
Domingo 19 de octubre de 2008
A todos nos tocan dolores distintos. A unos se les muere un amigo, otros fracasan en una prueba de matemática. La primavera está vinculada científicamente a ese proceso.
Según estudios, es una temporada bajonera. Mis pares se van al carajo esta temporada, en general el muchacho que nunca tuvo polola hace el show de Charlie Brown en su vida; el que tuvo una la llama para saber cómo está y ver si en una de esas salta la liebre; el emo se baña en el látex de los lamentos, el Metro se llena de paradas sorpresivas por gente que decide lanzarse contra el tren y todos nos hacemos los tontos.
El amor es un tema, en especial cuando uno supera por poco la veintena. Siempre la posibilidad de morir está en la esquina. Esta semana mi novia me dejó, por culpa de imbecilidades mías. Pelotudeces. Yo la amo profundamente, de casi forma infantil e incondicional.
Me angustiaba cuando se enojaba por mi ausencia. Yo, un viejo chico, sentía que su vida era adolescente como debería ser la mía- y muchas veces no comprendía mis conflictos, de matices muchísimo más complejos y traumáticos.
Pero había algo más profundo que nos reunía: todo podía ser un asco, pero, estando juntos, todo era tranquilo, todo era mejor.
Cuando era más chico, recién explotaba internet y por diez lucas se podía contratar a un plan nocturno mensual en el quiosco más cercano con unos cedés verdes de la CTC yo me sentía distinto. La Florida era una gran isla y me sacaba conectarme.
Conocía gente con mis dudas e intereses. Eso me salvó. Y después llegó ella. La revolución fue cruzar paredes y yo, por Messenger, estuve en tu casa a la hora en que nadie estaba despierto.
La nostalgia generacional me hace recordar que me metía a Latinchat, sacaba cuentas de e-mail que nunca usé, navegaba por páginas gringas y las imprimía para leerlas desconectado. Soñaba con estar con alguien bueno, sano, dulce. Cuando llegó esa persona, estuvo conmigo dos años.
Ahora me cerró todo el sistema. Y me di cuenta que era oficial por Facebook. Yo todavía estoy "en una relación", pero solo. Suena medio loser, pero aún me siento en línea con ese sentimiento. La adoro.
Dicen que científicamente el proceso de enamorarse dura ese tiempo. Ella se decepcionó de mí. Lloré toda la tarde, tomé pastillas para dormir, miré el canal Playboy. Nada me consoló. Mi mamá me dio un abrazo, pero yo quiero que vuelva.
Quiero que vuelva ella y todas esas cosas que no pude disfrutar. Quiero verla como la primera vez que la vi, cuando era más delgado, ansioso e inexperto.
Ahora en terapia me doy cuenta de que debería retroceder y poner más límites, menos locura. Que está bien sacrificarse, pero hay que presionar pausa de vez en cuando. Uno es el botón, pero es tan difícil hacer que las cosas no puedan parar. Yo soy un hombre nuevo. Ahora tengo un perro y antes sentía un miedo profundo de sentir uñas y barrigas de animales ajenos.
Tengo una empresa que empujar. A veces me gusta salir a correr. Me estoy transformando en lo que quiero ser. Pero no quiero serlo sin ella. No pueden pasar tantas cosas al mismo tiempo por que sí. Yo creo que esto es un complot de la existencia. Detengámoslo, por favor. Yo sé que puedes. Yo sé que, si pudiésemos entrar en negociación, los Gordon Gekko de Wall Street nos harían más pobres. Pero pediría quedarme contigo, María José.
Aunque se cayeran los bancos, aunque no pueda cambiar nunca más mis corbatas. Yo volvería a la primera vez en que me instalaste el Wii, a la vez que me quedé dormido en el cine y te reías de mis ronquidos, o a cuando salíamos a bailar y teníamos tantos amigos.
Tanta gente con la que podíamos hablar, aunque al final terminábamos los dos juntos. Yo te iba a dejar a casa y tu cerrabas la reja. Hoy está con llave. La mía está abierta.