
Domingo 1 de febrero de 2009
"El juego del miedo" no provocaba espanto. El rey del rating está borrado y, la verdad, no tiene la culpa.
Carlos Pinto era lo mejor de ese programa. Funcionaba como una suerte de brillante y delirante autoparodia.
Lo que pasó fue que este año los terrores de los chilenos son otros: lo que de verdad estuvo terrorífico esta semana fue la paralización de Costanera Center.
Era la torre más alta de Sudamérica, nuestro desarrollo transformado en un ícono, miles de oportunidades de trabajo apagadas.
Las crisis son películas de terror. Podrían hacer un reality de los recortes de las grandes corporaciones. De cómo las familias tendrán que pelear por no tener un sustento. Eso sí que pondría la piel de gallina.
Ahora la pregunta es ¿por qué? ¿Por qué gente que muchas veces no puede ahorrar ni un puto peso tiene que estar perjudicada de esa manera? Yo me pregunto también por qué la Iglesia, que siempre habla del trabajo social, no salió a criticar un hecho de estas magnitudes.
Miraba a los pobres obreros solos, sufriendo, gritando con un pedazo de cemento atrás sin que nadie les diera mucha bola y me dio mucha lata. Me encantaría también ver al Kike Morandé en esa parada.
Él todos los días hace un programa exitoso donde la gente se evade y disfruta del humor que le gusta. Más bien me gustaría que todos los programas de humor en sí mismos dijeran algo y no fueran una exhibición de ego y chistes para niños de ocho años.
Yo creo que no les afecta, por eso no se lo preguntan. Porque viven en una burbuja que también les han permitido ingenuamente todos.
Hablo con mucha gente por mi pega en medios, personas que no necesariamente están dentro del juego. Y están urgidos por no saber si sus viejos o ellos mismos podrán pagar la próxima cuota del auto que adquirieron porque el año pasado se veía súper bueno.
O esa casa por la cual se endeudaron por 30 años y ya se están agotando los meses de gracia del banco. La cosa no viene bien. En los colegios tampoco enseñaron a esa gente a emprender, a desarrollar su propio talento. Así se los van comiendo. Así van desapareciendo y creando más pobres.
Pobres que van a seguir con los ojos pegados al televisor mirando a la Rupertina. Pobres de alma que no van a saber cómo googlear para saber leer algo que les podría interesar.
Pobres de espíritu a los cuales les van a meter el dedo en la boca y les van a vender espejitos de colores diciéndoles que así sentirán paz, pero tienen que seguir una serie de criterios morales que en realidad van en contra de la vida de la gente, que atentan contra la posibilidad de desarrollarse libremente.
Dudo que nos merezcamos un destino así. El dinero, al cual somos tan adictos, no puede construir nuestras vidas.
Si tuviera algo que aconsejarle a mis amigos que están temerosos, es primero empezar a salir a caminar más seguido, ver a sus familias, amar lo que los rodea y cambiar el noticiario por dibujos animados de vez en cuando, porque muchas veces el periodismo logra -involuntariamente- que seamos participantes de un reality show aún más oscuro, encerrado y terrible que el que hemos visto: en un verdadero juego del miedo en el que estamos condenados a perder.