
Domingo 19 de octubre de 2008
15 de octubre de 2008. Le ganamos a Argentina. Hoy los llantos no son nuestros, por una vez las lágrimas son suyas. Hicimos lo que nunca habíamos hecho, rompimos la tremenda mufa.
Hoy parece que todo es posible, cada vez que ganamos todo lo parece. El peligro de agrandarse mucho es que mientras más se sube más dura será la caída. Es en ese extremo, subir y bajar, en ese amor y odio sin matices, el terreno en el cual se mueve el documental "Ojos rojos".
Hace unos cuatro años ya, un grupo de cuatro jóvenes chilenos Juan Pablo Sallato, Juan Ignacio Sabatini, Ismael Larraín y yo comenzamos a hacer un seguimiento a la selección chilena en las eliminatorias para el Mundial de Alemania.
Chile no fue al campeonato y la decepción fue absoluta. El país se inundó de lágrimas, y luego de críticas y golpes bajso. Comenzaron a aflorar nuevamente las miles de preguntas que intentan explicarle al pueblo el porqué de tantas derrotas y tan pocas alegrías.
El documental "Ojos rojos" se sumerge en el llanto y el amor a la camiseta, en una búsqueda de "ese algo" que entra a la cancha con los jugadores, pero que es de todos nosotros.
Así, para vernos en perspectiva, para intentar comprender y dar sentido al lugar en que vivimos, para entender el rojo desde el celeste, nos fuimos a Montevideo, la cuna del fútbol latinoamericano y le pedimos prestados los ojos ni más ni menos que a Mario Benedetti.
UN GOL EN LA BARRIGA
A las seis era la cita, y ahí estábamos, tocando el timbre de su casa; subiendo en ascensor hasta su departamento, donde nos esperaba sentando en su sillón, sonriente y dispuesto.
La conversación fluyó tranquila, por sí sola, parsimoniosa, pausada, como casi todo lo que sucede en Montevideo. Y ahí, mirándonos a los ojos, nos hizo retroceder muchos años, como una máquina del tiempo que nos sustraía de esta frenética actualidad vertiginosa y tecnicolor.
Así, sumergidos en ese mundo de radio, pantallas en blanco y negro, pastos grises y camisetas ajustadas, Benedetti nos arrastró hasta el primer Mundial de la historia. Uruguay, 1930:
Ah sí, mi padre me llevó para el estadio y no pudimos entrar porque estaba todo agotado y entonces fuimos a un café de la Avenida 18 de Julio y lo oíamos por la radio, porque en aquella época no existía la televisión.
Después nos llevó a Brasil, al mundial de 1950, donde Uruguay se hizo inmortal ganando la final a los locales en el Estadio Maracaná:
A todos los campeones de Maracaná yo los vi. Los vi cuando vinieron de regreso, ¿no?, yo fui a la Rambla y allí venían, y había una muchedumbre para recibirlos. La verdad es que en la época de Maracaná había un muy buen nivel de fútbol acá.
Después empezó a tener importancia la plata, empezaron a comprar jugadores y a los mejores que había se los llevaron. Eso hizo decaer mucho al fútbol uruguayo. Y bueno, yo fui al fútbol a ver los partidos hasta que llegó un momento en que la violencia era tan tremenda que no me quise arriesgar más, ¿no?, las barras bravas, esas famosas. Y además, la compra y venta de los jugadores es un negocio sencillamente. Y ahora no está bien Uruguay, ni siquiera los dos cuadros grandes, Nacional y Peñarol, que están por la mitad de la tabla de posiciones.
Hemos pasado, como dice Mario, de la época del Maracanazo a la del Macanazo. Alrededor, flota y nos captura la nostalgia. Nos dan ganas de vivir en blanco y negro, aunque sea por un ratito. Y Mario continúa escarbando en su caja de los recuerdos y nos lleva a los Juegos Olímpicos de Italia 1960:
Cuando fui a Italia, me habían encargado una entrevista al presidente del Comité Olímpico porque iban a ser las Olimpiadas, y entonces yo dije, "bueno, vamos", y me llevaron en una moto, sentado atrás, por Roma, aquello fue algo Yo no sé, yo creo que fue la vez que estuve más cerca de la muerte, la moto ésta se metía por todas partes, horrible, y bueno
Pero quien iba en esa moto no era exactamente Mario Orlando Benedetti, sino el cronista Orlando Fino:
Siempre, todas las semanas, jugaban, por ejemplo, un sábado Peñarol, y el domingo Nacional. Eran los dos grandes y entonces yo con un pseudónimo que era Orlando Fino, mi segundo nombre es Orlando , hacía unas crónicas humorísticas, donde les tomaba el pelo a uno y a otro, aunque yo siempre fui hincha de Nacional. Eso tuvo bastante éxito, yo disfrutaba viendo un partido.
Después de un silencio, con la mirada puesta en el pasado, recuerda: "Mi primera aventura futbolística fue cuando yo tenía unos 18 años y jugaba de golero en el cuadro del barrio; entonces una vez cobraron penal y me lo tiraron. La pelota me pegó en la barriga y estuve desmayado un rato largo".
UN VICIO Y UN NEGOCIO
¡Cómo pasan los años! Cómo viene a la memoria de los mayores aquel tiempo en el que no sin penas , todo transcurría sobre sus propias ruedas empujadas por personas que le imprimían realidad a un ese principio humano basado en que todo aquello que sucedía era regido por lo que los mismos humanos podían o no podían hacer.
Aquellos tiempos en los que no todo dependía del mercado, y donde los ciudadanos no éramos aún registrados como consumidores y televidentes.
Yo creo que ha cambiado el fútbol, me gustaba más el de antes, era un juego más limpio, ¿no?, no había tanto castigo entre los jugadores ni trompadas. Sobre todo, no existían las barras bravas que han distorsionado el deporte completamente, y además con dos influencias terribles: una la droga y otra la plata.
Cómo pasan los años y cómo van quedando atrás esos días en los que el fútbol movía a los obreros una vez terminada la jornada laboral. Aquellos tiempos donde el fútbol transitaba en canchas aplanadas, con pelotas de recorrido uniforme. No era necesario el antidoping.
Los trabajadores defendían con orgullo los intereses del club del barrio. Los partidos se agendaban sin un sol asfixiante sobre la cabeza. Y los equipos jugaban en su ciudad de origen, sin importar la altura.
A mí no me gusta ese estilo de fútbol que hay ahora. Antes había en las canchas un juego más limpio. Ahora un jugador le hace un pase a otro y en el medio aparece otro con una patada. En el fútbol de ahora hay cosas que lo perjudican mucho como hay ofertas para todos . Se ha convertido en un negocio, por un lado, y por otro en un vicio.
Triste realidad ésta que nos toca. Triste deporte que se convierte en negocio, tristes clubes que se convierten en tiendas, tristes futbolistas que se convierten en atletas para poder aguantar el esfuerzo que les exigen las empresas transnacionales.
Triste continente latinoamericano que se queda sin jugadores porque el euro vale más que los pesos, los reales, los bolívares, los sucres, los soles. Y así, si el fútbol se convierte en un negocio global, América Latina se convierte en el semillero de Europa.
La historia es cíclica y los patrones se repiten: el mundo desarrollado se sostiene en las materias primas que los países subdesarrollados dejan escapar.
Así sucedió con el oro y la plata a partir del siglo XVI; y así sigue sucediendo con la desterritorialización de las empresas en Europa Occidental. Y así como los asiáticos fabrican a bajo coste la ropa que visten los europeos, los latinoamericanos producen a bajo coste los futbolistas que hacen campeones a los equipos del viejo continente.
Lo que hace cinco siglos fue la mina de Potosí para la economía, actualmente es Nacional de Montevideo para el fútbol.
Los que trajeron el fútbol fueron los ingleses, en eso no estuvieron los españoles y los italianos, sino los ingleses, y bueno, ellos metieron el fútbol acá.
Mario Benedetti es uno de esos hombres que vivió en aquellos tiempos en los que las personas no eran más que eso, personas, y en donde la carne y el hueso eran suficientes para su desarrollo.
Mario es uno de esos sabios que vio bajar el fútbol de los barcos, ahí, sentado, tranquilo, mateando a orillas del Río de la Plata, cuando los barcos huían de la pobreza europea, desde Italia, España, Inglaterra.
Si Inglaterra es la cuna del fútbol mundial, Uruguay es la cuna del fútbol latinoamericano. Antaño, ambas cunas fueron de oro.
La cuna donde nació Enzo Francescoli es un duro y cotidiano transcurrir; ahora el objetivo principal es irse a Europa. El primer campeonato Mundial de fútbol se realizó en Uruguay, y ahí estuvo Mario; actualmente, dicho país se postula como candidato para ser la sede del Mundial de 2030.
El futuro se ve complejo, la "garra charrúa" se debate entre la ilusión y el llanto, entre el amor propio y el desarraigo.
La garra charrúa existió, cómo no. Había un espíritu combativo, pero sin brutalidad, eso era lo bueno de la garra charrúa, que era sin brutalidad, sin agresiones, sin tremendas patadas al contrario, pero ya es un dato del pasado. Figuró en la historia.
Entre la vida y el fútbol, yo creo que antes había más similitudes, porque el fútbol era un juego más tranquilo y entonces atraía más al público en general. En cambio ahora es difícil que un estadio se llene, aquí por lo menos. En el fútbol de antes había un poco de poesía.
Y así, entre recuerdo y recuerdo, Mario nos transmite el conocimiento con sonido a radio, las imágenes en blanco y negro, un poco borrosas y con señal intermitente, en donde, a causa de la inexistencia del control remoto, teníamos que levantarnos del sillón para cambiar de canal, para mover la antena, o para darle ese golpecito en el costado de la tele para que volviera la señal.