
Domingo 19 de octubre de 2008
En su prestigiada columna, el domingo 12 de octubre Carlos Peña escribió sobre la invitación cursada a Michelle Bachelet para que concurra a la inauguración del memorial erigido en homenaje a Jaime Guzmán.
El artículo reflexiona y arguye sobre una pregunta explicitada por Peña: "¿debe o no asistir a esa ceremonia la Presidenta de la República?". Su respuesta es categóricamente negativa.
Ese no rotundo lo argumenta Carlos Peña, resumidamente, en la siguiente frase: "Y es que la Presidencia de la República cuyo capital simbólico es deber de Michelle Bachelet cuidar es portadora de virtudes y convicciones colectivas que, desgraciadamente, riñen con la conducta que Jaime Guzmán desplegó en la parte más notoria de su vida pública".
Probablemente, el tema específico y práctico la asistencia o inasistencia de la Presidenta al evento será resuelto por considerandos distintos a los que esgrime Peña y por lógicas también distintas a las que se siguen en este artículo.
La columna señalada convoca al análisis, la reflexión y la discusión porque refleja bien un tipo de pensamiento de matrices demo-liberales modernas que ha ido ganando legítimamente terreno en el ámbito intelectual chileno y que de facto disputa con los pensamientos críticos de raigambre más tradicional y empieza a suplir la hegemonía que otrora estos ejercían sobre ese amplio y cada vez más difuso mundo que se define como progresismo.
Lo que más llama la atención de este "nuevo" tipo de pensamiento es que, si bien devela un claro asentamiento en la realidad y en la literatura social moderna, trasluce, a su vez, dos líneas de reflexión que contradicen dos componentes claves de lo cultural-moderno, a saber, el historicismo y la secularización.
La celeridad que adquiere el devenir en la modernidad es un refuerzo casi tangible a la noción de historicismo: "Todo lo sólido se desvanece en el aire" (Marx). Y la secularización marcha de la mano de los avances científico-tecnológicos, de la informática, de la conectividad, de las comunicaciones, etcétera, desacralizando a diario idealidades que regían hasta ayer.
Carlos Peña le niega a Jaime Guzmán el derecho de "ingresar al Panteón de la República" (cuestión que ocurriría, según él, si la Presidenta participa de la inauguración del memorial) Y se lo niega porque: i) "fue uno de los sustentos intelectuales de una dictadura que elaboró, y luego ejecutó, una política sistemática ( ) de violación de derechos humanos."; ii) creyó a pie juntillas que la democracia carecía de valor intrínseco, y iii) "tenía misericordia, pero a su vez una rara fascinación por la fuerza militar y la violencia."
Todo aquello es verdad. Pero son juicios político-éticos que se emiten sin historicismo. Y sin historicismo no es lo mismo que la excusa de los contextos. Quiere decir, primero, que no se contempla que esas ideas o proyectos fueron enfrentados y derrotados en el plano político-ético y, segundo, que Jaime Guzmán murió como senador de la República y no como activista de un extremismo de derecha.
Por otra parte, sería absurdo especular acerca de un Jaime Guzmán historizado hasta hoy. Pero legó una obra intelectual y política que se traduce en la actualidad en una generación y en un partido político. La UDI y sus militantes o, al menos sus dirigentes, en tanto herederos de Guzmán, ¿también deberán sufrir el ostracismo del Panteón de la República?
¿No será que en Carlos Peña hay una sacralización al modo de Robespierre de la idea de República?
Y surge esta interrogante por el sentido y uso que le da al concepto de Presidencia ("la más alta institución de la República") En efecto, como dice una frase ya citada del texto de Peña: "La Presidencia de la República es portadora de virtudes y convicciones colectivas " ¿Virtudes y convicciones colectivas en el mundo moderno?
La secularización moderna promueve que las sociedades desconfíen crecientemente, incluso, en las virtudes de las iglesias. Huelga mencionar lo que ocurre en los colectivos con el prestigio de las instituciones políticas.
Lo que la Presidencia de la República puede representar son discursos compartidos y consensuados entre conglomerados masivos, pero difícilmente virtudes.
Pero, concediendo acerca de las virtudes encarnadas por la Presidencia, cómo resolvería Peña la siguiente situación hipotética: si la Presidencia de la República estuviera ocupada, y como Dios manda, por un discípulo de Jaime Guzmán, ¿ya no tendría virtudes que encarnar?
Para la Presidenta real-concreta, terrenal, o sea, para Michelle Bachelet, seguramente no le será fácil tomar una decisión. Pero tampoco el asunto da para la dramatización idealística que hizo Carlos Peña.
*Publicado con autorización del Centro de Estudios Sociales Avance (www.centroavance.cl).