
Domingo 7 de diciembre de 2008
He tenido perros desde que tengo memoria. Siempre hubo uno cerca de mí. Brigitte, una doberman que me ayudó a dar mis primeros pasos. El Lobo, un perro de mi tío que casi me arrancó un ojo y que me hizo dar mi primer viaje en moto a los cinco años, en una frenética carrera camino al hospital. Cómo volaba aquella Vespa manejada diestramente por mi tío Pippino. O el Yacaré, un policial entrenado que cada vez que yo me iba a nadar al arroyo partía detrás y me sacaba del agua para que no me ahogara. Después vino la Pinky, una quiltra adorable a la que le gustaba sentarse sobre mis piernas. Y el Snoop, que sabía cruzar Providencia porque esperaba parado en los cruces hasta que el semáforo le daba luz verde a sus ansias de libertad y su alma de vagabundo sin más ataduras que sus afectos.
La Negra, en cambio, no sabía lo que era un semáforo; caminaba por las calles de Atlántida con la cabeza cerca del suelo y paso sigiloso. No ladraba, pero pobre del que se acercara a mi casa de noche. La Negra se acercaba sin hacer un ruido y el incauto se encontraba de un momento a otro frente a una muralla de dientes. Más de un amigo me despertó a gritos para que lo salvara de aquella furia azabache. O la Lutién, que mi hermano encontró media muerta de hambre en Caldera y se trajo a Santiago en bus, escondida en la mochila. Se sentaba junto a mí en la mesa y era capaz de tomar un bocado de carne con sus dientes sin rozar siquiera mis dedos. Su delicadeza se quebró una tarde de invierno, cuando un médico la sacrificó con una inyección que también mató algo dentro de mí. Un cáncer la había postrado y sus ojos vidriosos me miraron casi sin brillo. Ya no era capaz ni de levantar la cabeza y yo hundía mi cabeza en su cuello para que no me viera llorar. La lista es interminable y de cada uno de ellos guardo un buen recuerdo, algo que aprendí o una hermosa anécdota.
Por eso, cuando supe que una institución que debía protegerlos o así al menos nos la vendieron- mataba cincuenta de ellos por semana, sentí ese vuelco espantoso en el estómago. Un camión de basura entraba hasta el lugar, para sacar sus cuerpos, que hasta el día anterior estaban llenos de vida, ansiosos de amar y ser amados. Los restos fríos salían en bolsas de plástico para ser pasto de gusanos. Quizás me duele tanto porque siempre los he querido. Pero ya debería estar acostumbrado. Hace mucho tiempo que descubrí que las instituciones son -en esencia- corruptibles, febles, que llevan en su ADN la capacidad de decepcionarnos.
Soy capaz de asumirlo sin complejos cuando la decepción viene de algún vendedor de pomada que me pidió mi voto a cambio de una promesa vacía. A fin de cuentas, a ese proceso ya me he acostumbrado, con el viejo argumento de que al final del día si te engañan una vez, la culpa es del que estafa. Pero si te embaucan dos veces, la culpa es de uno. La resiliencia, esa característica física que permite a un objeto recuperar su forma después de ser sometido a tensión, tracción, compresión o torsión, y que en este caso se explica como la humana tendencia a reincidir en la ingenuidad más pueril, nos hace confiar una y otra vez en el parásito de turno, que lleva veinte años ganándose la vida a punta de maniobras teñidas de escasa productividad o decencia. La experiencia, que puede ser triste pero no por ello menos beneficiosa y al cabo de tanta decepción uno termina por decidirse a no confiar. A caratular ese sentimiento como una cosa ambivalente, que te puede dar mucha esperanza para robártela al día siguiente.
Pero es distinto en el caso de esos seres indefensos, guiados por su instinto de lealtad perruna, que descubren de un momento a otro, en el estertor de sus miembros rígidos, que han sido engañados, que aquellos en quienes confiaban los han matado. Quizás sólo porque es la primera vez. Antes ocurrió. En esa oportunidad, una corporación nos engañó usando a los niños. Y aunque se supone que esa virginidad no se pierde dos veces, hemos vuelto a caer, para mal de nuestra confianza y la fe pública. Pero ya se ha dicho, la fe pública es sólo la versión masiva de la esperanza. Esa maldición que Pandora alcanzó a atrapar cuando abrió su caja permitiendo que todos los males se desataran por el mundo. Esa cárcel que nos impele a poner en otros una responsabilidad que debería ser nuestra. Porque a final de cuentas, no habría perros vagos muertos si nosotros nos preocupáramos de darles cobijo cuando los vemos en la calle. Y no habría vendedores de sueños si los denunciáramos en la calle cada vez que los vemos. //LND