
Domingo 18 de enero de 2009
Germán Carrasco escribe en "Plazas cerradas y playas privadas" lo siguiente: "No se trata del poeta americano, el 'loco Whitman', del que habla el siguiente texto es un vagabundo que, como muchos, viajaba buscando el sol". Quiero pensar por un momento que soy ese loco, pero Santiago me trae a la tierra, o mejor al cemento concreto y me hace cambiar de opinión: no soy ese loco y Santiago no es Santiago, sino una playa boliviana o lo más parecido a ella. Por eso despliego mi toalla sobre la Fuente Alemana, a pasos de la Plaza Italia, me saco la polera y me tiro a tomar el sol.
Son casi la una de la tarde y la fuente, obsequio del gobierno alemán, está desolada, sencillamente porque hace un mes que no dan el agua. Los chicos chapoteando y jugando son sólo una ilusión óptica. Hace calor, por lo que decido echarme bloqueador solar en la espalda, en la cara, en las piernas peludas. Hoppe, excitado, registra el proceso. Luego me vuelvo a tirar al sol, esta vez con unas gafas oscuras de propiedad de F, mi novia. Me siento como un pollo asado que gira solo en una vitrina.
Extraigo de mi maletín -en el que están el bloqueador, celular, gafas oscuras, plata poquita pero segura- mis lentes ópticos y leo un párrafo del libro "Soñando la guerra", de Gore Vidal: "Nuestra tasa de violencia y asesinatos es única en el Primer Mundo. Puede que sea una singularidad negativa, pero es plenamente nuestra, y hay que preservarla". No entiendo entonces por qué la derecha chilena ha intentado copiar el modelo antidelincuencia estadounidense, si a todas luces no ha resultado. Bueno, pero a la derecha chilena no le importan los fracasos, si no pregúntenle a Lavín, a Piñera o, mejor, a Karlita Rubilar. Sigo leyendo, con el libro tapando el sol, pero unas gotas de sudor impiden mi lectura. Así es que guardo mis cosas en el maletín. Hoppe se acerca para comentarme que una pareja de chicas no cesaba de reírse por mi comportamiento.
-Además había una señora que exclamó: "¡Pobrecito! Denle agua, o si no se va a deshidratar". Ah, y la que regaba el pasto pensaba que eras gringo.
Igual, mientras tomaba sol o leía, nadie me gritó nada, por lo que imagino que pasaba por loco o por gringo.
Las armas de la plaza
Después de tomar un taxi estoy a un paso de la fuente o pileta de la Plaza de Armas. Según el diccionario, la diferencia entre fuente y pileta es que esta última tiene un carácter religioso, vale decir de la pileta uno tomaba en la época de la colonia el agua bendita en el patio interior de algunas casas. Pero como el tiempo ha pasado, podemos usar indistintamente pileta y fuente para referirnos a esa estructura de la cual emana agua.
Hay pocos niños en la pileta para el calor que hace. En realidad uno solo o uno por turno, porque la idea es echarse un chapuzón y salirse. Eso es precisamente lo que hace Andrés, hijo de Santos, un trujillano que lleva dos años en Chile.
-Siempre vengo -cuenta Santos-, pero es primera vez que traigo a mi hijo.
Le pregunto cuál es la diferencia entre las fuentes que hay en Trujillo y las de Santiago.
-El modelo nomás, porque el agua en todas partes es la misma. En Trujillo, por ejemplo, tienen forma de pez y el agua sale por el pene de alguna figura humana.
Santos se refiere a las esculturas que siempre acompañan a las fuentes. Sin ir más lejos, esta fuente fue construida por la Sociedad Bolivariana y está dedicada "a los soldados de Ayacucho que sellaron con sangre la libertad de nuestros pueblos: venezolanos, peruanos, colombianos ". En otras palabras, esta pileta es tan nuestra como de Santos y de otros peruanos que se reúnen en la Plaza de Armas.
-¿Y conoces alguna playa chilena?
-No, pero me han invitado varias veces a Cartagena.
Santos me consulta por qué tanto interés, le respondo y luego, cuando estoy a punto de zambullirme, un niño se me adelanta. Se llama Michael, es chileno y está acompañado por su tía y por su prima, que se llaman igual: Alejandra. Al zambullirse, Michael encuentra una lata de bebida en la fuente.
-La otra vez encontré cien pesos -agrega.
Ahora sí que es mi turno. Me despojo de mi polera, de mis zapatillas, de mis inhibiciones y me lanzo a la pileta. La sensación que tengo me remite a mi infancia, cuando asistía en compañía de mi madre y hermano a la piscina de Recreo, en Viña del Mar. Recuerdo que una vez mi hermano, quien acostumbraba a hacer que nadaba, braceando pero con los pies en el fondo, pisó un mojón. ¡Fue asqueroso y traumático! Por muchos meses inspeccioné el fondo de esa piscina para que no me pasara lo mismo.
Los recuerdos por un instante me abandonan. Salgo de la pileta y descubro que hay gente reunida observándome. No me importa. Pero me doy cuenta de que sigo pensando en aquel mojón. Así es que me examino el cuerpo y encuentro caca de paloma pegada en mi brazo izquierdo. ¡Mierda!
-Un pintor de acá me dijo que los mendigos, los locos y los niños son los únicos que se bañan acá -dice Hoppe.
-Bueno saberlo.
Plaza de agua y grifo
Luego de almorzar en el Lagar del Quijote, vamos camino a El Pinar con Las Industrias, Metro Estación Camino Agrícola. En esa esquina, según mis averiguaciones, hay un grifo o algo parecido. Pero esta vez no vamos a pie, sino en un auto de este diario. Cuando arribamos a la esquina señalada, observamos una plaza de agua, puesta ahí por Aguas Andinas con el fin de que los vecinos no abran los grifos. Sin embargo, la plaza de agua está sin agua, y las advertencias de su letrero suenan huecas, sin sentido: "Para el buen uso de este juego: evitemos las carreras, los empujones ".
Descubrimos que la señora del quiosco es quien da el agua a este zócalo de cemento con una llave a un costado. La señora se llama Bernarda Vignau y está sentada en una silla de ruedas. Al ver la cámara fotográfica de Hoppe, exclama con los pulgares arriba:
-¡Qué bueno que vinieron!
La señora Bernarda nos ofrece un vaso de agua con hielo y luego dice que la plaza de agua no tiene agua hace casi una semana, producto de una cuenta impaga de casi ochocientos mil pesos que la Municipalidad de San Joaquín no ha cancelado.
-En todo caso, cuando la plaza funciona esto es bien bonito. Viene gente de todas las poblaciones y se llena de quitasoles, sillas de playa. Es como una playa de verdad.
Para comprobar esa sensación, me echo sobre una toalla en el piso de la plaza y trato de terminar el libro de Gore Vidal, aunque el libro que tengo en la mente es el de Germán Carrasco: "Multicancha".
-¿Dónde hay un grifo entonces?- pregunta Hoppe.
La señora Bernarda da unas indicaciones, pero no las seguimos porque el chofer divisa uno abierto a dos cuadras, en Las Industrias con Magdalena, en la entrada de La Legua. Llegamos allá, como dice un ciego, en un abrir y cerrar de ojos, y vemos a dos niños divirtiéndose con el grifo, lanzándole agua a los autos que pasan y piedras a dos niños pequeños que quieren refrescarse. Antes de mojarme lo hace un cartonero. Los niños lo aplauden. Cuando es mi turno, uno que luce la polera de Boca Juniors dice:
-Venga pa' acá.
Me saco nuevamente la polera, las zapatillas, los lentes y pongo mi cabeza en el chorro.
-Aproveche el agua, caballero. Eso.
El agua de grifo es más refrescante que la de la fuente de la Plaza de Armas. Tal vez porque el chorro es más potente y el agua más limpia.
-Y ahora agarre el chorro así y tire -agrega el mismo niño, enseñándome cómo dirigir el agua con ambas manos. La idea es juntarlas bajo el chorro, como si te tocaras los testículos. Mientras más arriba las manos, más lejos sale el chorro. Compruebo eso cuando un chorro sale disparado hacia la otra pista.
Intento preguntarle algo a estos chicos, pero no parecen buenos para conversar: se mueven a cada momento y gritan y lanzan piedras o agua.
-Éstos deben ser los niños que iban a la plaza de agua -comenta Hoppe, y yo pienso que es hora de irnos o esperar el cogoteo.
La piscina como cárcel
Este viaje ha sido como esa canción de Sol y Lluvia: "Por Pudahuel y por La Legua ". Así es que como imaginarán, ahora estoy en Pudahuel, más específicamente en la Piscina Municipal de la comuna. Juan Carlos Alfaro es su administrador, y al recibirnos nos dice que el ingreso de martes a sábado es gratuito y que sólo el domingo es pagado. Guauu, exclamo mentalmente.
Para cada tarde el alcalde reparte trescientas entradas -apunta, y yo de inmediato imagino al alcalde Johnny Carrasco recorriendo la comuna repartiendo esa cantidad de entradas cada día.
Juan Carlos explica las bondades de la piscina que administra y, sin yo pedírselo, me muestra un examen bacteriológico de aguas que indica que el nivel de coliformes fecales es inferior a dos por cada cien mililitros.
-Bueno, pero vamos al grano.
Caminamos hasta que ingresamos a la piscina, una piscina mediana, en donde muchos adolescentes y niños juegan y se bañan y gritan y piden una foto tío, una foto. Hoppe se detiene y les toma fotos. Un niño le comenta a Juan Carlos que ha sentido olor a marihuana por ahí. Juan Carlos se separa de nosotros y comienza su show con el pito que cuelga de su cuello. Pito para allá, pito para acá.
-A los niños les ha costado bastante que hay que limpiar, cuidar y respetar las normas -precisa y enseguida toca el pito-. ¿Quieren bañarse?
Ni cagando, respondo mentalmente, y le hago una seña a Hoppe para que nos vayamos. Esto parece una cárcel, pienso. De hecho, hay unos niños de un centro del Sename que, según Juan Carlos Alfaro, ya se van yendo.
Me indigno, no sólo por lo que sucede en Pudahuel sino en todo Santiago: fuentes y plazas de agua sin agua, piscinas como cárceles. Parece que lo único que funciona son los grifos y la fuente de la Plaza de Armas. Me viene entonces a la mente otro poema: "Como monos / los niños trepan la reja de la multicancha / (no se sabe si es privada o fue cerrada por la municipalidad: 'da lo mismo, no se puede ingresar)'". Pienso en los bolivianos y sus playas, en Santiago como playa boliviana y concluyo que por hoy, al menos, he cambiado de nacionalidad.