
Domingo 19 de octubre de 2008
El mundo de la finanzas sigue jugando al yo-yo. El casino global vive algunos momentos de euforia y luego vuelve a caer en la depresión.
Pero no importa, los miembros del club pueden seguir con sus ensayos y pruebas hasta que algo les resulte. Una formidable armada cuida sus espaldas porque es fundamental que nadie ponga en duda la buena fe del sistema. L
os guardianes están encargados de persuadirnos que todo este descalabro no es más que un error, pero que nadie puede sentirse autorizado para cuestionar las bases del sistema. Así, "The Economist" lanza un grito de alerta contra los intervencionistas y critica la falta de sutileza del Presidente francés Nicolas Sarkozy al haber expresado que "la autorregulación terminó".
El periódico redondea su desesperada defensa con el viejo cliché "a pesar de todas sus fallas, es el mejor sistema económico que el hombre ha inventado".
Otros explican que la estridente explosión de una burbuja no pasa de ser un trago amargo. Y un economista estadounidense razona diciendo que seguramente se termina un ciclo, pero que en su país durante todos estos años se ha creado una formidable riqueza, algo que no ha sucedido en otras regiones que por su regulación están destinadas a vivir en la mediocridad económica.
¿Tendríamos que concluir que sólo nos resta dormir tranquilos y seguir confiando en analistas y pitonisas? Nos permitiremos recordar que en el prólogo de la crisis, cuando el vulgo manifestaba algunos temores sobre el futuro de su humilde billetera, los expertos, con aires de suficiencia, invitaban a hacer un esfuerzo para entender la diferencia entre las finanzas virtuales y la economía real. Hoy, y con la misma pedantería, nos hablan de los problemas que enfrentan ambas. ¿En qué quedamos?
Pero algunas voces disidentes intentan atravesar ese muro apuntando a los verdaderos responsables. Por ejemplo, los paraísos fiscales, cuya eliminación sería una condición indispensable antes de refundar el sistema financiero.
Transparencia Internacional ha establecido que 400 bancos, dos tercios de los dos mil fondos especulativos y dos millones de sociedades de papel están instalados en los paraísos fiscales, al abrigo de toda regulación.
Según la OCDE, la desregulación permitió la creación de productos financieros exóticos que explican, en parte, el origen de la actual crisis. Ségol ne Royal, una de las líderes del socialismo francés, no ha escatimado sus críticas a un sistema que tiene un gran déficit de transparencia y que por ende es poco democrático.
En el "Nouvel Observateur" fustigó a esos superdotados llenos de diplomas que conforman la fina elite de las finanzas, y que se llenaron los bolsillos de billetes mientras empujaban el carro hacia el abismo.
Con mucho esfuerzo, aquellos que no están dispuestos a avalar la tesis de una mala gestión como origen de la crisis han logrado hacerse escuchar y plantear que hay dos maneras de abordar el problema.
Por una parte, los fundamentalistas que después de la purga de las cañerías desean continuar como antes, y los que ven en esta crisis una inmejorable oportunidad para reformar en profundidad el sistema.
¿Y en Chile? El debate es casi inexistente. Hay una sola voz, la misma de siempre, que gracias a su formidable aparato comunicacional y la complicidad de predicadores disfrazados de académicos mantiene a raya toda disidencia.