don Pablo Zalaquett su longevo matrimonio y dando a entender que eso de andar todo el día como una polilla frente a las cámaras es malo para la salud del sagrado vínculo. Touché. Zalaquett, separado hace varios años, dice que le dolió. Probablemente sea cierto, y más por los votantes conservadores que le habrán encontrado razón a su rival que por las cenizas que puedan quedar tras el incendio sacramental que disolvió lo que Dios había unido.
En política y farándula todo está permitido. Las hermosas declaraciones de participación, renovación de rostros, llegada de nuevas ideas, corren parejas con los planchazos al adversario. Y el baby doll con que Daniela Donoso intentó equilibrar, "al menos en parte, la gran diferencia entre los recursos de que dispone Labbé y yo", le deja la pelota servida al alcalde de Providencia, que llama a los electores a reflexionar sobre si quieren de alcaldesa a una señorita que "se pasea en paños menores en las noches". Coincidamos en que de eso a decirle directamente cabaretera hay poca distancia. Pero ya se ha dicho, todo vale.
Hasta las escopetas, según la candidata Carol Bown, cuyos brigadistas fueron atacados por una veintena de rivales armados que destruyeron su propaganda, balearon un auto e intimidaron a los suyos. Nada nuevo bajo el sol. Que los llamados brigadistas están llenos de delincuentes ya era sabido hace veinte años. Por aquellos días, cuando "Fra Fra" se candidateó e instaló su comando en Providencia, varios amigos y yo nos integramos a la política siguiendo una causa realmente sublime y noble: las promotoras. Eran preciosas. Como improvisados guardaespaldas de las chicas que repartían panfletos, más de una vez nos vimos con el bandidaje que los candidatos contratan para "convencer" a los brigadistas de otros candidatos de no ocupar sus espacios. Espacios ganados a punta de palos.
Nuestra aventura política incluyó una fiesta en que los "brigadistas" de la actual senadora UDI Evelyn Matthei, entonces candidata a diputada, trataron de entrar al comando de "Fra Fra" con un muy argumentativo bate de béisbol, y terminó con otro episodio del mismo estilo, una batalla campal a palos, piedras y cadenazos en Avenida Kennedy, en la que el botín era una pasarela donde poner el cartel del candidato. Pronto, muy pronto, los pacifistas romeos fuimos desplazados de la orgánica electoral y nuestro lugar lo tomaron representantes de lo más selecto y granado del lumpen santiaguino. Por suerte nos quedamos con los teléfonos de las promotoras.
Y aunque la picantería política me parece más que suficiente para amparar esas actitudes mafiosas, me preocupa lo que pasará con esos "brigadistas" cuando un candidato gana. ¿Pondrán al del garrote a cuidar las instalaciones municipales? ¿El de la cadena se encargará del presupuesto? ¿El de las piedras se convertirá en el que recibe los reclamos de los vecinos? ¿Dónde, en qué repartición irán a parar el que maneja la camioneta y el que lleva las armas? Y si el candidato en cuestión decide ir por otro cargo más elevado en las próximas elecciones, ¿serán esos sus operadores políticos?, ¿sus asesores de imagen?, ¿sus coordinadores de campaña?
Visto así parece natural que el ascenso en la carrera del brigadista pase por un puesto en la administración pública para el caso de los ganadores, o en las empresas de los que ponen la plata para las campañas. Alguna posición desde la cual recaudar más dinero para los bolsillos propios y las arcas del partido. Desde allí también podrán poner su experiencia al servicio de nuevos candidatos, contactando a los amigos de antaño que cuelgan esas porquerías de carteles en las calles, poniendo las camionetas para trasladar los pasacalles, las gigantografías y los volantes. O reclutando a los nuevos brigadistas, para ver si tienen lo necesario para pelearse a punta de palos y piedras una esquina cualquiera. Sí, los candidatos tienen que sonreír a sus rivales aunque se estén sacando la madre. Para mostrar los dientes tienen a sus brigadistas, la otra cara de la moneda, que usted podrá ver en acción a lo largo de este mes, mientras todos los candidatos hablan de seguridad ciudadana y cero tolerancia a la delincuencia. //LND