
Domingo 21 de diciembre de 2008
El pasado domingo, cuando se jugaba el minuto 90 y el colocolino Daúd Gazale estrelló el balón contra un poste, un hincha apretó su vista y esperó. El pitazo final, pocos segundos después, sonó como un bello trinar a sus oídos, y los ojos no pudieron contener por más tiempo a las lágrimas. El cántico eufórico de un puñado de los suyos despedía a un estadio que en silencio comenzaba a vaciarse.
Es que el empate 1-1 conseguido por Palestino en la primera final del torneo tuvo ribetes de insólito. El equipo con la plantilla más baja del campeonato (unos 35 millones de pesos, frente a los 140 millones de Colo Colo), jugando con dos hombres menos, le aguaba la fiesta al cuadro más poderoso y popular del país. Un plantel en su mayoría joven, cuyas principales fortalezas han sido el orden táctico y por sobre todo la garra y las ganas de triunfar, tapaba bocas a medio Chile e ilusionaba a una colonia entera.
Hasta el canciller de la Autoridad Nacional Palestina, Riad Malki, alargó en un día su visita oficial a Chile para no perderse el duelo. Las noticias desde Oriente contaban que el encuentro era seguido, a través de pantallas gigantes e internet, en lugares tan remotos como Belén o la Franja de Gaza. Es que Palestino es el club que en cierta forma representa a este pueblo en busca de su estado: es el único cuadro en el mundo que lleva este nombre y que participa en una liga de la Primera División del fútbol profesional.
Fundado en 1920 e incorporado a las ligas mayores en 1951, desde 1986 que el equipo no alcanzaba la final del torneo. Dos años después sufrieron el descenso, retornando como campeones de la Segunda División al año siguiente. De ahí en adelante, las campañas pobres y las bajas asistencias de público se volvieron motivo de burla para sus rivales.
Fueron años de más sufrimiento que alegrías, triunfos esquivos y derrotas aplastantes, como aquella noche de mediados de los noventa en que la UC les hizo diez goles en San Carlos de Apoquindo. Al lunes siguiente, el panelista de "Show de Goles" Gustavo Pradenas acudía al set de televisión con gafas oscuras, teniendo que soportar con ahínco que los contertulios le refregaran una a una las anotaciones.
No obstante, tiempos mejores parecieran haber llegado por fin a los pastos de La Cisterna. Y también el público, que del promedio habitual que apenas rozaba las mil personas por fecha, se ha multiplicado por cinco. Una generación de muchachos jóvenes y esforzados, conducidos por un DT capaz Luis Musrri, el ex capitán de Universidad de Chile ha reverdecido laureles en el club y devuelto los sueños a su hinchada.
Sin pasado no hay futuro
Es martes y al almuerzo los viejos cracks de Palestino se juntan a reír y recordar. El primero en llegar a la cita es Caupolicán Peña, ex estratega del equipo campeón de 1978. Como singular coincidencia, aquel equipo ocupaba la misma camiseta verde que defiende el actual plantel, un diseño olvidado en los tiempos en que primó el clásico tricolor, pero que volvió este año y no se sacaron más tras vencer con ella precisamente a Colo Colo, en febrero. "Hay parecidos de este Palestino con el del 78. La camiseta, la envergadura física, el coraje y la actitud me hacen pensar que a lo mejor esta puede ser la etapa del reencuentro con su éxito", explica Peña, o "Don Caupo".
A Óscar Fabbiani, goleador de aquel torneo y que hoy sostiene una escuela de fútbol en Recoleta, los goles del club de sus amores lo han hecho retornar al estadio. "Popeye" siente que existe una mística especial, "demostrada el otro día, jugando con nueve hombres acalambrados que igual corrieron todo". El sempiterno artillero piensa que lo hecho el día del empate "tiene gran parte de hazaña".
Peña destaca que el equipo que le tocó dirigir "fue un adelantado a la época por jugar un fútbol muy funcional, muy de ir y venir". Pero recuerda que "sin pasado no hay futuro", y deja una confesión íntima: "Yo estuve 14 años siendo jugador y entrenador en Colo Colo, pero los siete que viví en Palestino se impregnaron de mucho más sentimiento".
Sueño y tablón
Al entrenamiento de Palestino nunca habían llegado tantas cámaras y periodistas como en estos días. Antes con suerte llegaban dos a la semana. Pero la incertidumbre ante la finalísima del sábado no sólo llevó a los medios al reducto de La Cisterna, sino también el apoyo incondicional de sus escasos pero fervientes seguidores, los que desde la tribuna alentaron las prácticas y entregaron la palabra de apoyo necesaria a sus ídolos.
De la noche a la mañana, anónimos muchachos saltaron a la fama por sus hazañas e historias humanas y deportivas. Francisco Ibáñez, el goleador de la primera final, había estado a punto de colgar los botines tras sucesivos fracasos deportivos, incluyendo un descenso a Tercera División en 2007, en el Temuco de Eduardo Bonvallet. Víctor Aquino llegó desde Asunción en bus y con mochila al hombro a probar suerte a Chile, Roberto Ávalos estuvo preso por drogas y Luis Rogel vivió a la distancia el drama de su familia en Chaitén, devastada por la erupción volcánica de mediados de año.
"Después de vivir todo lo que me ha tocado, estar en una final es súper emocionante. Yo soy bien creyente y creo que cuando uno hace las cosas bien y es una buena persona, Dios te premia por eso", resumió Ávalos a mediados de semana. Y el arquero Felipe Núñez, expulsado el domingo pasado y que se perdería la final, manifiesta su emoción "al ver la cantidad de gente que llegó de Palestino al estadio el otro día, lo que quiere decir que hinchas hay".
Hinchas como David, un niño de 12 años, vecino del estadio, que observa con sorpresa a los periodistas y sus micrófonos que merodean los entrenamientos. De lo que está seguro era que Palestino salía campeón sí o sí: "Me empezó a gustar desde que me vine a jugar a la pelota aquí cuando me trajeron del colegio. Yo era chiquitito y admiraba caleta a los jugadores porque todos eran buenos", confiesa.
Otro hincha de pequeño es Cristián Rosales. A sus diez años vio al Popeye Fabbiani con la tricota verde del campeón de 1978, en una portada de revista "Estadio", y se enamoró del club: "Me gustó la camiseta y la manera de jugar que tenía Palestino en ese tiempo". Cuenta que ha seguido al equipo durante treinta años "a todos lados, cuando jugaba en Santa Laura, cuando llegó a La Cisterna el 88, siempre. Palestino ha llenado toda mi vida y si puedo faltar un día a mi trabajo, lo hago por venir a verlo".
Tan fanática como Cristián se confiesa Haydee Quezada, otra simpatizante que nunca va a olvidar el partido del pasado domingo. Lloró con amargura las dos expulsiones y volvió a llorar emocionada el gol del empate de Ibáñez: "Para mí Palestino ya es campeón con lo que hizo, se las mandó, estoy más que agradecida". Eso sí, le pide a la hinchada "más apoyo, porque Palestino es garra, es esfuerzo, es amor, es tenerle corazón a la camiseta, y la barra es así, es de corazón, somos pocos pero buenos", dice con una sonrisa en su rostro.
Hasta de Buin llegaron un par de seguidores apoyando al equipo en la previa. A Christian Cartagena lo marcó profundamente el Palestino subcampeón de 1986: "En esa época vivía en Paine y nos juntábamos no más de cinco simpatizantes a pintar con témpera unas banderas artesanales. En Maipo hasta tenemos una pequeña barra que bautizamos como los 'Mautinos'", agrega. Su amigo Sergio Mena, que al igual que su hijo viste una camisetas del club autografiadas por el plantel, dice que su familia "era talquina y 'rangerina'. Pero un día me invitó para acá un amigo, vine al estadio y me gustó el club".
Al conversar con los hinchas se lee en sus rostros una pasión pura por la camiseta, asunto recurrente en los equipos chicos. Es que están acostumbrados a ser hijos del rigor, a comerse en silencio las derrotas y a soportar con dignidad las burlas de sus amigos seguidores de otros equipos más grandes y triunfadores. Pero esta era su hora y ayer, en casa ajena y como invitados de piedra tras el arco sur, pugnaban por hacerle oír a los suyos el grito de guerra necesario para cambiar la historia del club de sus amores y, por supuesto, la historia de sus propias vidas. //LND