
Domingo 19 de octubre de 2008
Muchas culturas de diversos países del mundo aún le asignan a la mujer un rol fundamentalmente doméstico y ven como una ruptura del estereotipo deseado su participación en el espacio público.
Chile dejó hace rato esos prejuicios y hoy pocos se atreverían a discutir al menos en público- que es bueno para Chile y su democracia que la sociedad política tenga niveles equivalentes de participación de ambos géneros.
Es difícil objetar la idea que los organismos representativos de la sociedad serán más eficaces para sintonizar con la ciudadanía en la medida que en ellos estén adecuadamente representadas también las mujeres, sus intereses, preocupaciones y puntos de vista.
Hay también muchas naciones donde persiste la resistencia de los hombres a votar por mujeres para cargos de elección popular o confiar en ellas como autoridades públicas.
En Chile también ese prejuicio quedó en el pasado: elegimos una mujer Presidenta de la República, los hombres votan casi por igual a candidatos hombres y mujeres, y estas últimas favorecen incluso un poco más a sus congéneres en elecciones municipales y parlamentarias.
Si ya no es un problema cultural y tampoco de comportamiento electoral, ¿qué explica la tasa tan reducida de participación de la mujer en la política?
Nada más y nada menos que la oferta de candidatas que los partidos políticos hacen a la ciudadanía. Si una de cada cinco candidatos a concejal en las elecciones de 2004 era mujer, uno de cada cinco electos también lo es. Es lo único que explica también el bajo número de diputadas y aún menor de senadoras.
¿Cómo podemos explicar que, si es políticamente correcto, apreciado por la ciudadanía y además premiado por el voto, los principales partidos políticos continúan presentando proporciones bajísimas de mujeres en sus elencos municipales y parlamentarios?
Hay dos líneas explicativas. Una alude a la supuesta falta de mujeres con vocación de competir por la adhesión popular. Es efectivo que hay circunstancias que hacen más difícil a las mujeres la decisión de emprender una campaña electoral.
Está el hecho que, incluso cuando se han igualado condiciones laborales y económicas, subsiste su responsabilidad casi total del cuidado de los hijos y del hogar, lo que reduce su disposición a poner en riesgo su estabilidad financiera y laboral, así como sus posibilidades de dedicar tiempo y atención a la vida pública.
Es mucho más frecuente que una mujer rechace una invitación a ser candidata o abandone en alguna fase la carrera de obstáculos para ser nominada como tal, a que lo haga un hombre.
La segunda línea de explicación es que las mujeres tienden a ser invisibles a la mirada de los verdaderos anillos de poder en los partidos, conformados casi exclusivamente por hombres. Se acostumbra a decir que los partidos quieren presentar más mujeres pero que no las hay o bien no están disponibles.
Comparto que es más difícil para una mujer tomar la decisión de ser candidata o de incursionar en la política, por lo que si se quiere de verdad favorecer su participación debemos atacar el problema cultural mayor, promoviendo activamente que los hombres compartan con las mujeres responsabilidad en el cuidado de los niños y del hogar; también debemos modificar hábitos, horarios y el modo de ser masculino de la política, que la hacen poco amigable a la participación protagónica de las mujeres.
También algún grado de discriminación positiva en el financiamiento público a las candidatas podría reducir significativamente las barreras de acceso que obstaculizan la participación de la mujer.
Si a pesar de estar en los programas políticos de todos los partidos y reportar dividendos electorales, los partidos políticos no incrementan significativamente la participación de las mujeres, es porque el "peso de la noche" es grande y los hombres que dominan la política se resisten a ceder espacios que hasta hace poco manejaban por completo.
Si no nos resignamos al resultado natural de la evolución de la tendencia actual, es decir, que el equilibrio de género en la política deba esperar muchas décadas en Chile, es imprescindible generar una presión social sobre los partidos políticos para que establezcan mecanismos que catalicen la lenta evolución en curso.
Para ello, sugiero que desde las organizaciones de mujeres se constituya un movimiento político que transcienda al género y a las divisiones políticas tradicionales detrás de una plataforma mínima de impulso a la democracia de género, que incluya al menos un financiamiento público reforzado a las candidaturas de mujeres, así como a los partidos que las presentan, y el establecimiento de una exigencia legal a los partidos de presentar a lo menos 30% de mujeres en sus elencos de candidatos municipales y parlamentarios.
Los partidos son la puerta de entrada a la política y hoy la mantienen relativamente cerrada al ingreso de mujeres. Abrirla es una de las tareas imprescindibles para revertir el peligroso divorcio de la política y la ciudadanía que constatamos hoy día en Chile.
Declaro mi disposición activa y la del Partido por la Democracia para participar en ese esfuerzo nacional para que los partidos políticos hagan su contribución a una sociedad que extinga las diferencias de poder entre hombres y mujeres, y se enriquezca por igual de toda la diversidad de la naturaleza humana y social.
* Presidente del Partido por la Democracia.