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  "En los '80 éramos del tercer mundo"

  "En los '80 éramos del tercer mundo"

  En los ochenta fue taquilla, artesa y mujer de bototo pesado. También militante del Partido Socialista desde los 14 años. Para el plebiscito contó votos y lloró de felicidad con el triunfo del No. Acá, gracias a la serie "Los 80", que protagoniza, Tamara Acosta revive pedacitos de nuestra historia ochentera. Y también de la suya.

Domingo 12 de octubre de 2008

Son diez los capítulos de la nueva serie ochentera de Canal 13 y Tamara Acosta no ha parado de grabar en varias semanas. Va de acá para allá y tiene poco tiempo libre. Apenas el jueves se termine el trabajo en "Los 80" -la serie proyecto bicentenario que revivirá esos años bajo la lupa del matrimonio Herrera López (Daniel Muñoz y Tamara Acosta)- la actriz armará sus maletas y volará a Ecuador. Va al Festival de Cine de Quito por una semana, a relajarse un rato y disfrutar de lo que a ella le gusta hacer. Pero antes de partir, tiene unos pocos minutos, por teléfono eso sí, para conversar sobre los locos, kitsch, grises, terroríficos y decisivos años ochenta en Chile.

Tamara Acosta, la actriz que vivió su infancia en una casa grande en San Bernardo, la niña que fue dirigente estudiantil y a los 14 años se inscribió en el Partido Socialista sin contarles a sus papás, la actriz menudita y dulce que tiene una clara convicción social y política, revive y recuerda cuando Chile todavía era un país sudaca sin tanto consumo ni crédito.

-¿De qué se trata "Los 80"?

-La serie se sitúa el año 82 y el 83 en la casa de los Herrera, una típica familia de clase media. A través de ellos, vamos a ver lo que sucedió en el país y cómo ellos se van acomodando a esas circunstancias. Por ejemplo, la recesión del 82 les afecta directamente: ahí la familia tiene que arreglárselas porque tienen tres hijos, entre ellos uno que va a entrar a la universidad y otro, que entra a la Escuela de Aviación.

-¿Se van a ver otros hechos históricos ochenteros a parte de la crisis del 82?

-Sí, también el Mundial de Fútbol, todos los dibujos animados de la época, las películas que se estrenaban, la primera protesta nacional que esta familia también va a vivir de cerca.

-¿La familia tiene una postura política? ¿Son opositores a la dictadura?

-No, no tienen una postura tan definida porque en esos años no era muy fácil tener una postura abierta. Más bien les interesa que sus hijos sean honestos, buenas personas, pero también se dan cuenta de qué es lo bueno y lo malo que estaba pasando en el país.

-En la propaganda veía esas pinturas blancas para las zapatillas, ¿qué otras cosas en desuso y típicamente ochenteras veremos?

-Ahhh, ese es el renovador de calzado. Lo que pasa es que la dirección de arte y el vestuario están súper bien logrados. Es bien impresionante con lo que uno se va a encontrar en la serie: está la leche Nido, el Cerelac, la ropa de moda de la época, esos pantalones hasta la cintura cuando no existía la cosa a la cadera. Es bien impresionante verlo.

-Para el lanzamiento de la serie, te emocionaste.

-Sí, porque hubo imágenes de archivo que no había visto, como imágenes de las calles de Santiago, con gente caminando en los ochenta. Todo era muy gris en esos años que no fueron muy amables para Chile. Pero eso no significa que la serie sea gris o triste.

-¿Por qué vale la pena recordar los ochenta? ¿Qué sientes que tiene esa década de particular?

-Me parece que hay que observarla porque es una década que todavía no hemos revisado y ahora ya estamos con la distancia apropiada para empezar a mirar ese período. En tan poco tiempo este país ha cambiado tanto: la apertura económica y el progreso son impresionantes. En cambio en los ochenta, todo era más precario: había menos cosas, menos consumo porque tampoco había plata y eso nos hacía más austeros, más dedicados a otras cosas de las que ahora quizás estamos saturados.

-Ahora somos new rich.

-Sí, y en los ochenta éramos tercer mundo de frentón.

La militante de 14

-¿En qué estabas tú el año 82, 83?

-Era bien chica, tendría unos diez años. Me acuerdo de jugar mucho, de tener una vida de barrio, de familia, bien normal.

-A los 14 años te inscribiste como militante del Partido Socialista. ¿De chica sabías sobre lo que pasaba en el país?

-Sí, me hice militante del PS a los 14 años a escondida de mis papás. (risas)

-¿Y qué te dijeron cuando supieron?

-Estuve castigada unos días sin poder salir de la casa. Mis papás tenían una posición de izquierda, igual que yo, pero tenían terror, era una época terrible. Por eso les dio miedo, me dijeron que me podían matar. Pero para mí era muy importante militar. Era dirigente estudiantil, hacía discursos. Entonces que me castigaran fue bien humillante.

-¿Y por qué era tan importante para ti participar?

-Porque empecé a entender lo que pasaba en el país y encontré que era necesario estar ahí. Tampoco me lo cuestionaba mucho, pero me daba cuenta de quién era quién cuando en mi colegio empecé a investigar, a conversar con los demás.

-¿Qué cosas de las que te enteraste te movilizaron?

-En el tiempo de la dictadura, las violaciones de los derechos humanos. Esas son las cosas inadmisibles, no hay argumento que justifique algo así. Y luego, la justicia social, la repartición de las riquezas, los derechos de los trabajadores y de las minorías. En esos años no se sabía mucho, pero me acuerdo de haber escuchado el caso de los degollados por la televisión y no lo podía entender. Era tan impactante que no podía entender ni creer lo que había pasado.

-Pero aunque tú participabas, se supone que ésa era la generación de "no estoy ni ahí".

-Claro, era la cultura de la basura. Los Prisioneros dijeron todo lo que queríamos decir de alguna manera. Porque había un rechazo al accionar específico, a militar en algún partido, la gente no creía en eso. Las personas no creían en el plebiscito, nadie creía nada. Y los jóvenes menos: para el plebiscito no se inscribieron. Sentían que las cosas no iban a cambiar.

-¿Y qué hiciste el día del plebiscito?

-Yo era militante del Partido Socialista de Almeyda, que después se transformó en el PPD. Entonces para el día del plebiscito, la Concertación inventó un conteo paralelo de votos para poder ver si había fraude o no. Era bien artesanal el sistema: de cada mesa había una persona que llevaba el conteo al centro de acopio final. Como yo vivía en San Bernardo, estaba encargada de varias mesas de allá. Y contaba votos y partía en bicicleta a los lugares donde debía dejar el conteo. Así me lo pasé: andando en bicicleta y acarreando votos. Y con miedo porque decían que había que andar con cuidado. Era como una misión de alto riesgo. Yo pensaba que de ahí, me tendría que ir a una embajada (risas).

-¿Y dónde viste los resultados?

-En mi casa con mis papás. Todos lloramos cuando ganó el No. Pero a los tres días pensábamos: "Parece que no pasó nada y ahora van a salir los milicos a la calle". Fue una etapa emocionante: ver a una parte del país que por años no estuvo presente en nada, en ninguna parte, ni siquiera en la prensa, y escuchar cosas que sólo habías escuchado a escondidas, era increíble. En la propaganda del No, escuchar a Silvio Rodríguez en la tele, fue muy fuerte.

Tribus ochenteras

-Dicen que la moda más fea de la historia de la humanidad fue la ochentera. ¿Concuerdas?

-Sí. A mí no me gusta, para ser honesta. Pero la moda que usábamos acá era bien mezclada. No era lo que salía en las revistas de afuera: eran cosas mucho más feas (risas).

-¿Caíste en algún desastre estético ochentero?

-En las zapatillas Topper, nada más. Es que yo tenía un estilo un poco más artesanal: cuando chica chica era como taquillera, con zapatillas Topper y polera rosada. Después fui lana, artesanal, de pelo largo y zapatillas chinas, de esas que tenían una flor bordada adelante. Y después, usé el pelo corto y bototos, casi llegando a los noventa. Esa fue mi transición en moda: cuando dejé de creer en todo, me puse los bototos y fui más punk.

-¿Por qué dejaste de creer en todo?

-Al principio yo escuchaba trova cubana, a los grupos chilenos como Santiago del Nuevo Extremo, Silvio Rodríguez, Sol y Lluvia. En mi etapa artesa me gustaba esa música. Pero cuando escuché a Los Prisioneros, me cambió la vida, ahí me empecé a poner más escéptica. Antes, le compraba todo a la oposición. Después, no les compraba tanto.

-¿Qué sientes que fue lo mejor que perdimos con el paso de los ochenta?

-La ilusión de construir un país para todos. No me refiero a la democracia, sino a la manera de ser de los chilenos, de los sentimientos desde el corazón. Después de haber vivido esa ilusión para todos, nos pusimos resentidos, individualistas, competitivos.

-¿Y lo que podemos dejar atrás de esa época?

-La dictadura. Ahora hay cosas de conciencia cívica, de sensación de colectivo y de país. Mi generación no tiene cómo sentirse parte de una comunidad, de una nación. Eso de sentirse parte en todo sentido, de entender y valorar la sindicalización, las juntas de vecinos, trabajar en conjunto, mi generación no lo tuvo porque no lo vivimos. De chicos nos enseñaron que había que estar escondido en la casa y no conversar de nada porque era peligroso. Y precisamente ahí es donde se discute el país: en cómo se hablan las distintas ideas sin que por eso nadie sea loco o extremista. //LND

La Nación

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