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  Nuestros chicos trofeo

  La gran ventaja de pasar de la vida colegial al mundo laboral es que uno se da cuenta de que en la universidad hay una gran burbuja de diversión, paseos, tocatas y tomateras, y que, además, puedes aprender algo que tú elegiste. Sólo por eso debiese gustarte.

Domingo 7 de diciembre de 2008

Esta semana, muchos adolescentes cuya consigna es "si no estás en Facebook no existes" dieron la PSU. Me acuerdo que cuando yo la di estaba nervioso por que iba a llegar tarde a mi primera pega como productor creativo de un programa espantoso llamado "Saping", cuyo rating era incluso más bajo que el de "Juntos, el show de la mañana". Durante la enseñanza media me había esforzado un promedio 6,6 lo confirma- para demostrarle a mi papá y a mi mamá que no era un imbécil, y para que esta última se lo pudiera refrendar en la cara a todo el mundo. Inevitablemente, la carga emocional de todo eso ha provocado que desde la salida de clases, y al menos domingo por medio, tenga la pesadilla de que repito de curso por culpa del profesor de matemáticas de un colegio desde el cual me sacaron de una patada en el orto por haber escrito sobre mi maestro de castellano en la "Zona de Contacto". A él, un obstinado miembro de la izquierda chilena, le debo mi primera censura y le envío mis agradecimientos.

La gran ventaja de pasar de la vida colegial al mundo laboral es que uno se da cuenta de que en la universidad hay una gran burbuja de diversión, paseos, tocatas y tomateras, y que, además, puedes aprender algo que tú elegiste. Sólo por eso debiese gustarte. La pega, además, inevitablemente te reúne con gente similar a la de las clases más juveniles: hay un grupo que te agrada y otro que te desprecia, todos tratan de gustarle a la mina rica, se pelea por nimiedades y hay un pánico generalizado hacia el director (en la mayoría de los casos, un jefe). Al fin y al cabo, en las oficinas de Chile todos tienen una edad mental de 14 años.

Leyendo el "Wall Street Journal" encontré un artículo de Ron Alsop que se ha transformado en libro sobre los chicos trofeo: la generación Millenium, los que nacimos después del 1985 y hemos sido mimados durante toda la vida. Poco adaptados al fracaso, permanentemente estimulados por medios que nos hablan personalmente e incapaces de entregar nuestros tiempos a las corporaciones hoy, esta generación, mi generación, tiene en jaque a la fuerza laboral de Estados Unidos. Los chicos trofeo quieren ser CEO's, pero no vivir para las empresas, automáticamente. Los chicos trofeo merecen ser ascendidos y realizados al poco tiempo, si no, mandan la pega al carajo y vuelven a sus casas a jugar Xbox. Lo que más me llama la atención de mi generación es la solfa con que todo se toma en la vida: lo laboral, las relaciones humanas, el uso de las tarjetas. Tiene eso también un costado medio triste: hay poca capacidad de frustración y cuando uno no tiene ese soporte las cosas duran menos. No hay pelea. No hay estabilidad. Es el ramo que no enseñan en las universidades y los "baby boomers", aferrados a eso, mantienen el estatus de referentes aunque en su mayoría no sean tan buenos. Yo hace años no veo a un solo alumno en práctica que me sorprenda de verdad, y, entre los que he tenido cerca, los que trabajan bien son en general unos envidiosos de mierda que piensan que merecen cancha, tiro y lado por que sus papitos pagaron las cuotas de la universidad. Cero capacidad de sacrificio, cero capacidad de entregarse a algo por el gusto de hacerlo bien. Tienen cultura de McDonald's y no saben ni quieren a asumir errores.

Si usted tiene en casa a un chico trofeo hágale un favor: avísele que va a fallar. Dígale que la gente en general suele ser mala, y que la vida no es un Súper Mario donde uno pase etapas para superar a la princesa, que es el gran premio. Coméntele que hay que tener inteligencia emocional, que hay que pensar más en los errores que en los aciertos, que debe vivir la frustración pero no quedarse enganchado ni irse a la casa a fumar la maleza que crece en patio. El problema de tenerlo todo es que muchas veces no nos damos cuenta que no todo se puede comprar. Que las relaciones humanas son lo importante. Que en un mundo triunfalista, el verdadero logro es ser una persona íntegra, feliz, realizada, y no una máquina tragamonedas. //LND

 

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