
Domingo 7 de diciembre de 2008
Escribo tanto de esto y de lo otro, de lo que me pasó y de lo que nunca me pasará, preguntándome siempre si alguna vez se aburrirán de esta página que domingo a domingo revolotea por los kioscos de diarios. Hoy, con el calor, no tengo muchas ganas de contar nada. Frente a mi balcón esta ciudad se encumbra al cielo con sus edificios de 15 y 20 pisos, que pronto me taparán el poco sol que me despierta en la mañana. A veces me inunda un ayer nostálgico por otros tiempos en que era un pitufo libre e indocumentado, y recuerdo la Gran Avenida y su Parque Subercaseaux, con sus fuentes de agua podrida donde a veces, en el ardiente verano, nos íbamos a bañar con los cabros mapuches de la población, y después me sacaban la chucha en mi casa por llegar con olor a ciénaga. Pero me gustaba escapar de mi hogar y perderme con los chiquillos piojentos a robar frutas en las casonas quintas de aquel barrio. Eran eneros y febreros amarillos, tiempos de ocio y mucho calor, cuando nos encaramábamos en las panderetas y sacábamos las ciruelas verdes que íbamos comiendo con sal, tan alegres por la calle. Y después nos venía una diarrea inevitable. Años infantes, de vagabundear por esas calles como de pueblo, ofreciéndonos en esos chalet para sacar la basura, limpiar el jardín o encerar los pisos. Allí, cuando quedábamos solos, echábamos mano a algún recuerdo. Eran pequeños robos, cosas que sustraíamos de las casas y nadie se daba cuenta. Que aventura esa de ser ladronzuelos y que no te pillaran. Era tiempo de callejear a la deriva, cuando éramos aún unos pendejos pobres que apenas nos empinábamos en los ocho años. Otros días íbamos al Parque Cousiño a pescar peces dorados, que vendíamos en bolsas plásticas a la salida de aquel paseo. Nunca me faltó en qué ganarme la vida. En Navidad pintaba tarjetas de pascua, gordos pascueros, trineos, camellos y estrellas de Belén, que ofrecía casa por casa. Algún cometa de felicidad llegaba en esta época en que se terminaban las clases, venían las fiestas de fin de año y en las vacaciones las tardes eran larguísimas, jugando en la calle al corre que te pillo, al tombo, a las escondidas, donde con algún chiquillo nos manoseábamos en el escondite de las matas. Yo no me espantaba ni decía ni pío, nada más eran juegos precoces, atisbos de una sexualidad inocente que llegaba a esa pobla sin ninguna información pedagógica. Nada más que revolcarnos en el pasto, rodando, luchando apretados con un cierto calorcillo entre las piernas. Cuando vimos a unos cabros mayores corriéndose la paja nos asustamos, nunca habíamos visto tulas tan grandes. Los miramos escondidos entre unos arbustos, y más extraño fue ver como les salía esa leche blanca que tiraban al muro haciendo competencia como en la rayuela. Esos eneros eran interminables, colgándonos de los camiones por atrás sin que el chofer se diera cuenta, y nos tirábamos a toda carrera. A veces venían circos y eso me gustaba a rabiar. Soñaba con escaparme bajo la carpa y aprender las acrobacias del trapecio o equilibrarme en el alambre mientras todo el público contenía la respiración. Y yo ahí, en medio de la pista, en el centro de los focos, animado por los tarros de la banda de música. Nunca fui trapecista. Alguna vez hice un columpio en la baranda del block y aprendí algunas riesgosas contorsiones que mis compañeros de juegos aplaudían. Otra vez, de aburrido, rellené mi ropa, le puse zapatos y una cabeza de lana y colgué el mono como ahorcado en una viga de mi pieza. Y me quede esperando bajo la cama a que entrara alguien. Una amiga de mi mamá se desmayó al ver el falso suicida, tuvieron que llevarla al hospital y, después del susto, me castigaron por mucho tiempo sin ir al circo. En fin, cosas de mi primavera proleta, mi pioja primavera, mis veranos lejanos, cuando me florecían pájaros en mis precoces manos. //LND