
Domingo 19 de octubre de 2008
El fútbol son 22 pelotas corriendo detrás de un balón, decía una artista por ahí, despertando el desprecio del Gato Villarroel, periodista de profesión y futbolista por afición.
Aunque, un gol perdido en la boca del arco cuando nuestro equipo aspiraba a llegar a la primera división universitaria empañó durante meses su otrora brillante desempeño en la cancha.
Para él y otros "juguitos de pelota" de la Escuela de Periodismo de la Chile, el fútbol era sencillamente la máxima creación de Dios, cuando no su manifestación perfecta y la prueba más contundente de su existencia.
Y sí, algo tiene el deporte. Ese rey que seduce y que encanta, esa acrobacia perfecta donde se juega al borde de la catástrofe y donde el físico es llevado a su límite en una danza de leyes físicas, potencia, habilidad, trabajo de equipo, explosión, técnica, arte y mil cosas más.
Y entre esas cosas, hay otras mil más opacas, como saber patear, escupir, desconcentrar al adversario, meterle prostitutas al hotel, mojarle la cancha, no dejarlos dormir, engañar al árbitro, pegar un buen codazo, ganar a cualquier precio. Como la vida misma decía cómo no un amigo argentino.
Y tal vez es por eso, por esa sublime combinación de virtudes inapreciables y defectos inexcusables, de arte y artimaña, es que este deporte se vuelve en el espejo donde nos miramos, exigiendo ver lo que queremos ver y cerrando los ojos a la realidad. Claro, cuando es necesario. Y de allí al chovinismo más barato, hay una distancia corta.
Así, una derrota del equipo nacional es normalmente culpa del árbitro, mientras que por el contrario, la victoria es siempre virtud de nuestros muchachos.
La confusión, la ceguera, son comprensibles en el hincha, a él nadie le pide que sea neutral, pero lamentablemente pasa con los comentaristas deportivos, cuando se supone que son quienes que deben guardar cierta (si es que tal cosa es posible) imparcialidad.
El asunto se complica cuando salen al ruedo las rivalidades históricas y las nuevas ideas que cada nación tiene de sí misma. Para el chileno medio, bañado durante años con el discurso de la superioridad recién alcanzada de nuestro país por sobre sus vecinos, el histórico triunfo frente a Argentina es la mejor confirmación de que los chilenos somos superiores: que esos infelices de los argentinos, esos mediocres peruanos o esos indios bolivianos.
Ese fanático, exige que cuando el jugador entre en la cancha confirme sus ideas correctas o y reafirme sus prejuicios, enraizados en la más paupérrima de las ignorancias.
Por contrapartida, y por curioso que parezca, cuando no lo hace a cabalidad, también lo hace. Porque entonces, dejamos de ser lo más grande que hay, y los culpables pasan a ser esos vagos que se la llevan peinándose frente al espejo y carreteando con modelitos en lugar de patear la pelotita, que para eso le pagan al weón farandulero.
El fenómeno, en el que todos caemos, en mayor o menor medida, se vuelve un tanto patético cuando sucede atado a la justificación económica, cuando ser exitoso como país es el requisito previo a ser bueno en el fútbol.
A fin de cuentas, las canchas de todo el mundo rebosan de jugadores africanos o latinos cuya historia de vida dice exactamente lo contrario, lo que finalmente tampoco prueba nada. Y se vuelve un poco más penoso cuando el hincha vociferante, que pregona a los cuatro vientos la superioridad nacional y el "Chile uber alles", es un panzoncito mediocre, egoísta, chupamedias y obsecuente. Ese, es incapaz de hacer pesar esa superioridad cuando el jefe lo humilla en público.
Por lo pronto, lo más detestable pasa a ser el postulante a concejal o alcalde que se cuelga del discurso futbolero, olvidando como todos- las turbiedades que se esconden bajo ese enorme paraguas que es el fútbol y que montados en el triunfalismo y el chovinismo barato estilo alcalde de Sierra Gorda (que se cartelea en la filmación de la película de James Bond) dicen encarnar el alma chilena apelando al nacionalismo ramplón.
Supongo que la fiebre oportunista bajará un poco pasadas las elecciones, aunque el triunfalismo seguirá, al menos hasta la próxima fecha de las eliminatorias.
Después de todo, y pese a ese discurso con tufillo a patriotería, un poco de autocomplacencia, entre cervezas y asados, es más que tolerable.