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Viernes 30 de enero de 2009
-¿Qué sentimientos le despierta la palabra póstumo?
-Suena a nombre de gladiador romano. Un gladiador invicto. O al menos eso quiere creer el pobre Póstumo para darse valor.
Esa fue la irónica respuesta que dio Roberto Bolaño en una entrevista publicada tres meses antes de morir, en el 2003. El escritor chileno tenía 50 años y empezaba a ser celebrado en Latinoamérica y España, tras haber ganado los premios Herralde y Rómulo Gallegos. Cinco años después su obra está teniendo un éxito fulgurante en Estados Unidos, un ámbito especialmente cerrado a la literatura no inglesa. De "Los detectives salvajes" ha vendido ya 130.000 ejemplares (en España fueron unos 40.000) y "2666", su título póstumo, ha sido declarado libro del año por la revista Time, elegido entre los cinco mejores por The New York Times (en el 2007 ya había seleccionado también "Los detectives salvajes") y acaba de ser elegido finalista del National Book Award. Las dos obras son muy mexicanas y enlazan con una tradición que incluye a Vargas Llosa, Borges, Bioy, Cortázar y autores como Philip K. Dick.
Modernismo visceral
Daniel Zalewski saludaba en The New Yorker "un estilo que se merece su propio nombre: modernismo visceral". Y James Wood, profesor de Harvard y editor de The New Republic, retomaba en The New York Times la idea del realismo visceral: "Hasta hace poco había incluso algo, un código masónico en la manera en que el nombre de Bolaño pasaba de boca en boca entre los lectores de este país. Luego este fabulador chileno, maravillosamente extraño, a la vez un realista enraizado y un lírico de lo especulativo, que murió en el 2003 con medio siglo de vida, ha sido reconocido ya desde hace algún tiempo en el mundo hispanohablante como uno de los más grandes e influyentes escritores modernos".
Las muertes prematuras favorecen la creación de mitos, y autores como Jonathan Lethem, en una vibrante reseña en The New York Times, llegó a convertirle en héroe beat, víctima de la heroína, cuando Bolaño, enfermizamente hipocondríaco, jamás probó las drogas fuertes y rara vez se le vio compartiendo algún porro. Tal vez Lethem, como antes una reseña en The New Yorker, confundido por el juego ficción-realidad del autor Belano/ Bolaño, dejó volar su fantasía con un cuento, nada autobiográfico, "El peor verano de mi vida": "Dejé la heroína y volví a mi pueblo y empecé con el tratamiento de metadona que me suministraban en el ambulatorio". Raramente se le vio en público borracho y menos aún cuando se le diagnosticó su grave enfermedad hepática en 1992. El palabrejo médico es colangitis esclerosante y colitis ulcerosa, cuyas causas, según el diagnóstico, no procedían del alcohol.
Otra falacia extendida por los mitómanos que quieren convertir a Bolaño en un héroe maldito es que quiso morir voluntariamente. Cuando el médico le aconsejó un trasplante de hígado, también le advirtió sobre los altos porcentajes de riesgo que implicaba la operación. El dilema que le absorbía era, más que morir, cómo vivir. Al final, tuvo cuidado de dejar las cinco novelas que forman "2666" para que sirvieran de sustento a su mujer, Carolina, y sus dos hijos, Lautaro y Alexandra, las tres personas, junto con su madre Victoria, centrales en su vida.
La Vanguardia
The New York Times Syndicate