
Sábado 11 de octubre de 2008
"MADAME BUTTERFLY" de Puccini se estrenó por primera vez en La Scala de Milán, en 1904, con resultados desastrosos, pero desde entonces ha sido una de sus más exitosas óperas. Más aún, en los últimos años, ha estado un tanto de moda. Ha habido un número sorprendente de versiones nuevas, actualizaciones y nuevas producciones, todo lo cual ha culminado en la versión de Anthony Minghella en el English National Opera. Fue todo un espectáculo. En 2006 se trasladó al Metropolitan en Nueva York, un lugar donde el gusto que predomina (aquel de las señoras con el pelo teñido en tonos azules y los consortes megaricos que financian el local) quedó fascinado.
En parte, la fuerza de la versión de Minghella radicaba en su "autenticidad", gestos de reconocimiento hacia el teatro clásico japonés y títeres al estilo Bunraku. La imagen más impresionante es aquel del hijo ilegítimo de Butterfly, acertadamente bautizado Trouble (Revoltoso), resultado de su trágico "matrimonio" con el poco escrupuloso aventurero de la armada estadounidense Pinkerton. A Trouble lo interpretó un títere manipulado por misteriosos, pero claramente visibles titiriteros, lo que otorgaba a las escenas en las que aparecía un ambiente extraño y emocionalmente distante. Además, la producción lucía enormes espejos y unos bailes de abanicos espectaculares, al estilo de Busby Berkeley. ¿Qué podría superar esta sensación de lo mejor de dos mundos, un sentimiento de honesta intimidad y respeto por la ambientación "exótica", pero con todo envuelto en un paquete que es mucho más cercano a casa?
¿No es extraño, no obstante, que en estos tiempos de lucha contra el racismo, la "exótica" ópera de Puccini aún se mantenga por sobre el resto? Con el apoyo del libreto es posible entender completamente los términos exactos de los sentimientos racistas de Pinkerton en el primer acto. Nos enteramos que Butterfly no tiene más de quince años, que Pinkerton se burla de sus parientes y prácticas religiosas, y que sabe muy bien que su "matrimonio" durará sólo un breve período antes de que él vuelva a casa a buscar una "verdadera esposa americana". También tenemos el final de la ópera: Pinkerton vuelve después de tres años con aquella "verdadera" esposa, se angustia al encontrar a Butterfly aún lealmente esperándolo y canta su sentimental aria, Addio, Fiorito Asil (Adiós, florecido refugio) para demostrar su más profunda emoción. Para rematar la noche, Butterfly se suicida usando un método "auténticamente" japonés.
Muchos de los detalles más desagradables y vergonzosos se podrían (y tal vez se deberían) omitir o cambiar cuando llevamos "Madame Butterfly" al teatro. Las obras actuadas se modifican constantemente por medio del tiempo, por lo que no hay razón alguna por la cual no podríamos modificar una como ésta para adaptarla a las cambiadas opiniones en cuanto al racismo.
Pero con Butterfly se requiere más que eso: es difícil imaginar cambios que no signifiquen cortar enormes partes de esta ópera. ¿Dónde se podría empezar? ¿Se podría dejar fuera a Pinkerton? Implica la idea entera del drama y peor aún, de la música. ¿Es posible que la música sea racista? Respuesta: sí, cuando se trata de "Madame Butterfly". Como ejemplo tenemos la escena final. En gran parte de la ópera, Puccini ha envuelto a su heroína en capas de colores musicales "exóticos"; ella tiene una sucesión de melodías pentatónicas que evocan lo "primitivo", aliñadas con progresiones armónicas no occidentales y una inusual orquestación tintineante. Su aria más famosa, Un bel di (Un bello día), no es más que la esencia concentrada de todos esos mecanismos. Pero al concluir, cuando Puccini desea lograr un máximo impacto, le confiere a Butterfly una grandiosa melodía occidental antes de su suicidio. El mensaje de este cambio estilístico es claro. Para que realmente nos conmueva, para que terminemos la noche con un lindo pañuelito húmedo, Butterfly debe morir con sonidos que la transforman en una de "nosotros" y esa música tintineante y pentatónica simplemente no lo lograría.
Exagero, por cierto. Si primaran las actitudes de este tipo nunca veríamos obras como "Otelo" o el "Mercader de Venecia", u otras obras de arte que ofenden las sensibilidades modernas. Pero aún es cierto que Butterfly presenta un desafío especial; no basta con ofrecer una representación sin adaptaciones, dejar que la obra "hable por sí misma".
En este sentido, la versión que en 1984 Graham Vick presentó en el English National Opera podría considerarse ejemplar. Para resolver el problema Butterfly socavó algunos de los momentos musicales más famosos con intensos contra argumentos escénicos. En los últimos momentos de la ópera, la heroína se esconde tras un biombo y se suicida. Pinkerton aparece en el escenario. Sin embargo, en lugar de horrorizarse al verla a punto de morir, se encuentra con Trouble, quien ha salido de la habitación. Ajeno a la melodía atronadora y "trágica" que Puccini proporciona, Pinkerton toma al niño en sus brazos y tranquilamente se aleja con él, sin duda para introducir a su esposa estadounidense a su nuevo hijo. Independientemente de lo que la música quisiera proponer, esta producción nos dice que el suicidio de Butterfly no era, después de todo, una muerte importante: lo que perdura son Pinkerton y sus valores. Tal como el marinero proclama con orgullo en el primer acto: "¡América para siempre!".
Vick logró expresar su opinión sobre Butterfly, al menos parte del tiempo, discutiendo con la música, negándose a aceptar pasivamente la articulación musical de Puccini de esta triste historia. Ésta no es la única manera de enfocar la ópera, pero tal vez sea una manera más responsable que la que adoptan los típicos reestrenos, repletos de kimonos y flor de loto. Entonces, atentos la próxima Butterfly que se acerque a nosotros. Por cierto disfrutemos de la música; vivamos la emoción de tanto esplendor musical; pero, al leer el libreto, no nos entreguemos con tanta facilidad.