
Domingo 18 de enero de 2009
Miré el cielo mientras papá y yo íbamos en la vieja camioneta rumbo al hospital. Las nubes se habían estacionado encima de nosotros, de un gris opaco y amenazante, y hacia la costa se apreciaban los primeros aguaceros que borroneaban aquella parte del paisaje.
-Va a llover -le dije a papá, sin quitar los ojos del cielo.
Eso parece -respondió él, mirando los autos que iban delante.
-¿Crees que es una señal?
-¿De qué, hijo? -me miró por el rabillo del ojo-. ¿Señal de qué?
-¿Crees que el cielo está enojado por lo que vamos a hacer?
Mi padre soltó una risa, y agregó:
-El cielo no tiene por qué enojarse por eso.
-Pero Dios sí, y Dios vive en el cielo, ¿o no? -le pregunté, era lo que me habían enseñado en las clases de catecismo a las que asistía todos los domingos de tres a cinco de la tarde. Estábamos a principios de abril y en diciembre haría mi primera comunión.
-¿Eso piensas? -dijo papá, incrédulo.
-Dios hizo todo esto, a nosotros, las calles, los autos
-Dios somos tú y yo -replicó él, muy seguro de lo que decía.
-¿De veras?
-Dios es el vecino, tu profesor, esos perros que van ahí. ¿Entiendes? Dios es la televisión y los héroes de las películas.
Pensé unos segundos en lo que dijo y luego le solté:
-¿Quieres decir que Dios es todo lo creado?
-Claro, y por lo tanto no hay un solo Dios.
Mi padre era muy racional en su modo de ver las cosas, y no tuve más remedio que aceptarlo. "La lógica es la que mueve al mundo", aseguraba uno de mis profesores. Nos detuvimos frente a un semáforo en rojo, éramos los primeros y en cuanto cambiara a verde saldríamos disparados y en la cuadra siguiente veríamos una parte del hospital.
-¿Y mamá? -se me ocurrió preguntarle, observando a las personas que cruzaban la calle delante de la camioneta
-¿Qué pasa con ella?
-¿También es Dios? Tú dices que Dios es todo lo creado.
Papá sacudió la cabeza, alzó las cejas y dijo:
-¿Qué crees tú?
-No sé qué creer -respondí-. Nos abandonó, ¿cierto?
-Cierto, hijo.
Diez años atrás mi madre se había ido de la casa detrás de un hombre, un tipo extraño que llegó a vivir al barrio, dos casas más allá de la de nosotros. No se sabía en lo que trabajaba, de qué vivía, pero gastaba su tiempo conversando con las dueñas de casa en las mañanas, cuando éstas iban al supermercado. Supongo que les decía cosas hermosas, les ayudaba con las bolsas y a más de una la invitó a un café. Otras pasaron directamente a su casa, mi madre entre ellas, y resultó que fue la que más tiempo pasó con él. Mi padre lo supo, discutió una noche con mamá y al día siguiente ella desapareció luego de dejarme en el jardín infantil.
"Tu madre nos abandonó", me contó papá, después de pasarme a buscar al jardín. Lo miré, lo único que puede hacer un niño de cuatro años cuando su padre le dice una cosa así. "Se fue con el hombre que vivía dos casas más allá, ¿te acuerdas de él?, y no va a volver". Lo seguí mirando, sin comprender aún lo que papá me decía, hasta que se me ocurrió preguntar: "¿Mamá no va a vivir más con nosotros?". Su rostro se desencajó y dijo: "Así es, campeón, no va a vivir más con nosotros". "¿Por qué, papito, por qué no va a vivir más con nosotros? ¿Eso significa que mamá ya no nos quiere?". Papá apretó los labios y se tapó la cara con las manos. Es complicado cuando un hombre se tapa la cara de esa manera, más aún si es el padre de uno, y ése fue un momento incómodo. O creo que fue así, era muy pequeño y demasiado irracional para darme cabal cuenta de lo que ocurría.
-Dios no abandona a las personas que quiere -dije.
-Me parece que tienes razón en eso.
-Entonces mamá no puede ser Dios -sentencié y arrancamos del semáforo-. Todos son Dios, los héroes de la televisión y los perros de la calle, menos ella. Nos dejó solos, tuviste que hacerte cargo de mí, educarme, cuidarme cuando estaba enfermo, acompañarme a todas partes Trabajaste como burro y sacrificaste tu tiempo por mí.
-Era mi deber, hijo, ya lo comprenderás cuando tú seas padre.
-Tú eres Dios, en serio, eres el mejor Dios del mundo.
Orillamos las murallas del hospital e ingresamos al recinto por una puerta ancha. Un guardia vestido de azul, encerrado en una garita, nos quedó mirando. Bajamos de la camioneta y mi padre encendió un cigarro.
-¿Estás nervioso? -le pregunté.
-No.
-¿Entonces por qué fumas?
-Mala costumbre. -Y tiró el cigarro antes de enfrentarnos a la mujer de la recepción, que nos sonrió.
Subimos por la escalera hasta el tercer piso y recorrimos el pasillo hasta llegar a la pieza que ocupaba mamá, sola, con una cama, un televisor en la pared y un amplio ventanal que daba a un parque muy bonito. Las pocas veces que había ido allí me gustaba contemplar a los enfermos que se paseaban entre los jardines, con bata, bastón o en sillas de ruedas, y pensaba que me gustaría estar enfermo para poder pasearme yo también por aquel hermoso lugar. Sin embargo, aquella mañana no había nadie en el parque y el prado brillaba por culpa de la humedad de la noche. Miré otra vez el cielo y me pareció raro que aún no lloviera, porque las nubes estaban cargadas de agua.
-Sigue igual -dijo mi padre, acercándose a la cama.
-¿Estás seguro?
-Sí. -Papá me miró.
-¿No está muerta? -Papá me siguió mirando-. Y no me digas nada, ella no es mi madre. O es algo distinto a las otras madres.
Mamá, o la mujer que estaba allí, tenía los ojos cerrados y una manguera amarilla le salía por la nariz y otra de color marrón por la boca; en el brazo tenía una tercera, de un verde pálido, y las tres mangueras estaban conectadas a unas máquinas con números y agujas, pero silenciosas.
Veinte días atrás mi padre, en la oficina donde trabajaba, recibió una llamada del servicio de urgencia del hospital, donde había llegado una mujer que decía ser su esposa. "Yo no tengo esposa", contestó él. "Señor, esa persona asegura que es su cónyuge, y está en muy malas condiciones. No puede caminar, habla apenas y sufre de constantes hemorragias, por lo que deberá ser ingresada al quirófano dentro de poco". Papá colgó el teléfono, subió a la camioneta y llegó al hospital. La mujer estaba siendo operada y sólo horas más tarde, cuando lo dejaron pasar a la sala de recuperación, vio que efectivamente se trataba de mamá, la que diez años antes se había fugado con el extraño hombre que volvió locas a las mujeres del barrio.
"Tu madre regresó", me contó esa noche. "¿De quién estás hablando?", le pregunté. "De tu mamá. Regresó y está en el hospital; la vi esta tarde después que la operaron". No dije nada más y me largué a llorar, aunque tenía catorce años y estaba a punto de cumplir quince; aunque me preparaba cada domingo para hacer mi primera comunión en diciembre. "¿Por qué lloras?", me preguntó mi padre. "Por ti", contesté. Era una respuesta muy madura, demasiado para el niño que estaba acostado con un pijama celeste y que todavía conservaba el osito de su infancia sobre el velador.
-Dile algo -me pidió papá-. Habla con tu madre.
-¡No!
-Haz un esfuerzo, hazlo por mí.
-No voy a hablar con ella y tú lo sabes.
Miré a la mujer que yacía en la cama, con el pelo lacio y sucio, unas hebras blancas y el cutis pálido y seco-. No me escucha.
-Eso no lo sabes, a lo mejor...
-Nadie sabe si mamá escucha o no.
Nos miramos y enseguida él tomó una silla, la acercó a la cama y se sentó; sujetó la mano de mi madre y dijo:
-¿Me escuchas? Querida ¿me estás escuchando?
La pieza era toda blanca y pensé por qué cuando la gente se imagina el cielo siempre lo pintan de blanco en su mente. El cielo puede ser perfectamente negro, rojo e incoloro, claro que eso no lo diría en mi clase de catecismo.
-Papá -dije-, no pierdas tu tiempo.
-No te estoy pidiendo consejos.
-No es un consejo, es la verdad: no pierdas tu tiempo.
Mi padre me miró con sus ojos claros que yo no había heredado. Los desafié durante unos segundos y luego bajé hasta su bigote. Cuando grande yo quería tener un bigote semejante, ancho y tupido, y eso lo salvó de que no le dijera algo más hiriente como: "Esa mujer se acostó con otro y tú vienes a verla al hospital y más encima conversas con ella".
Papá le soltó la mano, como si hubiese adivinado mi pensamiento; se levantó y se acercó a la ventana para mirar el cielo.
-Todavía no llueve -comentó.
-No
Me dio unas palmadas en el hombro y dijo:
-Me gusta que seamos así tú y yo.
-¿Cómo? -le pregunté.
-Que seas casi un hombre para poder hablar de cualquier asunto. ¿Comprendes?
-Sí.
-Me gusta que me digas las cosas cuando me he equivocado.
-¿En serio? -Lo miré hacia arriba, aunque él no era muy alto.
-En serio, hijo.
Fue algo muy sincero lo que me dijo papá aquella mañana y por unos momentos Acuenta. Es la emoción que lo sacude a uno cuando de pronto un padre deja de ser un padre para transformarse en un compinche. Miré el parque que continuaba vacío, de donde los enfermos habían escapado por temor al clima, y me di cuenta de que por fin empezaba a llover. Las varillas de agua, invisibles casi, bajaban sin apuro y mojaban todo lo que hallaban a su paso.
En ese momento papá se alejó de la ventana, fue hasta las máquinas y las desenchufó. Ninguna hizo ningún ruido, las máquinas mudas, sólo se apagaron. Miró su reloj, me miró a mí y al final miró a mamá. Pero ella no reaccionó. No pasó como en las películas cuando a un condenado lo desconectan de las máquinas y primero se tensa para después ponerse a tiritar. Simplemente siguió durmiendo sin darse cuenta de nada.
Pasaron dos minutos y papá volvió a enchufar las máquinas, que tampoco sonaron. Sólo los números y las agujas recobraron la vida. Pero eran números y agujas, nada importante. Mi padre se secó la frente con el pañuelo y volvió conmigo a la ventana.
Seguí mirando el cielo de donde bajaba la lluvia, que a cada rato era más violenta y tupida, y pensé que al salir tendríamos que correr hasta la camioneta para no mojarnos.