
Domingo 18 de enero de 2009
En la Franja de Gaza, como en todo conflicto, se ha librado una dura batalla sobre la mente de los gazatíes y la opinión pública internacional. Ambos bandos buscan reforzar a sus tropas y nacionales con mensajes de esperanza. Ismail Haniyé, el máximo líder de Hamas en Gaza, declaró que "nuestra victoria sobre los sionistas está próxima". Una afirmación que recuerda las desafiantes palabras de Sadam Hussein cuando las tropas norteamericanas ya marchaban sobre Bagdad. Haniyé aclaró que sus palabras descansaban en la fe religiosa: "Nuestra suerte está en manos de Alá. ¿Así es que qué poder pueden tener los hijos de Sión contra él? Alá se vengará con ellos". Israel, por su parte, proclama que los milicianos de Hamas rehúyen el combate y comienzan a deponer sus armas. Ello al tiempo que dan cuenta de "feroces combates" en las proximidades de ciudad de Gaza.
En un esfuerzo por socavar la moral y obtener información los servicios de inteligencia israelíes hacen cientos de llamados telefónicos a gazatíes. En perfecto árabe con acento egipcio, argelino o de otro país de la región saludan: "Que Dios los ampare" y luego expresan su simpatía por el interlocutor. Una vez entablada la conversación, preguntan en forma sutil como está la familia, si sienten proximidad con Hamas o, por el contrario, objetan sus políticas. Así recaban inteligencia y según las respuestas filtran informaciones negativas sobre la milicia islámica.
Hamas en sus transmisiones televisivas y radiales menciona con frecuencia su más preciado prisionero: el sargento israelí Gilad Schalit capturado en 2006. Cuando lo hace, amenaza con nuevas capturas y de hecho insinúa que ya ha logrado algunos prisioneros. Los israelíes, por su parte, logran interferir las transmisiones televisivas y presentan los rostros de los líderes de la organización para mostrarlos cayendo uno a uno. El mensaje siempre es que el tiempo se acaba para la organización.
La guerra sicológica apunta a influir en la mente, uno de los flancos humanos más vulnerables, de compatriotas, enemigos y de la opinión pública extranjera. Luego de la Segunda Guerra Mundial las operaciones de guerra sicológica cobraron enorme importancia. Estados Unidos acuñó la siguiente definición: "La guerra sicológica es la coordinación y el uso de todos los medios (...) que tienden a destruir la voluntad del enemigo por alcanzar la victoria y a dañar su capacidad económica y política de obtenerla; a privar al enemigo de apoyo, asistencia o simpatía por parte de aliados, asociados o neutrales".
La prensa es un factor decisivo para alcanzar las metas de la guerra sicológica. Y así como los gobiernos y sus generales buscan controlar los frentes de combate también aspiran a controlar la prensa que, en buena medida, corresponde a lo que el público sabrá sobre lo que ocurre. En Gaza los israelíes han aprovechado su absoluto control de las fronteras para sellar el ingreso a los corresponsales extranjeros. Solo algunos medios escogidos son llevados por patrullas a pequeñas incursiones para que observen lo que se les desea mostrar. Dada la enormidad de la intervención militar, las imágenes son escasas. Mucho de lo que muestran las grandes agencias es entregado por los israelíes, incluidas tomas de bombas inteligentes que siempre dan en el blanco. Ello no impide que los frustrados corresponsales hagan sus despachos de espaldas a la Franja con sus respectivos chalecos antibalas.
La censura funciona a pleno vapor en Gaza y ello recuerda lo dicho por Lloyd George, el Primer Ministro inglés, aludiendo a la Primera Guerra Mundial: "Si la gente realmente supiera lo que ocurre, la guerra se detendría mañana. Pero, por supuesto, no saben y no pueden saber. Los corresponsales no escriben la verdad y la censura no la dejaría salir". Una cosa es escuchar a funcionarios de una ONG relatar la crisis humanitaria de un millón y medio de personas sometidas a cerco. Otra muy distinta es ver las imágenes y escuchar las voces de la angustia de quienes viven bajo el terror de los bombardeos. Cabe imaginar el impacto de despachos de corresponsales que pernoctan junto a sufrientes familias que no disponen de agua, electricidad y apenas tienen que comer. Las cámaras fijarían sus lentes en los rostros de niños cuando oyen el amenazante sonido de aviones y helicópteros y luego el retumbar de las explosiones. Es necesario suprimir las imágenes del dolor. Estados Unidos no permitió que se filmaran soldados norteamericanos muertos en Irak, ni siquiera en sus ataúdes. De la misma manera, hay que preguntarse cuál sería la reacción del público si viese a los milicianos de Hamas disparando un cohete desde la ventana de un edificio habitado por civiles o a algunos de sus dirigentes en un búnker situado bajo un hospital. Por el estilo despótico de la organización yihadista, lo más seguro es que destruirían las cámaras o incautarían las filmaciones. Esa es la naturaleza de la guerra y hoy los medios de comunicación, lo quieran o no, son parte del campo de batalla.