
Domingo 18 de enero de 2009
El miércoles en la tarde, cuando leía las noticias en internet, me encontré con un hecho que me parece lamentable. Ese día, Jorge Arrate puso fin a 46 años de militancia en el Partido Socialista para, como lo expresaba en su carta, recuperar su plena autonomía política y convertirse en candidato presidencial de la izquierda. No es una sorpresa porque hace rato que en el vasto planeta del socialismo se cuecen habas.
En noviembre, días antes del congreso del Partido Socialista Francés (PSF), Jean Luc Melenchon, un socialista francés que tenía sus pergaminos y que varias veces visitó Chile, decidió dar un portazo para fundar el Partido de Izquierda porque estaba hastiado de las maromas de muchos de sus camaradas dirigentes.
Eso que sucede con los herederos de Mitterrand no es más que la expresión de la crisis de identidad que los aqueja producto del coqueteo con el centro político con vistas a ganar elecciones y una actitud sumamente condescendiente con las recetas del liberalismo económico. Se puede intuir que entre las renuncias de Arrate y Melenchon hay más de un denominador común.
Para el socialista chileno no debe haber sido fácil decidirse a redactar su renuncia. En Europa, muchas veces supimos de sus esfuerzos, como se dice en computación, por desfragmentar el PS, cuando el socialismo iba acompañado de un apellido, incluido el suyo. En Amsterdam residía el líder del PS-Arrate. Por su residencia en el país de los tulipanes, en julio de 2007 cuando presenté su libro "Pasajeros en tránsito", me tomé la licencia de llamarlo "el holandés". En esa ocasión, recordé que tuve la oportunidad de entrevistarlo como ministro del Trabajo y que pensaba que en esa cartera no había hecho gran cosa. En mi opinión, su gestión había estado bastante alejada de las ideas que preconizaba en el exilio y, por eso, no perdía las esperanzas que algún día el holandés regresara. Con humor, Arrate respondió que hablaría diez minutos: uno para dar las gracias y nueve para repasar lo que había hecho como ministro del Trabajo. ¿Mucho, poco o nada? Algo hizo desde esa cartera que debería hincarle el diente a una de las grandes deudas que tiene el país: las relaciones laborales. Seguramente no todo lo que se puede esperar de un ministro socialista. Probablemente en su jardín interior deseaba avanzar más rápido y lograr quizás lo que Osvaldo Andrade obtuvo años más tarde.
Pero Arrate ejecutó lo que podía en esos años en que los gobiernos de la Concertación, por efecto de la transición, caminaban como pisando huevos. O en otras palabras, cuando se trataba de no hincharle los huevos al empresariado. En ese puesto, y antes como ministro de Educación de Aylwin, demostró su lealtad al diseño político que tenía la Concertación. Su hablar pausado es el reflejo de una personalidad alejada de las pataletas y de las conductas para darse gustitos personales. Por eso, el giro que ha dado en los últimos años, al menos, no es fruto del oportunismo y tiene el valor de la honestidad. Simplemente considera que socialmente hay que dejar esa obsesión enfermiza por el crecimiento para también preocuparse por el desarrollo.
En varios blogs, su renuncia del miércoles ha sido comentada como un desatino porque los tiempos no están para levantar candidaturas cuando se trata de hacer prueba de unidad. A lo mejor, pero también sabemos desde esa frase "en la medida de lo posible" que nunca hay un tiempo propicio para algo. Como es natural y lógico, Arrate verá hasta dónde puede ir con su desafío a la fuerza de gravedad del realismo político. En todo caso, parece que el holandés decidió retornar.